07/11/2019 13 min to read

Adolfo Bioy Casares y La Invención de Morel, dos tesis dos

Category : ensayo, literatura, nacional, opinión, reseña, tesis

Por Lucas Nine.

Años atrás, escribí una arriesgada justificación de “La invención de Morel”, la famosa nouvelle de Adolfo Bioy Casares. La tesis tenía su ingenio, pero en esos tiempos yo era tonto y no podía ver los verdaderos alcances de situaciones y personajes que hoy se me aparecen con alarmante nitidez. Lo que escribí entonces era algo como esto:

A-Adolfo Bioy Casares y La Invención de Morel

El escenario es alguna playa de Mar del Plata. Apenas las olas barriendo metódicamente la arena, apenas las gaviotas. Un sol discreto como una rodaja de limón ha ido trepando por los cielos con la paciencia de un aficionado a los crucigramas y ahora se distrae en prolongar la sombra de dos figuritas que recorren la costa. De espaldas, resultan ligeramente ridículas: cosa que aprovechan los dos amigos que van detrás para mofarse en silencio de ellas.

Se encuentran a una prudencial distancia de los paseantes, siguiendo las huellas marcadas en la arena húmeda. Las más firmes resultan invariablemente las de la señora Victoria Ocampo; las otras pueden arrastrase como las del pensador español Lanza del Vasto (rebautizado como “Panza de Pasto”), ser ligeras como las sandalias de Rabindranath Tagore (“Cagore”) o discretas como los pasitos cartesianos de Monsieur Callois (“Cafiolo”). Los infaltables invitados de Victoria.

Amparados por cierta distancia (acaso envalentonados por el hecho de hallarse fuera del ángulo de visión de Victoria y su acompañante), los dos amigos, Adolfo y Jorge Luis, se encuentran planificando una especie de venganza discreta, una rebelión mínima al alcance de los niños: el arte de parodiar a los adultos. Las novelas policiales, el cine, el cuento fantástico, son apenas algunas de las travesuras que nuestros muchachones entrevén como escapada frente al severo programa que el grupo Sur, la flamante creación de Victoria Ocampo, ha diseñado para encuadrar al intelectual argentino dentro del mapa de las corrientes culturales de Europa. (5)

Georgie se encoje de hombros, saboreando de antemano la perspectiva de sintetizar el programa cultural de la vanguardia francesa en la figura de uno de sus autores, un tal Pierre Menard (autor del Quijote), que podría resumir en su continente ficticio al huésped ideal de la señora Ocampo. Menard será invitado a unirse al tropel de figuras estelares convocadas por Sur; y en su rol de parodia será tan real como esos otros que se suceden por las playas. O acaso un poco más: se sabe que esos terminan por desvanecerse en la arena. (6)

Adolfito, en cambio, contempla la costa con una sonrisa de arrobamiento, ensimismado en la regularidad de sus procesos digestivos. Estudia la playa, la sucesión infinita de sillones de mimbre que acaban de dejar atrás y la elegante estructura decó que se levanta más adelante. La canción Valencia (está de moda) es traída por el viento desde algún gramófono lejano. Podemos agregar algunas raquetas de tenis acá y allá; y no es raro que Adolfito se sienta deambular por una isla desierta: la isla del Doctor Morel, la creación en la que trabaja ahora. Perdida en el fin del mundo, pero dotada con las más modernas instalaciones, resulta un duplicado perfecto de Villa Ocampo. Adolfito la ha trasladado a los mares del Pacífico, fértiles en ficción literaria.

¿Es consciente Adolfo Bioy Casares del diseño especular que propone La Invención de Morel? ¿Cómo hay que leerlo? ¿Como un juego, como una sospecha confesada a medias, como una denuncia ante el mundo? (7) En el libro, un grupo de veraneantes franceses parece condenado eternamente a repetir las mismas gracias, ejecutadas con la displicencia típica de los turistas y sin advertirlo. Nuestro narrador latinoamericano ha dirigido la palabra -en perfecto francés- a una de las mujeres. Inútil. Ni ella ni el resto de los “veraneantes” parecen verlo. La interacción es imposible.

Finalmente, el misterio se aclarará: la mujer y los suyos no son sino proyecciones, criaturas de una paradójica eternidad (incluido el sol, que brilla doblemente en el cielo). Nuestro intelectual descubre los mecanismos ocultos: se filmará, sabiendo que el proceso es fatal. Si estudia bien su papel, si sabe cómo meterse en los huecos que dejan los otros, inalcanzables para él, y suma acá y allá alguna frase –en francés – podrá dar la impresión de estar integrado al resto del conjunto. La pantomima, la ficción de formar parte de una escena a la que nunca se perteneció, implica una destrucción necesaria en el plano físico. Está dispuesto a pagar ese precio.

Hasta aquí, resumida en la trama de una historieta fantástica, el programa cultural de Sur y sus gestores. La ilusión, practicada como sistema cultural. La pantomima como mecanismo de existencia.

Adolfo no puede reprimir una risita ahogada. Si, lo hará. Está aterrado. Georgie apenas necesita mirarlo; lo ha adivinado todo. Es entonces cuando comprenden que el grupo que les llevaba la delantera está detenido, algunos metros más allá.

Victoria les observa fijamente. Sus ojos refulgen como un segundo sol en el firmamento y de pronto el calor se hace insoportable.

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares bajan la vista y apuran el paso, disolviéndose en la nada.

El estilo acaso resulte pesado y la idea previsible, pero el peor de los defectos consiste en haberse dejado llevar por un espejismo digno del Dr. Morel. Afortunadamente, la publicidad de una conocida marca de productos lácteos (juro que no me ha pagado un peso por escribir estas líneas) me pone hoy sobre la pista correcta:

B- La Invención de Morel y Adolfo Bioy Casares

Usada hasta la saciedad como punto de partida para películas, series y folletines, la trama “perfecta” (4) de La Invención de Morel ya no es una novedad para nadie. Encerrados en un universo donde prodigio técnico entraña la propia destrucción, los personajes de La Invención… existen apenas como parte de un decorado. Pocas imágenes tan efectivas como la del turista congelado en su postal eterna: bañistas, raquetas de tenis, gramófonos; tan calcáreos como las rocas y el mar que los rodean. 

Nadie podría encarnar esta figura del inmortal veraneante tan bien como Adolfo Bioy Casares. Puesto en el interior de una de esas cajas de vidrio llamadas dioramas –famosas por presentar a la bestia “interpretando” su propio personaje- la vieja Mar del Plata o Punta del Este serían el escenario insalvable. Adolfo tendría que lucir sonriente y un poco apolillado: “A mí la vida me ha gustado siempre, y me gustaba escribir y podía escribir. Me gustaban las mujeres y podía tener mujeres. Me divertía jugando al tenis. Así que me consideraba una persona que no podía quejarse” (Bioy Casares, Memorias, 1994).

Resulta natural en el diorama mostrar algún predador al acecho y Victoria Ocampo llena el rol. Se sabe que tanto Adolfo como su famoso amigo Jorge Luis Borges la detestaban cordialmente. ¿Qué veían ellos en el faro cultural de las pampas argentinas? Bioy Casares (que, aunque la tenía por cuñada, la llamaba “la suegra”) dejó recuerdos bastante claros en este sentido en sus Memorias.

Para Bioy Casares, “aunque el afecto y aun la admiración que en mi casa sentían por las Ocampo me preparó para mirar con simpatía al grupo Sur y recibir como un hecho muy importante la aparición de la revista, nunca me sentí cómodo con ellas. (…) Para mí las diferencias con Victoria y el grupo Sur eran casi insalvables. Yo era entonces un escritor muy joven, inmaduro, desconocido, que escribía mal, y que por timidez no hablaba de manera cortés, matizada, persuasiva. Callaba, juntaba rabia. (…) Yo pensaba que en Sur se guiaban por los nombres prestigiosos, aceptados entre los high brow, la gente bien de la literatura, bien no por nacimiento o por dinero sino por la aceptación entre los intelectuales. Pensaba que allá preferían ese criterio al personal, y al que hubieran tenido si realmente les gustara la literatura.” (Bioy Casares, Memorias, 1994).

Había también razones personales, como un viaje a Nueva York compartido por Victoria, Adolfo y Silvina y otras cuestiones por el estilo.  Borges fue más discreto, excepto por aquel asunto de la peluca de John Lennon que el faro cultural le obligó a ponerse entre carcajadas brutales (5). El trato altanero, propio de un superior jerárquico o de sargento de caballería, parece haber sido la norma en estos casos. De cualquier forma, mi tesis es que esa mujer imposible cargaba con el lastre de otras, anteriores a ella.

Como saben los escritores de suplementos dominicales, Borges y Bioy conformaban una pareja desigual, apta para la semblanza a grandes rasgos. Adolfo era un seductor, un viajero, un playboy que no podía dejar de publicitar sus numerosas infidelidades. Borges, por el contrario, era torpe con las mujeres hasta el punto de la caricatura, tartamudeaba, estaba ciego. Sin embargo.

Mucho se ha hablado de Doña Leonor de Acevedo, la madre de Borges, y del papel que jugó en la vida de su hijo; bastante menos de Marta Casares. Comparando sus dos figuras, hay diferencias notables pero también similitudes –al menos, en cuanto a los roles que les serían asignados a través del relato de sus vástagos. Acaso Bioy y Borges tenían en común mucho más de lo que se adivinaba.

Según Bioy Casares: “Aunque mi madre tenía una vida bastante separada de la mía, se sentía y se declaraba muy unida a mí. Como tantas señoras de aquella época, participaba de la vida social y dejaba a su chico con la niñera (…) En esa época, las noches en que mi madre salía, yo me atormentaba pensando que no volvería a verla” (Bioy Casares, Memorias, 1994).

El escritor Alberto Giordano, en un famoso ensayo crítico (6), liga el más curioso de estos recuerdos obsesivos al que traslada la inquietud de las noches infantiles a las tardes de adolescencia, en las que corría a la puerta del cine para esperar la salida de la madre: “Yo sabía a qué cine había ido mi madre, pero si no la divisaba en seguida en la multitud, me entraba el temor de que hubiera ido al otro cine y de no encontrarla más. Todos los días de mi vida yo temía perderla. Debería estar un poco loco”. (Bioy Casares, Memorias, 1994).

Según Giordano –y Bioy Casares-, Marta Casares parece haber sido un prodigio de recursos a la hora de sacarse al nene de encima (7): “Me hizo creer –siempre manejó bien mis esnobismos– que sentado en la oscuridad me convertiría en un niño pálido, tan gordo como débil, lo que era una desventaja, porque en la sociedad de los chicos rige la ley de la selva y los fuertes llevan una vida más tranquila. Yo me cuidaba mucho de ir al cine y, entre las seis y las ocho, extrañaba ansiosamente a mi madre”  (Bioy Casares, Memorias, 1994). Aquí Giordano se envalentona: “al desapego y la desconfianza de la madre, Bioy habría respondido con el donjuanismo y una misoginia más o menos soterrada (…) Una madre temible, que nunca terminó de creer en los auténticos méritos literarios de su único hijo y que un día le advirtió que las mujeres lo estaban devorando. Así la recuerda Bioy en una entrevista, otra vez sin decir, ni acaso sospechar, el inevitable rencor que transmiten sus palabras.”

Pero hay un elemento clave que acaso Giordano no vislumbra: la fortuna de los Bioy Casares -y por lo tanto, su poder y su prestigio- pasaba por el segundo de los términos en la ecuación del apellido. Los Casares eran los propietarios de una importante empresa lechera, llamada justamente La Martona en homenaje a la fornida Marta. Y La Martona era, por sobre todas las cosas, una cadena de bares lácteos.

La escena era equívoca: mientras los porteños bebían a carradas la leche de La Martona, el joven Bioy –alimentado a fuerza de nodrizas primero y de niñeras después- era presa de unos celos tan naturales como indecibles. Si además recordamos que la enseña de La Martona, presente en todos lados, semejaba una ubre generosa, no podemos sino maravillarnos de que el daño sufrido por el escritor en ciernes no haya sido mayor.

En La Invención de Morel, el protagonista trata inútilmente de llamar la atención de una mujer –“La Mujer”- que lo ignora por completo. Para lograr siquiera una apariencia de aceptación por parte de ella, deberá primero convertirse en film. Sólo como proyección pura, como ficción, podrá integrarse a su universo. Se trata de un simulacro, naturalmente, pero siempre es mejor que nada. La destrucción física es apenas el precio de la entrada.

El joven Bioy Casares, espera ansioso la llegada de esa mujer inalcanzable. Acceder a ella es más simple franqueada la pantalla como uno de esos haces lumínicos que tienen una curiosa semejanza con el resplandor mortecino de los productos lácteos.

Notas:

1- “…Sur (como revista y como grupo intelectual) representa la persistencia y la crisis del europeísmo como tendencia dominante en la literatura argentina del siglo XIX. En más de un sentido, habría que decir que es una revista de la generación del 80 publicada con 50 años de atraso. De allí que la revista conserve, todavía hoy, el prestigio, un poco ingenuo, de su anacronismo. Llega tarde a esa tradición y eso explica sus excesos, su provincianismo: la política cultural de la revista se afirma en la idea de que es preciso modernizar la cultura argentina y ligarla con las novedades europeas. Este programa ya había sido formulado por Juan Bautista Alberdi. Haberlo retomado en 1931 es sin duda una muestra de civismo.” (Ricardo Piglia, Crítica y Ficción, Anagrama, 2001). Es justo observar que la renovación cultural que en muchos terrenos parece haber planteado Piglia pasaba más bien por resituar el faro de la cultura argentina en las nuevas latitudes dictadas por la modernidad.

2- Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges, fue un texto aparecido originalmente en la revista Sur, en mayo de 1939.

3- Es notable que, según el propio Bioy Casares, la forma original por él pensada para La Invención de Morel fuese la de ejercicios borgeanos similares al de Pierre Menard, autor del Quijote, lo que reforzaría el paralelismo entre las dos obras: “Primero creí que podría escribir un falso ensayo, a la manera de Borges y comentar la invención de esta máquina.” (Adolfo Bioy Casares, Memorias, Tusquets, 1994).

4- La calificación de “perfecta” corre por Jorge Luis Borges y se encuentra en el prólogo original del cuento (Adolfo Bioy Casares, La Invención de Morel, Losada, 1940).

5- La triste anécdota de Borges y la peluca de Lennon fue relatada en varias oportunidades (María Esther Vázquez, Victoria Ocampo, El mundo como destino, Seix Barral, 2002). Para el relato sobre el viaje a Nueva York de Adolfo Bioy Casares junto a las hermanas Ocampo, véase Adolfo Bioy Casares, Memorias, Anagrama, 1994.

6- Alberto Giordano, La intimidad de un hombre simple: los escritos autobiográficos de Adolfo Bioy Casares. Cuadernos Lirico, Revista de la red interuniversitaria de estudios sobre las literaturas rioplatenses contemporáneas en Francia, 2006.

7- Las aludidas Memorias de Bioy Casares son pródigas en el recuento de engaños paternos. A modo de ejemplo, citemos el episodio en el que el matrimonio habría hecho desparecer alguna de las mascotas del joven Adolfo para hacerle creer a continuación que nunca habían existido. (Adolfo Bioy Casares, Memorias, Tusquets, 1994).