12/04/2020 5 min to read

Aguafuertes Apocalípticas (Crónicas Pandémicas)

Category : ensayo, geopolítica, historia, mundo, opinión, pensamiento crítico, salud

Death of the Cool.

Por Esteban Ulrich.

La Reina por cuarta vez en su vida considera que la situación amerita que le dirija directamente la palabra a sus súbditos. Los del Reino Unido, los del Commonwealth y por extensión a todo el público global que le permite hoy la omnipresencia de pantallas y demás reproducciones.

Su discurso es sobrio, cuerdo (en nuestro presente de Trumps y Bolsonaros esto es un valor añadido), justo y lo emotivo que le permite ser su investidura y su idiosincracia (gracia, léase…) inglesa.

Sobrio por su tono, de verdes y marrones mate con pinceladas de brillos grises en sus cabellos y destellos dorados entre los muebles que hacen de fondo. Cuerdo porque sabe a lo que apunta y no pretende hacer más ruido del que necesita, su objetivo es motivar a la angustiada masa de civiles. Justo, por el uso que hace del lenguaje, por el lugar desde dónde elige difundirlo, no desde una cierta estratósfera aristocrática, a la que ya por cierto no muchos parecen ser sensibles, sino más bien desde un living cálido, con la voz de alguien que, como lo hace cada abuela en el seno de su familia, encarna, sin quererlo, la historia. Y en su caso podemos hablar sin sonrojarnos de la Historia, con mayúsculas. Una cantidad de historia acumulada que hoy le permite definir el presente de manera simple y clara. Como alguien que casi ya lo mira desde el otro lado de la pecera. Lo que más argumenta en favor de lo preciso de su perspectiva es la cuidada no utilización del término “guerra”. Una posición discursiva que pocas figuras políticas o institucionales han sabido evitar por estos días de Covid-19.

Porque hablar de guerra implica hablar de estados, de países, y la lucha contra una enfermedad no debería entenderse desde la rígida geopolítica del Estado-Nación, una lógica que condena el esfuerzo de toda unidad y predestina a la verdadera guerra. Pero por supuesto que en el mismo movimiento la astuta monarca hace una pirueta semántica y, mientras parecen estar cantando Whe are de World tomándonos de la mano, no sólo coloca a su corona algo por encima de lo que representa en concreto -su reino- sino que, además, atenta al pésimo momento que pasan sus colegas de la monarquía española. Por ejemplo, con Carlos finalmente atrapado con las manos en la masa (en algún momento tenía que pasar), y también con su hijo Felipe que no supo evitar la trampa tendida por los separatistas catalanes y terminó embrollado en una represión política interna, asociado a la más corrupta y descerebrada derecha que se haya sentado en Madrid. Con ello aprovecha, decíamos, para pasarles el trapo y darse el pequeño pero no por ello menos significativo lujo de erigirse, aunque más no sea por un momento, en una suerte de Supra Reina (ok, por lo menos de occidente y su influencia); una suerte de “reina de todos”.

Y lo logra tanto por su peso específico como también explotando de manera inevitable la influencia mediática de su familia. Y es así como su palabra toma otra consistencia, otro alcance: parece dirigirse a todos, a “los que rezan y los que meditan” (sic.). Ya antes de oírla, cuando supe a través de la TV francesa que la primera de los british iba a tomar la palabra públicamente, me sorprendí de mi propio entusiasmo. Ya en ese momento intuí que su palabra tiene un interés que, más allá del periodístico o el “histórico” (otra vez esa palabrita…) o de esa suerte de goce esnob que provoca el halo de toda monarquía, por lo menos valía la pena ser interrogado.

Junto a la carta de Boris Johnson publicada pocos días antes en Twitter desde su sala de terapia intensiva –en la que finalmente cambia por completo el rumbo y el tono de sus primeros discursos ante la epidemia, enunciados cuando todavía estaba rozagante y paradito sobre sus dos piernas–; de lo que se trata aquí, en ambos casos, es del peso que el virus ha venido a restituirle a las palabras. Este es otro de los “beneficios”, que como productos derivados nos regala la pandemia, y tal vez el más importante si logra instalarse, incluso más que todos los regalos ecológicos que ya apreciamos a simple vista (y oído) en las grandes ciudades, o las imposturas hilarantes de los más brutos políticos y periodistas.

Con el virus, con sus muertos, con la disrupción de la vida como la conocíamos, las palabras comienzan a recuperar su solidez, esa que impone consecuencias. Porque no resuena igual la voz de un monarca, por mucho que nos pese a los tataranietos de los próceres liberales, a la de un Primer Ministro. Porque poco vale todo el entertainment estrafalario de un bufón, por más presidente que sea, frente al ruido sordo e implacable del cuenta ganados en la entrada de la morgue.

Como para conformar una extraña trinidad, Jean-Luc Godard también tomó la palabra en la misma semana, en su caso en una suerte de entrevista o Master Class a través de un vivo de Instagram. Otra vez (y tal vez sea otra arista a interrogar) una de las redes sociales de la actualidad se pone al servicio de una voz Histórica; sí, también con mayúscula. Entre otras cosas, mientras aplasta el contorno de su habano, fuera de campo, justo debajo de la cámara delante nuestro, el viejo Jean-Luc sigue insistiendo, entre anécdotas de montaje e imágenes citadas, como siempre lo hizo en cada una de sus obras, en la importancia de diferenciar entre lengua y lenguaje. Incluso se queja: para él el alfabeto es demasiado largo, ¡tiene demasiadas letras! Ése es el problema, son tantas que hace que todo se vuelva ininteligible. “Alphabet”, señala con el dedo levantado de sus cejas, marcando con un instante de suspenso la frase: “así está registrada la empresa dueña de Google”.

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