30/11/2019 6 min to read

Alex Kohan: “Cada vez que escucho las críticas al psicoanálisis pienso que eso no es el psicoanálisis tal y como yo lo concibo”

Category : editoriales, Entrevista, feminismo, literatura, mujeres, reseña

En su libro Psicoanálisis: por una erótica contra natura, Alexandra Kohan apunta contra los lugares comunes con los que se pretende reglamentar la sexualidad. Una voz que se anima a interpelar posiciones dogmáticas dentro del feminismo, en lo que al amor y al deseo se refiere. 

Por Nancy Giampaolo.
Foto Daniela Podlubne.

¿Qué te motivo a escribir Psicoanálisis: por una erótica contranatura?

Patricia Kolesnicov, que es la editora de IndieLibros, me propuso que escriba un pequeño ensayo, desde el psicoanálisis, acerca de las narrativas de los distintos feminismos. Lo que más me interesó fue leer las maneras en que los discursos, supuestamente emancipatorios, se erigen en nuevos imperativos; en una enunciación prescriptiva acerca del amor y del deseo en las relaciones sexoafectivas. Noto que en ciertos discursos hay mucha certeza alrededor de Eros y, por otra parte, también hay mucha promesa de felicidad, de no sufrimiento; hay una idea -equivocada para mí gusto- de que con información y con pedagogía vamos a dejar de sufrir en las relaciones. De todo eso me ocupé en el ensayo. 

En el libro decís que “no hay psicoanálisis sin incomodidad” y que sigue siendo, “subversivo y resistido” como siempre ¿Por qué?

La incomodidad del psicoanálisis -o de un análisis- tiene que ver con el modo en que hace vacilar certezas, el modo muestra que el sujeto no apunta a su propio bien, el modo en que hace trastabillar las doxas que cada uno tiene respecto de sí mismo, el modo en que pone a jugar las distintas lecturas que apuntan a sospechar de lo dado. Es subversivo aún hoy porque va a contrapelo del sentido común, porque no es condescendiente con la “opinión”, porque viene a decir, una y otra vez, que no somos sujetos de la voluntad. Porque entiende que los síntomas están ahí para algo y no tiende ni a buscar las causas ni a eliminarlos. Es incómodo porque desestabiliza sentidos coagulados que funcionan para tranquilizarse, para adormecerse, para anestesiarse; porque lee y disuelve doxas que están hechas para no pensar. También incomoda porque no promete la felicidad -ni tampoco promete otra cosa-.

“El psicoanálisis atrasa” es otra frase que referís y que efectivamente se escucha dentro de distintos círculos feministas… 

En general, cada vez que escucho las críticas al psicoanálisis pienso que eso no es el psicoanálisis tal y como yo lo concibo y lo practico. Quiero decir: hay muchos psicoanálisis y efectivamente hay muchas posiciones en el psicoanálisis respecto del movimiento feminista -que tampoco es homogéneo-. En ese sentido, hay muchísimas activistas con las que pienso conjuntamente. Hay un modo de concebir el sujeto, el cuerpo, el deseo que encuentra puntos de convergencia entre ciertos sectores del feminismo y cierto psicoanálisis. El rechazo al psicoanálisis en general viene por el sector más mainstream y corporativo del feminismo. En cambio hay todo otro sector que no sólo no lo rechaza sino que dialoga con él y ese debate es sumamente enriquecedor. En relación al psicoanálisis, debe haber, sí, el que atrasa: es el que se toma a sí mismo como un dogma; pero ahí lo que se juegan, entonces, son modos de leer.

Decís que el paradigma de “lo natural es reaccionario, conservador y abusivo” pero se lo usa desde “posiciones más libertarias” …

Eso lo fui pensando a partir de ciertos discursos más progresistas que sostenían que la monogamia era una alienación mientras que lo natural era “el amor libre” en cualquiera de sus formas. Una cosa es que podamos cuestionar los distintos dispositivos sexoafectivos, y de hecho lo estamos haciendo, y otra es que creamos que hay algo natural en la sexualidad. La sexualidad no es natural en ningún caso. El descubrimiento freudiano, además, tira por la borda la noción de armonía preestablecida en la relación entre los sexos, no sólo entre un hombre y una mujer sino entre el sujeto y cualquier partenaire. No hay complementariedad entre sujeto y objeto a partir del descubrimiento de la pulsión que es el concepto que se opone, justamente, al instinto natural.

Hablás de “un rechazo a la infancia sostenido en un imperativo a la productividad que va erigiendo sujetos sobreadaptados”.

Se escucha mucho que hay que madurar, que hay que ser adultos, etc. Y esa exigencia está incluso dirigida, muchas veces, a los niños. Una de las cosas que más me gustan del psicoanálisis es que no contempla una evolución en el sujeto hasta realizarse en una “plenitud madura, adulta”. Eso corresponde a la psicología. No hay etapas evolutivas y superadoras en lo que al deseo se refiere. No al menos en Freud y en la lectura que Lacan hizo de Freud. Me divierte mucho cómo Lacan, discutiendo con ese psicoanálisis más conservador que sí hablaba de madurez y de adultez, sugiere que referirse al adulto es una expresión de “embriaguez babosa”. En muchos casos no se toleran las vacilaciones, las ambigüedades, los caprichos, la sorpresa, la contingencia, el no saber casi nada de lo que uno desea. Se pretende madurez, adultez, sujetos burocratizados. Se empuja al otro al agobio de una vida proyectada y llena de “objetivos”.

¿Y qué puede propiciar el psicoanálisis en relación a ese rechazo a la infancia?

Freud nos enseña que las vías por las que el placer pasa son las vías de la infancia que quedaron obturadas por el control del pensamiento de un sujeto en su progreso hacia el “estado adulto”, obturadas por la educación y la exigencia de adaptación. En ese sentido, me parece que un psicoanálisis también propicia que esas vías se destapen, se abran hacia ese placer vedado por las exigencias del mercado, esas exigencias a “ser productivos” a “no perder el tiempo”, a “saber lo que queremos” y dirigirnos hacia ahí. En esas exigencias leo el rechazo a la infancia.  El psicoanálisis viene a decir que, lejos de tener que tener las cosas claras, se trata de lidiar con las opacidades, esas que nos atraviesan, esas que nos vienen a recordar que no somos transparentes ni para nosotros mismos.

Hace poco escribiste un ensayo breve apuntando a la empatía, un concepto muy de moda por estos días…

Me interesa especialmente la figura de la doxa: esos modos de decir que se van coagulando en fórmulas vacías, en sentidos y lugares comunes. La doxa funciona para no pensar, para creer que uno entiende, para tranquilizarse y no inquietarse. De unos años a esta parte vengo observando el modo en que la empatía se fue haciendo doxa, se fue convirtiendo en una especie de llave maestra, de palabra clave que se usa para moralizar, o para sostener la creencia pueril de que uno está del lado del bien – “si empatizás conmigo sos bueno, si no, sos malo”-. En el ensayo intenté leer el uso que se hace de la empatía en este tiempo, más allá de la historia del concepto. Me gusta leer eso: los usos estereotipados, los modos de decir de un momento determinado, la manera en que una idea empieza a ser repetida hasta el cansancio produciendo su propia banalización, su propio vaciamiento de sentido. Se hace un uso mántrico de la empatía que narcotiza y se repite como un disco rayado que, además, despolitiza ahí donde la coloca en un lugar sagrado. Pero lo que advertí, sobre todo, es que el uso que se hace termina siendo un tanto nocivo -por eso lo titulé El doble filo de la empatía– allí donde el que pide empatía (que además la supone voluntaria) rechaza la otredad como tal, no admite la diferencia; en definitiva: es un efecto de masa que conlleva, como toda masa, la segregación y la expulsión de lo distinto.