01/04/2020 7 min to read

El hogar y el no lugar: una mirada sobre los espacios que habitamos

Category : arquitectura, ensayo, filosofía, historia, lugares, opinión

En relación con las condiciones materiales de existencia en una sociedad paralizada por un acontecimiento excepcional, algunas reflexiones acerca de cómo vivimos para pensar en cómo queremos vivir.

Por Diego Juárez.
Arquitecto.

Una catástrofe planetaria como la que estamos padeciendo por la pandemia viral de la familia de los coronavirus, el COVID-19, nos obliga a pensarnos desde los extremos, tanto desde lo que sobra como desde lo que falta. Podemos decir que sobra contaminación y que, por el cese de la actividad industrial indiscriminada (y sus consecuentes residuos), el aire y los mares se nutrieron nuevamente de su fauna y flora autóctona. También podemos decir que, por la falta de políticas públicas de salud, este virus (entre otros con mayor poder de mortalidad) se llevó vidas que podrían haberse salvado.

En este contexto de carácter planetario y ante una plaza San Pedro vacía, durante la jornada del viernes 27 de marzo de 2020 el Papa Francisco brindó la Homilía y utilizando a la tormenta como parábola de lo que está aconteciendo, afirmó que Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

En línea con estas palabras se puede decir que también cayeron los maquillajes de la industrialización y la desigualdad social, siendo el capitalismo el escenario común en ambos casos. Y caen entre otros velos propios del materialismo en el que estamos sumergidos, obligándonos a enfrentarnos a demonios propios y ajenos. Pero haciendo foco específicamente en lo que el sentido común concibe como casa o en su significante más espiritual, el hogar, es menester llamarnos a la reflexión sobre ese espacio al cual nos confinaron por tiempo indeterminado al momento de redactar esta nota y en el cual nos exigen disfrutar la vida en familia durante la cuarentena hasta tanto “la curva (de contagios del virus) se achate”. Seamos felices en casa, o no seamos.

Los “no lugares”

Hace 27 años, Marc Augé, antropólogo y etnólogo francés, presentaba el libro Los no lugares. Espacios del anonimato. Antropología de la Sobremodernidad, refiriéndose a aquellos espacios en los que no se podía hallar un sentido de pertenencia específico por ser lugares principalmente de tránsito, en los que sus habitantes ocasionales transitan como seres anónimos, en donde su existencia es representada únicamente por sus credenciales, pasajes, tiques, boletos, etc. Entre los “no lugares” más comunes se destacan el aeropuerto, el supermercado, un teatro o cine y medios de transporte públicos, entre otros.

Pero en este estado de excepción que nos toca vivir, ¿qué sucede cuando nuestra casa es un no lugar? Lo que se pone en evidencia durante el aislamiento social es el exceso de horas dentro de ese recinto en el cual, antes de toda esta catástrofe, solo estábamos casi que “de paso”. Situación semejante a la de una persona que aguarda en un aeropuerto para realizar una conexión a otro destino y que en la jerga aeroportuaria se denomina “pasajero en tránsito”.

De todos los edificios del tejido urbano por el cual nos movemos a diario para realizar todas nuestras actividades, es nuestra casa el sitio de origen o salida y el de retorno o llegada. Y lo presentamos en términos de entrada y salida (check in/check out) por la fatídica similitud con la de un hotel o albergue transitorio. Pensar en una vivienda como casa dormitorio o peor aún, como una terminal de transportes, dista mucho del concepto de lo que un hogar es o debería ser.

Y esto no significa que durante la pandemia las casas se hayan convertido en no lugares, sino que se pone en evidencia que ya lo eran. He aquí lo trágico y extremo de la situación en la que nos encuentra este tiempo. Porque, así como encontró a los hospitales desprovistos de insumos y, casualmente, de espacios propicios para el tratamiento de pacientes, nos encontró a la mayoría de nosotros en casas desprovistas de nosotros mismos, en las cuales tuvimos que aprender (a la fuerza) a dotarlas de pertenencia para apropiarnos de algo que, de hecho, ya era nuestro.

Pero entonces, ¿qué es un hogar?

Definir al hogar desde lo meramente material es algo muy sencillo y harto estudiado, lo que no implica que sea sencillo de materializar, con casos de mayor o menor éxito desde que el concepto de vivienda social se acuñó a principios del siglo XX para solventar la demanda de casas para la creciente población obrera en las nuevas ciudades industriales. Ha habido y seguirá habiendo planes de vivienda para satisfacer el déficit habitacional que, sin duda, es un problema global que al día de la fecha y solo en Argentina es de aproximadamente tres millones y medio de personas que no tienen acceso a un techo digno.

Pero para retomar y responder a la interrogante es necesario reformularla y preguntar: ¿cuándo es un hogar?, o mejor aún: ¿cuándo se es un hogar?

Por empezar, diremos que la casa es representada por el espacio, y que el hogar es representado por el tiempo. Satisfecho el plano espacial que nos brindan las cuatro paredes y el techo de una casa, el hogar termina de constituirse con el plano temporal. El tiempo del que disponemos para estar en casa definirá la calidad de aquel hogar que construyamos. Y, respondiendo a la segunda pregunta, será el tiempo que nos dediquemos a pensarnos a nosotros mismos dentro de esa casa, lo que producirá la amalgama entre lo material de la casa como edificio y lo espiritual del hogar como fruto de la actividad humana dentro del mismo.

Ahora bien, si una mudanza implica el transporte de mobiliario de una casa a otra, lo que se muda, en rigor, no son las cosas en sí sino el hogar. Ese cúmulo de experiencias y recuerdos que hablan de nuestra historia e identidad. Lo que se hace, de hecho, es un traspaso de memorias que nos hacen a la vez de ancla para recordarnos de dónde venimos, hacia dónde vamos y lo más importante, dónde estamos. Los recursos de la melancolía y la nostalgia quedarán entonces a discreción de sus habitantes, ya que para todo pasado malo habrá un mejor futuro, si tenemos tiempo de dedicarnos a nuestro presente.

“Si los lugares crean lo social orgánico, los no lugares crean la contractualidad solitaria. Un espacio efímero y provisional sólo puede producir relaciones efímeras y provisionales; y todo lo efímero y provisional está destinado a desvanecerse en el aire”, nos dice Marc Augé en el citado libro.Las relaciones, entonces, que se construyan dentro de un hogar estarán dotadas del espíritu de sus habitantes y propiciará un intercambio humano y provisto de la identidad de cada uno de ellos. Una casa donde uno puede reconocerse a sí mismo y a partir de ahí reconocer a los demás, será un hogar por antonomasia.

El déficit habitacional en Argentina no quedará satisfecho cuando todos tengamos acceso a una vivienda digna, ya que eso solo satisface el plano material y no el espiritual. Ese plano espiritual que convierte a la casa en un hogar, un lugar de pertenencia donde ya no estaremos de paso y podremos hacernos de él, pasando del anonimato propio y de los nuestros, para reconocernos en ellos y poder salir luego para ver a los otros nosotros.

El tiempo que pasemos en nuestras casas, entonces, podrá convertirlas en hogares. El respeto por las horas de sueño y descanso o esparcimiento, darán origen a un nuevo hombre, consciente de sí mismo y de sus hermanos. Es ese el tiempo que debemos construir a partir de ahora, cuando todos los velos y maquillajes del materialismo que nos llevan al anonimato y al individualismo caen y nos permiten verlo y vernos. Es buen momento, entonces, para pensarnos y pensar en todo aquello que sobra y todo aquello que falta.

En esta etapa que nos toca vivir, aparece nuevamente la oportunidad de reconstruir la patria poniendo en la agenda los temas vitales para el bienestar del pueblo: trabajo, salud y tiempo para ser, los que luego den lugar a conformar esa comunidad organizada que muchos de nosotros tanto anhelamos. Porque como dijo el Papa Francisco “no podemos salvarnos solos”, y como dijo antes el General Perón, “nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”.