14/12/2019 6 min to read

El dibujante que pactó con Dios

Category : arte, buenos aires, historieta, nacional, opinión, reseña

Mordillo y Fosforito eran la misma persona.
Por Lucas Nine.

El viernes 13 de diciembre de 2019 se inauguró “Conceptos” en el Museo de Arte Contemporáneo de La Boca, una gran retrospectiva dedicada a la obra y figura del genial Guillermo Mordillo (1932-2019). La muestra es el punto de partida para el “Museo de la Ilustración Gráfica”, una nueva institución, creada a partir de la iniciativa conjunta de Hugo Maradei, ex director del Museo del Humor y la Fundación Tres Pinos.

A continuación, reproducimos una semblanza publicada en el catálogo de la exhibición.

Conocí a Guillermo Mordillo en el curso de una cena ofrecida por Andrés Cascioli, a finales de los años 80. Guillermo estaba de paso en la Argentina, en una de sus visitas periódicas, y el director de la revista Humor -para la que mi padre dibujaba las caricaturas de tapa-, nos había invitado a todos a su casa a comer fideos amasados por él mismo.

Recuerdo que varios rompecabezas infernales con los famosos motivos de Mordillo estaban desperdigados por el lugar, a la espera de ser completados (la tarea quedaba a cargo de los hijos del Sr. Cascioli). En todos ellos, aparecían los escenarios colosales y minuciosos que bien conocemos, laberinto fabricado a costa de autopistas, bosques, planetas, mesetas y acantilados, cuyo efecto quedaba en este caso reforzado por lo inacabado de las obras (pese a los esfuerzos denodados de los hijos del Sr. Cascioli). Sin embargo, acá y allá, en los espacios en los que los muchachos habían logrado de una manera u otra vencer al caos, aparecía el famoso hombrecito blanco que, haciendo una pirueta ceremoniosa, levantaba su sombrero como una bandera frente a la nada: porque lo cortés no quita lo valiente.

Mi padre tenía un motivo importante para estar allí esa noche; y es que, para él, Guillermo Mordillo era ante todo el dibujante del Conejo Fosforito, protagonista de una serie publicada a comienzos de la década del 50. La historia era más o menos que mi padre, de niño, había visto esas revistas y se había vuelto loco, trastornando su hogar al punto de lograr la adquisición del material. Y el material estaba dibujado impecablemente, en un estilo reminiscente al de los estudios Disney en cuanto a la coherencia interna de sus piezas, pero ya personal en tanto estilo y contenido. El mundo de Fosforito era alegre, amable, sólido. No presentaba fisuras de ningún tipo, cosa admirable si pensamos en que su autor no tenía por ese entonces muchos más años que sus potenciales lectores. Sólo cabía mudarse adentro y tirar la llave afuera. De hecho, sospecho ahora que mi presencia allí esa noche se debía a la necesidad de ejemplificar con algo la edad que él tenía cuando cayó bajo el encanto de Fosforito. Como sea que fuese, la cosa era que para mi padre, Mordillo era ante todo Fosforito. En el transcurso de esa esa noche comprendió que, efectivamente, Mordillo era ante todo Fosforito.

Muchos años más tarde, recibí otra invitación a cenar. Mordillo estaba de paso por la Argentina  -caía una vez al año, con la regularidad de un cometa-, mi padre había organizado algo y como parecía ser que Guillermo recordaba esa cena en lo de Cascioli después de tantos años, etc. Además tenía algo para mostrarme: se trataba de un dibujito que yo había hecho para él la noche de los fideos. Estaba pegado en el interior de un gran álbum que llevaba a todos lados, lleno de ilustraciones y fotos. En página destacada había incluso una de Disney, firmada por “Walt”, que le había llegado en respuesta a una temprana carta dirigida a los estudios del Ratón. Nos contó entonces que toda su vocación había sido disparada por  el filme “Blancanieves y los Siete Enanos”, visto a la edad de cinco años, en ocasión de su estreno. El estado de entusiasmo permanente que la película había generado en él se mantenía intacto después de casi de ochenta años, junto con la misma distancia crítica para con los productos Disney que podría haber tenido entonces. Para decirlo de otra manera, Mordillo carecía de todo ese trabajoso andamiaje que permite apreciar los logros técnicos del estudio Disney mientras se condenan aspectos ligados a esto y lo otro; esa actitud que sólo traga el conjunto apelando a baldazos de ironía.

Nada de esto formaba parte de las consideraciones de Guillermo, que partió a Estados Unidos a comienzos de los ’60 para trabajar con Disney, pero que habiendo recalado en los Famous Studios de New York (remanentes de los Estudios Fleischer), terminó por decepcionarse de la animación del momento y optó por proseguir su carrera en Europa. Lo que quiero decir es que para que Mordillo el Pato Donald era real y existía (aunque en Patolandia), y la posibilidad de sospechar sobre la paternidad de sus “sobrinos” nunca había cruzado su mente. Después de todo, vivía en Mónaco, un lugar al que no podríamos ligar con nada más que con castillos de cartón piedra, el Hada Campanita y los fuegos artificiales. Cualquiera que fuese el caso, Guillermo comprendió que tenía en mí a uno de los suyos y señalándome gravemente con el dedo, preguntó: “¿Quién era el dibujante de Goofy?” “Art Babbitt, por supuesto”, grazné, antes de saber lo que estaba haciendo.

A partir de ese momento todo fue un derrapar de nombres y datos, y el laborioso andamiaje preventivo levantado a lo largo de los años se derrumbó como un castillo de naipes. Los fantasmas de Norman Ferguson, Dick Lundy o el increíble Freddy Moore se sentaron a nuestra mesa y sus logros y virtudes pasaron de mano en mano como en un intercambio de figuritas gastadas por el roce y el tiempo. Lo hacían ante la mirada atónita de mi padre, ligeramente espantado por el fenómeno. El tiempo y el dinero invertido en mi educación había sido en vano: yo creía en el Pato.

A partir de ese momento, me encontré con Guillermo en cada una de sus sucesivas visitas a la Argentina para hablar de dibujo en general y puntualmente de animación. En la última de esas visitas, enseñó brevemente la serie en la que estaba trabajando: la Muerte y el Hombrecito Blanco se combinaban en una serie de fintas y piruetas. Guillermo, siempre metódico y previsor, había redactado una lista larguísima de preguntas que pensaba hacerle a Dios cuando lo viese. A pesar de eso, se declaraba agnóstico (supongo que más que nada para perdonar de antemano la eventual descortesía de que le cancelasen la entrevista a último momento). Después habló de Fosforito y de esos años: “en esa época yo trabajaba para el estudio de Burone Bruché, haciendo animación publicitaria. El estudio estaba en Barracas y yo me tenía que tomar el tranvía para llegar, un viaje interminable. Aprovechaba para leer a Kant. Nunca entendí una palabra”.

Pero el Hombrecito Blanco de Mordillo no necesitaba las palabras, por supuesto, y Guillermo lo puso todo en imágenes. Si la entrevista se llevó a cabo, lo imagino ceremonioso, saludando gorra en mano, antes de someter el Creador –medio fuera de cuadro- a un inflexible cuestionario.

Me estaba yendo cuando me sometió a una última prueba, índice en ristre: “a ver, ¿quién fue la voz del Pato Donald?”

“Conceptos” puede visitarse hasta el 23 de febrero de 2020 de miércoles a domingos de 11 a 19 horas.