DIEGO ARMANDO MARADONA, un mantra

No sólo el presidente francés Emmanuel Macron escribió sobre D10s, también lo hizo nuestro colaborador radicado en París Esteban Ulrich.

Fotos: Martín Tricárico / Studio Funk.

Desde Gilgamesh a Jesús. El héroe. El mesías. El protagonista de la Tragedia. El síntoma de la emoción de la que es capaz un pueblo. La forma más pura, clásica: el producto del coliseo.

Ese misterioso encuentro, en cada una de sus confirmaciones, entre el ser y su destino. Porque hay que ser y hacer siéndolo. Concentrar el deseo de un mundo y ejecutarlo. De la forma más majestuosa. Esa extraña situación milagrosa en la que aquél que desea se encuentra con su deseo otorgado de una manera tan suntuosa que se sorprende. Se agarra la cabeza, se abraza con lo que encuentra a su lado, que luego recuerda que él en el fondo siempre lo supo. Ese, él, era el elegido. Ese, él, es quién nos porta, nos transporta.

DIEGO ARMANDO MARADONA repito en mi mente como un mantra, me imagino diciéndolo con el pulgar e índice ajustados en pinza, con los otros tres dedos disparados en rayos solares, como un mudra de la autoafirmación, del devenir nombre. La mano clavando cada una de las palabras. DIEGO / ARMANDO / MARADONA, como lo hacía él proyectándose en tercera persona frente a la cámara que fue su cómplice y su condena, desde que se deslumbrara con él cuando lo descubrió de niño. Una cámara-mundo que desde entonces lo abraza y aprieta.

Ese es mi mantra para enderezarme cada vez que me percibo encorvado, caminando en la calle o sentado en el escritorio.

DIEGO ARMANDO MARADONA y me pongo firme como un colimba. Sobre todo en territorio extranjero, pequeña arenga en el exilio.

DIEGO ARMANDO MARADONA, cuando ya no quedan ganas pero igual hay que seguir porque no se trata sólo de uno mismo.

DIEGO ARMANDO MARADONA, con el mentón en alto aun sabiendo que no le robaremos ni un centímetro al gigante que nos enfrenta.

DIEGO ARMANDO MARADONA, cuando quieren hacernos sentir vergüenza, cuando tratan de atropellarnos con poderes traficados o privilegios heredados.

DIEGO ARMANDO MARADONA, cuando estás tirado, arruinado, víctima de tus excesos y torpezas pero todavía tienes ganas de querer, el valor de seguir sintiendo.

DIEGO ARMANDO MARADONA, cuando te cortan las piernas, cuando te ponen contra la pared en una calle oscura, cuando se ríen de tu desnudez, de tus pies descalzos.

DIEGO ARMANDO MARADONA, orgullo rabioso, miedo y rebeldía. Humildad y capricho.

DIEGO ARMANDO MARADONA, al mismo tiempo mejor que nosotros y peor. El que nos avergüenza y nos salva por la eternidad en un mismo partido. Y nunca es en realidad su culpa, porque él es lo que nosotros hacemos y haremos de él. Lo que importa es de lo que seremos capaces. Estar a la altura de nuestra propia exigencia.

DIEGO ARMANDO MARADONA, nuestro Campeón, hecho a nuestra imagen y semejanza, que nos aterroriza también, por el gigantismo de un monstruo apenas contenido por su moral de calle y barrio.

DIEGO ARMANDO MARADONA, como un dios antiguo, pagano, un Zeus, un Odín, un Rey Mono que eligió adoptar ese cuerpo retacón y explosivo, para guiarnos y al mismo tiempo perdernos.

DIEGO ARMANDO MARADONA, ese ser humano que marcó la vida. Que en su extrañeza marciana la reveló nueva, única, que con su existencia nos recordó que aunque parecido, en realidad, cada momento es nuevo.

DIEGO ARMANDO MARADONA abandona el lodazal de sus miserias (y las nuestras) para transformarse otra vez en signo celeste, otro giro de la rueda y se funde en el corazón de los suyos.

DIEGO ARMANDO MARADONA. Es ahora, ante su figura histórica, que podemos elegir entre dejarnos devorar por el mito, por el fanatismo ciego, o si decidimos enderezar nuestras espaldas, levantar nuestros mentones, sacar el pecho y abrazarnos con fuerza al Don, con la intención de ser cada vez un poco mejores.

DIEGO ARMANDO MARADONA o el ejemplo de que es posible sobrevivir a sí mismo.

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