16/09/2019 5 min to read

El vaciamiento del Museo del Humor: gestores y cómplices

Category : historieta, neoliberalismo, opinión

Un recorrido por la trágica historia del Museo del Humor de la Ciudad de Buenos Aires. Por Lucas Nine.

Hasta setiembre de 2018 existió en la Ciudad de Buenos Aires un espacio que permitía a curiosos y visitantes reencontrarse con una parte central del patrimonio cultural de los argentinos que suele ser pasada por alto. Se llamaba Museo del Humor, y estaba situado en el edificio de la vieja cervecería Munich de la Costanera. Allí se exhibían en muestra permanente las obras de los maestros de las artes gráficas que, por algún misterio de la naturaleza, no pararon de brotar por esta región desde mediados del siglo XIX. El visitante podía empezar su recorrida por las infernales litografías de “El Mosquito” o “Don Quijote”, seguir con las soberbias ilustraciones de Rechain o Columba y sumergirse en tiras de Divito y páginas de Calé para terminar su paseo frente a originales de Oski o Limura. En resumen, que contando con un mínimo de sensibilidad por parte del visitante, había que sacarlo en camilla.  A veces la sensibilidad no era necesaria: el pasado común atesorado en estos dibujitos opera de maneras misteriosas hasta en la mente más embotada.

Pero, atención, porque este museo contaba además con una serie de exposiciones temporarias que se sumaban a su muestra permanente. Podría citar a modo de ejemplo la única retrospectiva de Carlos Nine que se hizo en la ciudad de Buenos Aires (exceptuando alguna muestra de formato mínimo). Ninguna otra institución similar –en la ciudad de Buenos Aires, claro- tuvo la ocurrencia de creer que la experiencia fuese valiosa para el público. Es por eso que el Museo del Humor se convirtió en un terreno único para franquear este tipo de barreras ficticias que los especialistas levantan entre el “arte” y la “gráfica popular”. Por un tiempo, al menos; hasta setiembre de 2018.

En ese momento las autoridades del área de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires decidieron dejarse de joder y cortar por lo sano. La línea de puntos no sólo incluía al director del museo, el señor Hugo Maradei, sino a la “Comisión Directiva Honoraria” compuesta por Manuel García Ferré, Carlos Garaycochea (ya fallecidos), Hermenegildo Sábat, Guillermo Mordillo (vivos por ese entonces) y Joaquín Lavado, “Quino”. Todos ellos fueron declarados prescindibles.

Copio aquí el comunicado difundido en su momento:

El día 14 de setiembre de 2018, el Director del Museo, Hugo Maradei, fue convocado por el arquitecto Juan Vacas a una reunión, donde directamente y sin explicaciones se le informó verbalmente que la decisión de las autoridades era mantener el espacio del Museo, designar a un nuevo curador, e invitar al actual director a no concurrir más al Museo y a retirar las obras que le pertenecen. El día 18 de setiembre se le prohibió a Hugo Maradei el ingreso al Museo y el 21 de setiembre, la Gerente Operativa de Museos, Valeria Keller, le informó telefónicamente que debía retirar todas las obras de su pertenencia exhibidas o almacenadas en la institución (…) se procedió a desmontar las muestras vigentes permanentes. El primer retiro, de alrededor de la mitad de material, se realizó en presencia de una escribana que hizo constar en actas que las obras que Hugo Maradei retiraba de la institución eran sus “efectos personales”: un alarde de ironía que no suele abundar entre estos profesionales.

Es importante destacar que en ningún momento se les avisó de estos procederes a los integrantes de la Comisión Directiva Honoraria ni se les agradecieron los servicios prestados. Tampoco se los consultó a ellos o al Director del Museo sobre el funcionamiento del espacio durante los años transcurridos.

Para finalizar, a fines de setiembre en el sitio oficial de internet Museo del Humor se procedió a cambiar el copete que define el objetivo del Museo.

Donde antes se mencionaba:

“Reúne las obras de los grandes maestros del dibujo, la ilustración y la caricatura”,

Ahora se indica:

“Espacio destinado a exhibiciones temporarias generadas por curadores invitados”.

Y ese fue, en efecto, el destino de la cáscara vacía del Museo del Humor, que, como suele ocurrir en estos casos, se llenó de todo tipo de bichitos. Una lástima: se podían contar con los dedos de una mano los espacios similares, siempre que la mano hubiese sufrido los efectos de una granada. Las autoridades se encargaron velozmente de podar el dedo restante, de manera que el patrimonio cultural de los argentinos no enturbiara el panorama. Según explicaron, “no querían un museo enfocado en el pasado”, ignorando al parecer que esa es precisamente la función de un museo. Hasta aquí, nada nuevo sobre lo que se ha repetido hasta el cansancio sobre los diversos vaciamientos culturales o económicos gestionados en los últimos años (el negocio inmobiliario que implicaría la venta del edificio sigue siendo una hipótesis atendible; en tanto que el disgusto por el pasado ya ha sido elevado a la categoría de slogan), pero, claro, no todo es tan fácil. Para empezar, habría que hacer una mínima salvedad: en la legión de curadores y talleristas que desfilaron desde setiembre de 2018 por lo que fuera el Museo del Humor (produciendo entre otras cosas talleres de memes, intervenciones en gráfica urbana, tags, hashtags y demás etcéteras) se encuentran varios teóricos becados, declamadores de primera mano sobre los efectos nocivos que tendrían los globitos amarillos sobre la cultura. La idea de ser una herramienta más a la hora de legitimar el tan mentado vaciamiento cultural no parece haber cruzado por la mente virginal de estos muchachos.

Hoy, tal como lo publicita el texto de la página web, el visitante incauto que aún piense en encontrarse con la pluma de Divito en el edificio de la Costanera descubrirá azorado que ese espacio se encuentra cubierto por un nuevo espécimen: el curador. Curadores y más curadores. Decenas de curadores. Cientos de ellos, dando tumbos por los pasillos y tropezando los unos con los otros. Después de todo, era de humor, el museo. ¿O no era?