Con Juan Moreira en la piel

Hace algunos días se cumplieron del nacimiento de Eduardo Gutiérrez, el “padre literario” de Juan Moreira: El personaje que, (como el Martín Fierro de la Ida), constituye una de las grandes representaciones de la rebeldía en la literatura argentina el siglo XlX. Ya en el siglo XX, concretamente en 1973, Leonardo Favio estrenó su magistral versión cinematográfica. En esta nota nos asomamos a los ecos que ese Moreira, (el de Favio, interpretado por Bebán), tuvo en su infancia. El recuerdo de que la secuencia final de esa gran película, se repetía en los juegos de los pibes en las calles de Buenos Aires.

Por Marcelo Iconomidis*

En la mañana, al despertar, contemplaba un largo rato la luz del sol en la ventana y decía para mis adentros “espero que hoy me toque Moreira. Con este sol, adonde irás”.

El silbido lejano de la melodía coral de Luis María Serra iba in crescendo, lo que indicaba que la obra estaba por comenzar. Nadie silbaba como el “Tapón”. Pero el momento álgido de la repartija de cargos hacía estragos en las discusiones: Moreira o Chirino?, a quién le toca hoy? El “Tapón” era insustituible. Su rol de burócrata sonoro estaba asegurado.  

Las vacaciones de verano duraban tres meses y medio con el tiempo como aliado y enemigo. Ocio y calor sofocante. Un escenario propicio para recrear el paisaje.

El cine de la parroquia de las tres películas en continuado, estaba para los fines de semana así como la fecha del campeonato de fútbol y algún que otro cumpleaños que todavía no se había convertido en baile o asalto. 

Durante los días de semana, el aburrimiento era un compañero inseparable de la imaginación para huir al terreno farragoso del riesgo.  

La larga daga en vaina de plata de Moreira se convertía en una madera afiliada de punta cortante que dirimía la gran escena final: el puntazo de Chirino simulado en Moreira y que muchas veces dejaba marcas indelebles. La propia muerte no existe en la góndola de las prioridades de un niño. 

En un pasaje suburbano de la capital, el Juan Moreira de Leonardo Favio integró el panteón de vindicadores como Robin Hood, Ivanhoe, El Zorro y los corsarios de Salgari. Épicas que se adhieren a la piel, que no se cuestionan y donde tampoco se indaga en sus orígenes.

Pequeñas patrias, como las llamamos, pero diferentes al decir de Rilke, cuando la infancia se convierte en su reemplazo por la usurpación esquizofrénica del verdadero sentido. 

Ya vendrán tiempos adultos para interpretar a Moreira. Sea como el último estertor histórico del gaucho vencido, alienado y conchabado, el componedor del teatro de la vida o el significado de época con el regreso del Perón y el pueblo a conducir su propio destino.

Moreira nació en el barrio donde vivo actualmente: Flores. Los Moreira del presente son todos aquellos que pululan y nadie registra. Con la misma barba y cabellera tupida, los rostros esculpidos en zozobra y la mirada desafiante. Pero sin el cartón de la lotería para ganarse un patrón. 

*Marcelo Iconomidis es musicalizador y realizador pero, sobre todo, de Racing.

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