13/09/2020 10 min to read

El obturador afilado

Category : arte, autonomía, buenos aires, Entrevista, nacional, trabajo

Con una década de trabajo intenso y una formación continua y sorprendente, Martín Tricárico lanzó “Invariaciones” su primer fotolibro, declarado de interés cultural por el Régimen de Mecenazgo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Un diálogo extenso sobre los múltiples aspectos del mundo audiovisual, sus mutaciones y sus principios imperecederos.

Por Nancy Giampaolo.    

¿Cómo llegaste a la fotografía?

Siento que arribe de una forma bastante tardía. En el año 2017 (que en lo personal fue un año de quiebre en muchos sentidos), después de haber estado de viaje, haberme quedado sin trabajo y un poco bastante perdido en lo personal, di con esta convocatoria de MecenazgoBA, y a través de amigos que me ayudaron, me animé a enviar un proyecto de propuesta de fotolibro, pero sin esperar nada, lo tomé más como una suerte de ejercicio motivacional y, además, en ese momento la idea que envié de lo que yo quería hacer era prácticamente opuesta a lo que terminó finalmente siendo el libro; pero sirvió para empezar. Venía de hacer el taller de estética y expresión fotográfica con Juan Travnik en 2016, que abandoné al año siguiente porque sentía que no le estaba sacando todo el jugo que podía al no tener, justamente, un cuerpo de obra amplio como para poder trabajar. Sentía cada vez más necesidad de hacerme de un corpus propio, de desarrollar algún esbozo de serie.

¿Y qué pasa después?

Luego de haber realizado esta experiencia, tengo la creencia de que cuando uno hace un trabajo personal de este tipo, hay dos grandes caminos (en mi opinión): se puede partir de una idea preconcebida, con un concepto visual fuerte, teniendo la seguridad suficiente sobre “lo que uno quiere”, como previsualizando el trabajo fotográfico. Bueno, eso nunca lo pude hacer. Cuánto más pensaba previamente, menos fotos sacaba y terminaba con más dudas que certezas. Y muy pocas fotos.

Por otro lado, que es mi caso, al no tener esa seguridad, ni esa idea previa, trabajé casi de forma opuesta, a través de la toma fotográfica, después editaba sobre ese cuerpo, llegando a encontrar los indicios que empiezan a marcar una línea, donde los puntos conectan, en lo estético y en lo conceptual. Era sacar y después ver. Pero lo importante a destacar es que necesité olvidar por completo ese lastre inicial del “qué voy a sacar”. Creo que fue lo más difícil. Recordaba esa anécdota de Slavoj Zizek donde comentaba cómo hacía para escribir sus libros. Él decía que para poder escribir necesitaba olvidar por completo el hecho de “sentarse a escribir”, si lo hacía así no salía una sola palabra. De alguna forma todo consistía en un autoengaño, anotaba rápidamente y sin pensar demasiado pequeñas notas, en grandes cantidades. Y luego cuando se sentaba ya no era escribir, sino editar esas notas. A partir del 2017 intenté hacer algo similar en términos fotográficos, sacar sin pensar demasiado, fotografías de toda índole, armando una bitácora extensa de trabajo, hasta encontrar algo que me interesara verdaderamente y a partir de allí empezar a editar.

¿En esa época hacías algo con Marcelo Cugliari?

Sí, en esa época acompañé a Marcelo Cugliari en algunos de sus paseos fotográficos, en aquel entonces él estaba culminando “ÍNGRIMO”, su primer fotolibro, un proceso que fue muy motivador observar de cerca para enviar mi proyecto y que además me acercó a la fotografía estenopeica. También incluso me asomé tímidamente a una cierta labor fotoperiodística, cubriendo muchas de las movilizaciones populares que hubo en esas épocas, tomándolo a modo de práctica, buscando también profundizar un poco por el lado de lo estrictamente técnico. Con el tiempo, me topé con el formato cuadrado, 6×6, que ya nunca abandoné (“mi pincel favorito”) con el que decidí llevar adelante este proyecto.

¿Y qué fuiste descubriendo?

Paulatinamente, con el correr de los revelados y las fotografías, me dí cuenta que se comenzaba a notar un factor común: en las fotografías rara vez había presencia humana, percibía una suerte de fijación por los espacios vacíos, sobre todo aquellos que previamente tuvieron construcciones edilicias o similares, muchas veces abandonadas o construidas a medias, por las rupturas, por las “huellas humanas en el espacio”, en esos paisajes alterados por el hombre, directa o indirectamente. Y casi al mismo tiempo, descubrí toda una corriente fotográfica que se había focalizado en estos temas: desde el Nuevo Formalismo Alemán (surgido en la posguerra), que originalmente fundaron Bernd y Hilla Becher y que luego continuaron los llamados “New Topographics”. Así, nombres como Stephen Shore, Lewis Baltz, Robert Flick, Michael Ackerman y más acá Humberto Rivas, Oscar Pintor, Marcelo Cugliari, Juan Travnik y varios más recogían ese guante, aun con su propia impronta personal, retratando paisajes urbanos o rurales pero donde siempre se notaba esa presencia tácita del humano, por su forma inalterable de ocupar y modificar el territorio, dotándolo de una inevitable huella lingüística, como si fuese un gran “golpe” o “herida” en el espacio, generando un diálogo que me motivaba mucho estéticamente.  Ahí fue cuando dije “listo, por acá va la cosa”. Esos conceptos me resultaban cada vez más atractivos, se comenzaban a hacer un poco de eco y los tenía más y más presentes en mis recorridos urbanos, donde, además, por ejemplo, acá en CABA, al ser arquitectónicamente tan heterogénea, tan violentamente contrastante de una zona a otra, se prestaba mucho a ser retratada bajo esa óptica.

¿Y cuál creés que empieza a ser en ese momento tu primer eje motivacional de tu trabajo?

Lo que era realmente placentero y conmovedor (y que constituyó mi principal eje motivacional en este trabajo) era el descubrir fotografías en lugares donde generalmente, a nivel de detenimiento visual, no se les da la más mínima importancia, donde uno “pasa de largo”. Es un trabajo arduo, es el “sentir el espacio”, prestar mucha atención, verlo con ojos de extraterrestre, resignificar lo que estamos acostumbrados a ver en nuestra cotidianeidad, y por eso es tan gratificante cuando uno finalmente llega a conseguir esa visión que desencaja absolutamente con lo que uno está habituado a ver allí. Eso es justamente una labor en la que los New Topographics profundizaron mucho, y me gusta pensar el libro como un pequeñísimo aporte a esa rama de la fotografía.Por sorpresa (y lo fue, verdaderamente), tiempo después se aprobó el proyecto, lo que hizo que me enfocara con mayor seriedad en esta búsqueda.

Y también te seguías formando el año pasado…

Sí, durante 2019 asistí al taller de Valeria Bellusci, ya un poco más cargado de ese “stock” de fotos que antes me faltaba, y le fuimos dando forma en conjunto. El aporte de Valeria al proyecto fue fundamental, para terminar de redondear la idea principal. A través de la observación de mis fotografías, hilvanó conceptos como “el fin de fiesta”, “el escenario post-apocalíptico”, y también incluso llegamos a pensarlo como la serie de los despojos que dejó aquel neoliberalismo más salvaje, sobre todo en nuestro país, como una suerte de resabios amasijados entre distintas gestiones gubernamentales donde cada una rompe y construye arriba de lo que construyó la anterior y asi sucesivamente, sin cuidar nada de lo ya realizado. ¿Nuestras heridas territoriales, y la extrema exacerbación de los contrastes arquitectónicos, no son acaso el símbolo directo de una maquinaria que en su afán modernizante destruye y reconstruye todo a su paso? Había una suerte de “dolor territorial” furioso que empecé a percibir en esa serie. En suma, estas fueron todas cuestiones que terminaron de definirme con un poco más de claridad hacia dónde me dirigía. A partir de allí la búsqueda fue más enfática, más segura. Es bastante extraño pensar este libro que terminó de materializarse en este contexto pandémico, como una suerte de augurio un poco perturbador.

Ante el dilema de las nuevas tecnologías

Personalmente, al venir desde una formación cinematográfica y audiovisual en general, considero que las tecnologías francamente nos han simplificado la vida en niveles increíbles y provechosos a todos los que hacemos de esto un oficio. Antes todo era muy costoso, pesado, implicaba tiempos más largos, y además, el entorno del cine y las producciones independientes era bastante más acotado por estos aspectos. Hoy esa brecha se ha reducido mucho, el cine independiente por ejemplo ha escalado a niveles de calidad visual que antes no tenía y es en gran medida por la versatilidad tecnológica a la que se ha llegado; es por esto que considero que son todos motivos para festejar los avances.

Pero, al mismo tiempo, así como pasa esto, también pasa que se genera una enorme “liviandad” de la imagen: el contenido es tan vasto, tan inmediato, tan inabarcable que se vuelve fácilmente “soluble”, el scrolleo se hace eterno y los contenidos parecen no acabar nunca. También las facilidades que ofrecen las cámaras digitales si bien son siempre bienvenidas, también conllevan la trampa de originar una generación bastante grande de fotógrafos enamorados más de la tecnología de punta que de las imágenes.

El imperio de los “picture cells” (celdas de imágen, vulgarmente llamados píxeles), nos ordena nuestro mundo audiovisual y nada parece tener demasiada importancia. Todo muy líquido como diría Zygmut Bauman. Uno se pregunta entonces si realmente hay un equilibrio entre lo que se produce y la forma en que se consumen esos productos. Es una discusión larga y hay que darle tiempo…

¿Y qué es para vos hacer foto y cine ahora y por qué sacar un libro ahora?

Considero que dedicarse a la fotografía y al cine en estos tiempos son tareas arduas y arriesgadas: ¿cómo hacer para que una imagen perdure y lleve a la reflexión? ¿No es difícil aceptar la idea de que una producción que lleva tiempo y enorme esfuerzo finalmente se termine viendo como al pasar en una pequeña pantalla de celular antes de dormir? ¿cómo contrarrestar ese mar de scrolleos kilométricos de imágenes que pasan como si nada? Convengamos que son cosas un poco desmotivantes para quiénes queremos ejercer esta profesión, pero al mismo tiempo constituyen un gran desafío. Por mi parte estos fueron un poco los argumentos que yo planteaba en el proyecto para defender la idea de hacer un libro: rescatar de todo aquello la idea de la fotografía en el papel, del contacto directo, de la solidez de un soporte, de la observación sin prisa, parsimoniosa y reflexiva, que los medios digitales un poco juegan en contra. Sin embargo, el motivo por el cual decidí hacer esta obra en soporte analógico no responde a una concepción “chic” o “vintage” de la fotografía en detrimento del digital o del color, como tomando partido. En lo absoluto, simplemente era una herramienta que sentía que calzaba muy bien para lo que quería lograr, en términos compositivos y pictóricos, que me ayudaban a borrar las huellas espacio-temporales buscando profundizar en la creación de un universo atemporal en la cabeza del veedor; y que además reforzaban esta idea de “la vuelta a los orígenes”. Pero en sí, la discusión “analógico vs. digital” es algo que nunca me interesó, lo importante siempre es, finalmente, la fotografía en sí.