18/09/2019 15 min to read

Ariel Magnus: ¿Por qué los youtubers sacan sus libros?

Category : Entrevista, literatura, nacional

El escritor apuesta por la vigencia del libro en su formato tradicional, frente a la avanzada tecnológica. Por Nancy Giampaolo.

Fotos de Maximiliano Luna.

¿Te puedo decir escritor todo terreno? es porque además de tus novelas, que son un montón, traducís, editás, compilás, has hechos columnas… creería que lo que aún no te llegó es la poesía…

¡Al revés! De chico escribía poesía. Pero muy rápido me di cuenta de que era un arte demasiado perfecto para mí y me entregué al barro de la prosa. Otra cosa que hice de chico fue escribir un guion de cine. Me compré el libro de Doc Comparato y lo usé de guía. También escribí una obra de teatro. Lo que nunca hice fue ensayo, todas las ideas en ese sentido las termino metiendo en la ficción. Pero medio que me le animo a todo lo que tenga que ver con la escritura y la producción de libros. Es a lo que decidí dedicar mi vida y por ahora no me arrepiento.

Publicaste “Sandra en 2005 y de ahí en adelante se sucedieron las novelas a razón de una por año ¿Cómo fueron estos casi 15 años de escritura sostenida y cómo era antes de empezar a publicar así?

En realidad, venía escribiendo desde antes, todos los días, solo que no quería publicar. Creo que tampoco hubiera podido, en todo caso nada de esa época se publicó después, no debe ser muy bueno que digamos, aunque yo naturalmente le tengo cariño. Para publicar tuve que hacer un cambio de mentalidad. Ser menos críptico, empezar a pensar en un posible lector. Eso fue lo que más cambió desde entonces, al menos con los libros que publico, porque son bastantes más los que escribo que los que me publican. Aunque trato de publicar todo. Algunas cosas ya sé mientras las escribo que no le van a interesar a nadie y sin embargo cuando las termino hago el intento al menos una vez, antes de que terminen en la caja de los inéditos.

En 2007 te ganaste por “Un chino en bicicleta” el Premio internacional de novela “La otra orilla” y Cesar Aira era parte del jurado. Doce años más tarde, publicás “Ideario Aira”. Contame primero en qué cosiste el libro, y luego los entretelones de tu relación con Aira. Tené en cuenta que como periodista me encantaría entrevistarlo, pero es nuestra figurita más difícil: las notas se las da a Chile o a España… 

Aira solo profetiza en el extranjero, es verdad. Acá cerró la cortina hace rato. Mi idea también era entrevistarlo, hacer un libro de entrevistas en el que habláramos sobre cada uno de sus libros, propuesta que me rechazó con mucho entusiasmo. A modo de venganza hice este diccionario con sus mejores ideas. En realidad, lo que quería era leer todos sus libros de un saque. Y también quería hacer un diccionario, de lo que fuera. 

En cuanto a nuestra relación, cuando gané aquel premio, viajamos juntos a Colombia, yo a recibirlo y él a entregármelo, algo bastante bizarro, porque era de la editorial colombiana Norma. Me acuerdo que en el avión se estaba aburriendo y justo pasaban Ocean’s Eleven, o quizá ya era Ocean’s Thirteen, y me preguntó si la conocía y le dije que sí y que era bastante entretenida, porque me gustan las películas de robos a bancos, por muy básicas que sean. Aira la miró entera y cuando terminó me dijo que era de las peores basuras que había visto en su vida. También me acuerdo que en una reunión con el jefe de la editorial, el tipo nos dio toda una explicación de por qué la gente no compraba libros en momentos de crisis y Aira lo interrumpió para decirle que a él muchas veces le había faltado la plata pero nunca había dejado de comprar libros. Su amor por los libros es notable. Siempre te regala uno cuando te ve. En eso y en otros aspectos es un tipo muy generoso. 

En Argentina tenemos grandes traductores como Marcelo Cohen o Guillermo Piro (que no por casualidad son escritores como en tu caso) pero también proliferan las traducciones amateurs (a cargo de gente cuyo único recurso es “saber un idioma”) algo que empobrece o arruina el original. ¿Cuál es tu visión acerca del arte de traducir? ¿Qué hace falta para hacerlo bien?

Es verdad que con solo saber un idioma no alcanza, ni siquiera con saber dos, o sea el del original y el tuyo propio. Tenés que tener cierto talento para interpretar y para escribir, y para saber dónde buscar lo que no sabés, y también para no cometer errores evitables, como no ver una frase hecha y traducirla literal. Pero lo de amateur es discutible, porque si no caés en que hay que tener título de traductor para poder traducir, y eso para la traducción literaria no corre. Además de que existen ejemplos de grandes traductores no escritores, como es el caso de Aurora Bernárdez. Lo que creo que suma siendo escritor es, primero, que se supone que vas a entregar un texto bien redactado, y lo otro es que, por tener tu libido creativa puesta en tus propios escritos, no vas a estar inventando en este otro espacio. La creatividad del traductor es distinta a la del escritor, es una creatividad limitada, al servicio no de una idea sino de otro texto. Para ser un buen traductor hay que tener espíritu servil y bastante humildad, dos atributos que no esperamos de un escritor.

Hiciste un libro sobre el aborto en plena campaña por la legalización y ahora estás con uno sobre la vasectomía… 

Al libro sobre el aborto no lo hice en plena campaña, sino que se publicó en ese momento. En realidad, lo tenía escrito desde 2016, cuando el tema era completamente tabú y no había ni vestigios de que pudiera llegar a discutirse en el Congreso. Saqué la información de libros, el misoprostol apenas si se conocía. Igual era un tema que ya había tratado en “A Luján”, otra novela que tenía escrita hacía tiempo y publiqué cuando Bergoglio fue nombrado Papa, porque en la novela aparecía casualmente Bergoglio. En ambos casos aproveché la coyuntura publicar. Tengo por ejemplo un libro sobre Woody Allen viniendo a filmar una película a Argentina y estoy esperando que lo anuncie para ver si le encuentro editor… (Risas) En el caso del aborto salí a buscar editor el mismo día en que Macri dijo que iba habilitar su tratamiento en el Congreso, y por suerte encontré en Tren en movimiento un editor ágil como para sacarlo al toque. Se trata de una pareja ya adulta, ella profesora de filosofía, él un actor alemán, que se van a hacer un aborto a Uruguay, que era la gran novedad unos años atrás. En la novela se discute el tema del aborto como espero que podamos discutirlo cuando salga la ley, es decir como un tema de pareja y de elección personal, con las contradicciones y los miedos que eso implica. 

“La vasectomía (una novela inconcebible)” es una continuación de “El aborto (una novela ilegal)”. Acá es el fluir de consciencia del actor alemán la noche previa a ir a cuchillo, cagado de miedo. Este libro sí que lo escribí ahora, para calmar mi propio cagazo antes de hacerme una vasectomía, y dialoga bastante con el feminismo.

Hablame más sobre la vasectomía: ¿Cuáles son tus reflexiones?

Muy a favor de este método anticonceptivo, el mejor para cualquiera que no quiera tener hijos, o no quiera tener más hijos, y esté en pareja lo que se llama estable, porque para las enfermedades de transmisión sexual obviamente no sirve. Debería ser mucho más popular, a mí en el colegio no recuerdo que me lo enseñaran, espero que eso haya cambiado ahora.

Y en cuanto a la relación de feminismo y literatura, ¿qué sabés? ¿Creés que haría falta una ley de cupo como en la música?

Las mujeres son las que más libros venden, pero si mirás el canon, está dominado por hombres. Obviamente que el número de venta no determina la calidad, pero que las mujeres no entren al canon, o solo entren en el rubro “literatura escrita por mujeres”, no parece inocente. Igual no pediría un cupo en el canon, solo esperaría que conquistando lugares de poder terminen ellas decidiéndolo también. Creo que en literatura las mujeres están mejor paradas que en la música, donde el cupo tiene que ver con tener lugares en los shows, es decir ganar plata, que es lo que te asegura vender (y no el canon). Digamos que en este caso la fuerza del lectorado vence al patriarcado editorial.

Un tema sobre el que también escribiste bastante es el fútbol ¿Sos de esos patas dura que lo miran por tele o jugás? ¿Qué nivel de adicción tenés con la pasión futbolera?

Lo jugaba de chico, pero en el puesto del patadura, arquero. Ahora no lo juego hace décadas, me limito a mirarlo por tele y muy de vez en cuando voy a la cancha. Es un vicio que siempre trato de cortar, por la pérdida de tiempo que implica, pero no puedo. Me entretiene mucho. Es lo único que puedo mirar en la tele y de las pocas cosas sin sentido que me distraen. Igual lo intelectualizo al escribir sobre el tema. Me encanta escribir sobre fútbol. Así que sí, tengo un nivel de adicción bastante grande. 

Contame todo lo que puedas sobre la monumental biografía que hiciste Juan Filloy…

Tiene 500 páginas, si te cuento todo no terminamos más. Además de que no la vas a leer. Y Filloy es un tipo al que hay que tomarse el tiempo y leer, sobre todo porque sus anécdotas son geniales y él es un gran personaje y entonces con escuchar sus anécdotas ya sentís que lo conocés y no, o sí, pero no conocés lo principal, que son sus libros. Para la biografía me leí todas sus entrevistas y a veces te da bronca, porque es tan buen entrevistado y es tan gracioso lo que cuenta que todos se quedan en eso. Con que vivió 105 años, y que era el campeón de los palíndromos, y fue juez de box, etcétera. Cosas más o menos anecdóticas que terminan opacando los libros, que son trascendentales. En la biografía metí muchos inéditos suyos, incluso cosas que escribía como juez, y sus cartas, que son geniales, precisamente para estimular su lectura. Quise destacar al Filloy escritor por sobre el Filloy personaje, aunque claro que como personaje tiene cosas adorables también. 

La otra vez te veía en uno de los programas de Juan Sasturain sobre libros y él hablaba de una suerte de ninguneo de la obra de Filloy que se dio a nivel académico, privilegiando a tipo como Mallea, etc. Me gustaría que me cuentes qué pensás vos sobre todo eso…

Puede ser que lo hayan ninguneado, no sé, no entiendo mucho la lógica académica, si es que la tiene. En todo caso no se le hace un gran favor mendigándole ese lugar, al que él parecía huirle adrede, por el solo hecho de publicar sus libros en forma privada. Hay incluso académicos que insinúan que esa fue su estrategia, ser el outsider. No sé. Eso de pensar en términos de estrategias me parece en sí mismo muy académico. Un escritor escribe y después hace lo que puede y se mete donde lo dejan. Tampoco importa tanto. No hay que triunfar en la academia para ser un gran escritor ni para perdurar y encontrar tu público en cada nueva generación. En todo caso es nuestro deber como admiradores suyos propagar su obra, que es propagar la felicidad de leerla. Y felicidad no es necesariamente lo que propaga la academia. 

¿Cómo te relacionás con las redes sociales, el hashtag y todas esas cosas relacionadas a la auto promoción?

Pésimo. No tengo nada. Hace muy poco me compré un teléfono de esos que llaman inteligentes, porque te succionan el cerebro, y entré al mundo whatsapp. Apagué mi Nokia 1100 aun en funciones, listo para revivir cuando se lo pida. Mi sociabilidad virtual es un fiel espejo de mi sociabilidad fáctica, que es tirando a nula. 

Esta revista tiene un lema “No tenemos Netflix” ¿Vos sos de los que miran series en forma compulsiva?

Yo tengo, la cuenta de mi cuñado, pero no la uso. Las series no me enganchan. Me parecen telenovelas apenas mejoradas técnicamente. Hay algo en esa estructura de relato que me aburre. El problema del boom de las series es que bajó mucho la calidad de las películas, últimamente ni miro. Tampoco fui nunca muy cinéfilo. Siempre preferí leer un libro.

El año pasado se editó un libro de Alan Pauls sobre el acto de leer. Bajo el título “Multitasking” reflexiona de esta forma: “Quizás el rasgo más extemporáneo de la lectura sea hoy su exclusivismo, la exigencia de dedicación total que supone, incompatible con cualquier otra cosa”. ¿Cómo ves el panorama de la avanzada tecnológica y su relación con la lectura?

Los libros se la bancan. Le están dando batalla hasta al ebook. Y creo que la van a ganar. O empatar. Cuando Filloy fue a Estados Unidos, a principio de los cincuenta, vio por primera un televisor y vaticinó que ese aparato chiquito que te obligaba a mirarlo estaba condenado al fracaso, porque la gente quería hacer otras cosas mientras escuchaba, de lo que deducía que la radio le iba a ganar. Le erró fiero, pero en algo tenía razón: la radio sobrevivió, y con fuerza. Creo que lo mismo va a pasar con los libros, por más que todos tengamos smartphone. ¿O por qué los youtubers sacan sus libros? ¿Solo por hacer guita? Eso sin duda, pero hay algo de la lectura del libro que sigue siendo atractiva. Quizá sea exactamente eso que dice Pauls, pero en términos positivos: el placer que te obliguen a hacer una sola cosa, a concentrarte en algo inmóvil. Al igual que el cuerpo, el cerebro también pide moverse, quiere ejercicio, incluso el cerebro de un adolescente cooptado por youtube.

Volviendo a tu prolífica actividad como traductor del inglés y el alemán ¿Cuáles son las traducciones que más te desafiaron y las que más te gustaron (teniendo en cuenta que le entraste a autores para nada sencillo como Walter Benjamin por da un sólo ejemplo…

Benjamin sin dudas fue de los más difíciles, y eso que no hice ninguno de sus libros filosóficos. Otros complejos del alemán fueron Kleist, Peltzer y Herzog. Del inglés me llevó mucho tiempo Charles D’Ambrosio, tiene una prosa muy preciosista y llena de referencias a la cultura norteamericana más o menos actual. A veces la dificultad es cultural más que idiomática. Las traducciones con las que más cómodo me sentí fueron Defoe, Disraeli, Fassbinder… Y Kafka. No sé por qué, porque es un autor nada sencillo, pero con Kafka siento que lo entiendo perfecto y que sé en todo momento cómo traducir lo que quiere decir.  

¿Y te sirve traducir para tu tarea como escritor?

Mucho. Varios libros de ficción que escribí surgieron de libros que traduje, me resulta inspirador. Y al revés también, me encanta saber que hay un tramo del día en que no tengo que inventar nada, me siento y copio, de un idioma al otro. Además, que siento la traducción casi como un trabajo social, como un aporte a la literatura en castellano. Parafraseando a Borges, diría que otros se jacten de lo que han leído, yo estoy orgulloso de lo que he traducido.

Por último y yendo un poco más a lo personal ¿Qué tipo de adolescente fuiste? Uno te imagina leyendo y escribiendo, pero bien pudiste haber sido un vándalo, nunca se sabe… 

Era un nerd, pero que iba a ver a los redondos. Y además viajé mucho, aprovechando el uno a uno de los noventas. Primero subí de mochilero hasta Ecuador, donde me quedé trabajando de mozo y con lo que ahorré, y los contactos que hice con los clientes yanquis, me fui a Estados Unidos, donde recorrí la costa este. Volví, junté plata vendiendo oxímetros de pulso y me fui a Asia. Estuve casi un año dando vueltas por ahí, desde Indonesia y todo el sudeste asiático hasta Mongolia, China, Pakistán, India. Pero me enfermé del estómago, bajé como veinte kilos y me tuve que volver.

Y tu estancia en Alemania ¿Cómo fue? ¿Fantaseás con volver o ni loco?

Mi estancia en Alemania fue fabulosa, vivía becado como estudiante y podía escribir sin preocupaciones. Cuando la cosa se puso seria, me volví. Hace poco fui de nuevo a presentar el último libro que salió allá y perfectamente podría volver, de hecho, extraño muchas cosas, el silencio, las bibliotecas, la vida tan fácil que se lleva allá si tenés los ingresos suficientes, además de que tengo dos hermanos y tres sobrinos viviendo allá. Igual en mi casa es un área que maneja mi pareja, ella decide cuándo nos vamos a dónde y yo la sigo.