“El pensar filosófico avanza retrocediendo”

Con el Jardín de Epicuro como antecedente conceptual, Lucas Soares gestó una colección única en su tipo. Por Nancy Giampaolo.

Doctor en Filosofía, investigador del Conicet, docente y autor de Anaximandro y la tragedia (Biblos) y Platón y la política (Tecnos); entre otros trabajos, Soares es también un poeta destacado de su generación. A cargo de la dirección de la original colección de libros La Revuelta filosófica, editada por Galerna, habló del “supuesto antagonismo entre el campo de la academia y el de la divulgación” y aportó una mirada aguda y necesaria en torno a la “tuiterización” del pensamiento, entre otros aciertos.

¿Cómo aparece la idea de armar “La revuelta filosófica”?

La chispa de la colección surgió en el marco de los cursos que dicto en el Rojas desde hace ya casi veinte años. En 2014, en uno de esos cursos, tuve de alumno al director de la editorial Galerna, que tiempo después me propuso la idea de armar una colección de filosofía en el marco del relanzamiento de la editorial. Fue un encuentro que se dio en el momento justo porque yo hacía rato que tenía ganas de plasmar en un formato libro la metodología de trabajo con textos filosóficos que venía practicando en esos cursos. Los libros de la colección tienen, de hecho, el formato de una clase que propone, bajo el eje de la noción de revuelta, un guion de lectura para el abordaje de una selección de textos del filósofo tratado. Cuando hoy, después de cuatro años de trabajo y ocho libros publicados, miro para atrás, pienso que no es casual que la chispa de la colección haya surgido en el marco del Rojas, que es el principal centro de promoción de la extensión universitaria de la Universidad de Buenos Aires. Porque el espíritu de la extensión universitaria apunta justamente a eso que persigue la colección: acercar el discurso filosófico a un público más amplio; tender un puente entre la universidad y la comunidad.

¿Y a qué apunta la idea de revuelta?

Lo primero fue pensar desde qué eje encarar la colección. No me interesaba el eje de la introducción general, del estilo “Nietzsche: una introducción”, además de que ya existen buenas colecciones encaradas en ese sentido. Quería algo más acotado. Ahí surgió la noción de revuelta como hilo conductor. Para mí esa noción permite definir bien el núcleo de la actividad filosófica: trastocar nuestras habituales formas de pensar, de sentir y de actuar para mostrar cómo se las puede organizar de otras maneras. Desmontar marcos de comprensión para ver cómo funcionan por dentro y entender un poco mejor cómo llegamos a ser esta criatura que somos. Esa es de alguna manera la historia de la filosofía: una historia de descomposición y recomposición de distintas visiones de mundo. En términos más estrictos, la noción de revuelta me parece ilustrativa de un movimiento que es característico de la filosofía desde su origen. Me refiero al hecho de que la filosofía pareciera avanzar en un doble movimiento de revuelta. Por un lado, problematizando sus múltiples objetos de estudio; por otro, problematizándose a sí misma como un tipo de saber que se renueva cuestionando incansablemente su propio léxico y tradición.

¿Cuáles fueron los criterios con los que seleccionaste a los filósofos de cada uno de los libros? Es evidente que te abocaste a filósofos que podríamos calificar como algo marginales respecto de su coyuntura…

Tomando como eje la noción de revuelta, el criterio general que seguí para establecer el canon de doce filósofos que conforman la colección fue apuntar a los que construyeron sus esquemas de pensamiento desde una posición más marginal a la forma en que la filosofía se venía practicando en sus respectivas épocas. Filósofos cuya oposición a las líneas de pensamiento hegemónicas de su tiempo operó como condición para el surgimiento de sus propias teorías filosóficas, las cuales implican nuevas formas de hacer filosofía en términos de estilo y contenido. Apunté en una palabra a los filósofos “contreras” de su tiempo, aunque después hayan sido póstumamente canonizados. Digamos que cada libro trata de responder esta pregunta en función del filósofo tratado: ¿cuál fue su revuelta filosófica y en qué medida ella nos sigue interpelando en el presente?

¿Y a los colegas que llevaron adelante cada volumen?

Elegí colegas que se movieran con soltura entre el registro académico y el ensayístico. Por esa mixtura pasa –si tuviera que definirlo– el tono de la colección. En una época de marcada hibridación de los registros discursivos, me pareció interesante hacer interactuar algo del dispositivo académico de lectura y escritura con el de la divulgación. También te diría que en la elección de los autores pesaron ciertas afinidades intelectuales y afectivas, y sobre todo una fuerte apuesta por colegas de mi generación, todos docentes de la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires e investigadores del Conicet. Justamente por esta filiación académica de los autores, me gusta pensar la colección como de “divulgación académica”, lo cual parece una contradicción en los términos por ese prejuicio según el cual los académicos no se ocupan de la divulgación, o que incluso la subestiman. La colección apunta justamente a superar ese supuesto antagonismo entre el campo de la academia y el de la divulgación. Me interesa mostrar que no sólo desde los medios de comunicación sino también desde la universidad se puede producir un tipo de divulgación rigurosa, creativa y a la vez atractiva para públicos más amplios. No fue algo casual, es producto de que el Conicet, desde hace varios años, le otorga una mayor jerarquía a la divulgación científica.

En la lista aparecen Epicuro, Spinoza, Schopenhauer, los cínicos… ¿Tenés algún favorito?

Te diría Epicuro. Por eso la colección empieza con él. Que el primer título sea Epicuro fue casi como una declaración de principios, ya que su filosofía resume a grandes rasgos el espíritu de la colección. Porque se trata de un filósofo que, entre otras cosas, defendió una concepción ampliada de la filosofía, según la cual nadie, ya sea joven o viejo, debía privarse de su estudio comprometido; que buscó sacarla del claustro académico y peripatético para llevarla al Jardín y hacerla accesible a la mayor cantidad de gente posible; que apuntó a redefinir la función de la filosofía en términos más prácticos.

¿Cuál es tu opinión sobre las decenas de libros que se publican proponiendo una aproximación a la filosofía en formatos cercanos al auto ayuda?

El auge de la divulgación en filosofía no es un caso aislado. También se puede ver en otras disciplinas como la historia, la economía, las neurociencias, etc. Pero en el caso de la filosofía marcaría una distinción entre dos tipos de divulgación. Una que se planta como un fin en sí mismo, y otra que se para como un medio para que el lector llegue de alguna manera al filósofo en cuestión. A mí me interesa esta última, o sea, una divulgación que no sacrifique rigor teórico ni traicione la dificultad inherente a las fuentes filosóficas. El problema de la divulgación que simplifica en exceso es que termina instalando una idea de la filosofía como algo fácil, como eslóganes de autoayuda. Busca darte en bandeja a los filósofos y problemáticas de que se ocupa, evitándote en lo posible la angustia de no entenderlos. Las filosofías que me interesan son justamente las que van contra esa idea autoayudística de la filosofía y del filósofo. Las que través de sus malditas preguntas vienen a complejizarte la existencia en el buen y en el mal sentido; las que te anudan y desanudan a través de sus interrogaciones problematizantes.

Al fin y al cabo es un saber que empezó así, ¿no?

Claro, así empezó con los presocráticos, pienso en Heráclito, como un decir oracular que exigía desciframiento; y así siguió con Sócrates, como un tipo de saber que venía a poner en entredicho el saber del experto. Incluso esa pregunta troncal de la historia de la filosofía, la pregunta por el ser, es para Aristóteles –y lo dice textualmente– una interrogación de naturaleza esencialmente aporética. O sea, la filosofía surgió en Grecia justamente como lo contrario a esta imagen actual del filósofo como un experto que opina de absolutamente todo. La divulgación que hace de la filosofía una mercancía más en la góndola de la autoayuda genera en los lectores espejismos que a veces percibo en el aula. Me suele pasar, en el marco de la lectura de un determinado pasaje filosófico, que un alumno me interrumpa y me diga: “¡pero esto es muy difícil!”. Y sí, qué pensabas… la filosofía es difícil. Pero no porque ella quiera sino porque pensar es difícil. La filosofía es un léxico hipertécnico, un elenco de conceptos básicos que se fueron ampliando y redefiniendo en función de las diferentes problemáticas epocales, en el curso de una tradición milenaria de pensadores. Es una disciplina que requiere mucha lectura, preparación y dedicación, ya sea en sentido amateur o académico.

¿A qué atribuís ese exceso de simplificación o de falta de rigor?

Me parece que esa clase de divulgación es hija de una época marcada por una tremenda “TED-idificación” del pensamiento en general, de la cual la filosofía no está exenta. Dar cuenta de ideas geniales en veinte minutos, y en lo posible que tengan gracia. Todo tiende a una tuiterización cada vez mayor del pensamiento, incluso –lo que es más trágico– en el campo de las humanidades. Y para mí el pensar filosófico va en la dirección contraria. Es un trabajo lentísimo, que avanza retrocediendo. Un pensar expansivo, arborescente y siempre a modo de prueba. Ahora bien, si un libro o programa de divulgación se convierte en un medio para que el lector o público se vuelque alguna vez sobre los textos de Spinoza, Nietzsche, etc., bienvenido. Pero si me dejo guiar por mi experiencia docente con públicos no especializados, te diría que por lo general mucha gente se acerca a la filosofía a través de la divulgación, y se queda ahí, solo con ese saber indirecto, perdiéndose el pasaje por la fuente filosófica y repitiendo como un mantra la palabra del divulgador. Insisto: con la colección apunto a un tipo de divulgación filosófica que se plante humildemente como medio y no como un fin en sí mismo.

¿Por eso la idea de agregarle a los libros una selección de textos del filósofo tratado?

Claro. Quise que la estructura de los libros de la colección reflejase la de una clase de filosofía, que para abordar la lectura de una obra filosófica suele plantear un encuadre y guion de lectura. Por eso los libros se componen de dos partes articuladas: un largo estudio preliminar centrado en el eje de la revuelta, y una acotada selección de pasajes de las obras del filósofo tratado. La selección de textos le permite al lector contar con un conocimiento directo de la obra del filósofo, lo cual me parece importante por varias razones. En principio para que el lector no se quede solo con el guion del especialista, sino que adquiera también un conocimiento de primera mano de la letra del filósofo. Y también para que el lector se enfrente, por momentos, a esa hechizante sensación de no entender nada, que es crucial en la experiencia de lectura de un texto filosófico. Porque encauzado, ese no entender aviva el deseo de indagación. La selección de textos fue pensada justamente como una manera de no saltear el pasaje por las fuentes ni traicionar la dificultad que les es inherente. Debe ser algo que me quedó de mi época de estudiante, porque nunca confié mucho en los docentes que no te hacían leer las fuentes en clase, aunque fueran unas pocas páginas. Por otra parte, no hay libro o programa de divulgación, por más bueno que sea, que pueda sustituir la palabra de un filósofo.

¿Ese tono del auotoayudismo lo ves en otras partes?

Sí, es un tono que atraviesa muchos discursos: la política, la filosofía, etc. ¡Ganó Osho! Incluso llegó hasta la poesía. Fijate lo que pasa con el fenómeno de la poesía en Instagram. Textos de tono autoayudista sobre la condición humana, que cosechan miles y miles de likes, haciendo que el mercado editorial de golpe fije su atención en ese tipo de poesía. Ya sea en poesía o filosofía, el lugar de enunciación autoayudista es el de alguien seguro de sí, que la tiene clara y te tira postas sobre el arte de vivir. Así es como se instala la idea de que la poesía y la filosofía son fáciles de hacer, eslóganes para redes sociales regidos por el Dios-like. Y si hay algo que para mí tienen en común la poesía y la filosofía que me interesan es el hecho de hablar desde un lugar de inseguridad radical, desde esa intemperie sin fin de la que hablaba Juan L. Ortiz, para desde allí llegar a algo.

Sobre el fenómeno Byung-Chul Han. ¿Qué opinás?

Creo que su talento pasa por haber puesto en juego la maquinaria de pensamiento heideggeriana, foucaultiana y deleuziana en función de ciertas problemáticas actuales (la subjetividad neoliberal, el amor y el trabajo en la época de la administración digital del mundo, etc.). Eso para mí lo hace muy bien, y sin traicionar la dificultad del registro filosófico de la que te hablaba antes. Y me parece que también percibió algo clave en términos epocales: que hoy, nos guste o no, uno de los cauces más apropiados para el discurso filosófico es el del ensayo breve, un formato que se ajusta bien a ese lector salteado en el que nos convertimos, formateado por los hábitos de lectura de la web. De entre todos sus libros, me interesan los más acotados en cuanto a su objeto de estudio, como por ejemplo el de la cultura shanzhai en China.

Sos, además, poeta y escritor. Me gustaría que me hables un poco de tu relación con la poesía, su articulación, si es que la hay en tu caso, con la filosofía, los libros que publicaste.

Siempre traté de moverme en tres registros de escritura: el poético, el ensayístico y el académico. Al principio sentía que tenía que decidirme y jugarme por uno, o me esforzaba por fundirlos, y así salían unos textos horrorosos. Tardé mucho en amigarme con esa escritura diversificada y encontrar riqueza en el marco de esa diversidad. Y te diría que incluso en esa diversidad encontré un sostén psicológico, porque cuando me deprimo o me canso de una escritura, me apoyo en la otra. Ya no busco, como antes, darle entidad a una a partir de la negación de las otras, sino de encontrar cierta armonía en la tensión que hay entre esas tres formas de escritura. Las relaciones entre filosofía y poesía fueron desde siempre mi eje de estudio en términos académicos y ensayísticos. Pero en mi poesía no alcanzo a ver interferencias del registro filosófico. Sí en lo que toca a cuestiones formales y conceptuales, porque trato siempre de que mis libros de poesía se estructuren a partir de un eje conceptual fuerte; pero no en cuanto a los temas. Para poesía de tipo metafísico, esa que te habla de forma abstracta e impersonal del ser y el abismo con mayúscula, prefiero leer un libro de filosofía.

La poesía es uno de los pocos ámbitos que, a través de las lecturas con público, por ejemplo, recrea algo de la tradición oral, nos lleva a un estado bastante primigenio de la relación del hombre con la palabra y las ideas. ¿Coincidís? ¿Cómo transitás vos esa experiencia de las lecturas?

Sí, es una de las cosas más interesantes que tiene la circulación oral de la poesía. Y creo que es más fácil, en términos de escucha, seguir la lectura de un texto poético que la de fragmentos de una novela o de un cuento completo. Fui a muchas lecturas desde que empecé a publicar poesía, e incluso durante cinco años organicé con dos escritores amigos, Hernán Lucas y Esteban Bieda, un ciclo de literatura y música que se llamaba Humbert Humbert (http://nocheshumbert.blogspot.com/), que terminaba con una fiesta. Era un lugar de encuentro mensual para muchos de los que por esa época circulábamos por ciclos literarios. Extraño un poco ese ambiente festivo y de tertulia que se generaba más allá del momento puntual de las lecturas. Hoy tengo la sensación de que vas a un ciclo a leer o a escuchar, y te despedís apenas termina. En cuanto a mi experiencia de lectura, te diría que a veces conecto, otra no me pasa nada, y algunas directamente la paso mal. Pero cuando logro conectar es hermoso porque se da eso que decís: un trance mágico y ritual entre tu palabra y la escucha del otro. El tema de la escucha en los ciclos es algo complicado y aleatorio, porque a veces hay muchas interferencias que la dificultan. Te diría que son pocos los ciclos donde se da la escucha atenta que permite ese trance.

Das clases y cursos. ¿Cuál es el mayor placer que te deparan y cuáles los bemoles?

Me encanta dar clases. Es algo que hago desde los veintitrés años. A veces pienso que podría dejar de escribir y de investigar, pero nunca de dar clases. De hecho, dando clases pude profundizar más en filósofos que había leído por arriba cuando cursaba la carrera; e incluso a algunos que no había visto los aprendí para dar clases. La docencia me mantiene activo en términos de estudio; es mi gimnasia mental semanal. Es una práctica a través de la cual suelo descubrir sobre lo que quiero leer y escribir; y que también tiene su costado terapéutico porque a veces entro a dar clase triste y salgo feliz. Disfruto mucho el lado nerd de la preparación de una clase: armar un programa; pensar un guión de lectura y renovarlo año a año; preparar antologías con pasajes de las obras de los filósofos que enseño. ¿Bemoles de la docencia? Percibir a veces en los alumnos falta de compromiso y de curiosidad intelectual. Porque en filosofía, ya lo sabemos, todo depende del sacro deseo. Si no hay eros filosófico, que no haya nada entonces.