El viejo y consabido ardid del chivo expiatorio

Por Pablo Laborde.

Según Wikipedia, el negacionismo es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda; y en el mismo sentido y del otro lado de la grieta, la Real Academia Española ofrece una definición similar. Entonces, en base al concierto de estas fuentes antitéticas, ¿sería negacionista quien llama “vacuna” a un ensayo clínico que no garantiza la minimización de efectos adversos ni ha demostrado eficacia a la hora de impedir el contagio y la propagación de un virus?

No, en tiempos de posverdad, negacionista es aquel que desconfía de oligopólicos laboratorios que se han blindado con inmunidad legal completa, prórroga de jurisdicción y cláusula de confidencialidad; y que arrastran un extenso historial de calamidades causadas por sus productos. Dícese también del soberano que discierne y opta provisionalmente por no inyectarse una y mil veces un ignoto fluido aprobado de emergencia y del que nadie se hace responsable ni sabe nada acerca de cómo responderá cada cuerpo. ¡Ese negacionismo sí se puede ver!

Dejando ya la ironía, no es intención de esta nota fomentar hostilidades entre inoculados y no inoculados: ambos grupos tienen pleno derecho a decidir según su íntima convicción. No es un “covidiota” quien decida inyectarse, ni “antivacunas” quien elija no hacerlo. Se trata simplemente de mayores de edad en uso de sus capacidades cognitivas que toman una decisión de pleno derecho. Unos temen la enfermedad, otros temen que la supuesta cura sea peor aun que la propia enfermedad. Ambos temores son atendibles.

Es que la verdadera línea de corte no cruza esas aguas. La verdadera escisión es transversal y profunda: globalismo y colectivismo contra libertad y garantías individuales.

Hoy, la elite globalista, a través de sus filiales regionales gestionadas por gobiernos populistas, despóticos y corruptos, vulnera la libertad con la estratagema más abyecta: el viejo y consabido ardid del chivo expiatorio. Y bajo la argucia extorsiva del “cuidar al otro” fogoneada desde los medios masivos de comunicación, atropella la Constitución Nacional y arrasa con las garantías individuales y los derechos humanos: los no “vacunados” son los culpables. ¡Quémenlos! Y una turba iracunda se hace eco del sofisma coercitivo y sale a la caza de brujas al grito de ¡antivacunas! (a personas con vacunación completa, como quien suscribe, que tiene hasta la Tabdite clavada en la espalda como una daga). Y la existencia de personajes marginales que pululan por ahí con extravagantes teorías de reptilianos en tierras planas y demás quimeras les viene como anillo al dedo para igualar esas dudosas teorías con el testimonio de miles de médicos, virólogos, infectólogos y científicos que cuestionan el relato hegemónico. Es decir, el totalitarismo consigue desprestigiar a la disidencia científica que osa sacar los pies del plato; que cuestiona, que pregunta, que pretende investigar y analizar el sobre lacrado e incontestable que arrojó el Régimen sobre la mesa.

Pero es que no se trata de antivacunas, señores, sino de millones de personas que han sabido vacunarse toda la vida, pero con vacunas reales que cumplieron sus fases y sus largos años de comprobación; gente que cuida de su salud, que ha investigado y verificado las fuentes y cotejado pros y contras, y que concluyó que por ahora, las supuestas vacunas no son tan inocuas ni tan efectivas como asegura el aparato de propaganda. De hecho, se están viendo problemas post inoculación, que por supuesto, el mass media soslaya convenientemente.

Los gerentes de las señales saben que el miedo vende, y que más miedo vende más; y sobre todo saben que una mentira repetida las veinticuatro horas todos los días del año se convierte en una verdad irrefutable. Y lucran con ese público cautivo de su amarillismo de trazo grueso, se nutren de los millones de personas que no tienen fácil acceso a fuentes periodísticas independientes, que sólo les queda creer y reproducir lo que dice el noticiero, Facebook, Google, Instagram, y los cuatro o cinco pasquines panfletarios de cada sector ideológico.

¿Pero podría en ciertos casos contemplarse la priorización del bien común por sobre el individual? Por supuesto, pero nada indica que este sea uno de esos casos. Porque independientemente de la perorata incendiaria radiotelevisiva, la realidad es que no hay certezas de que el grupo no inoculado sea específicamente más peligroso que y para el grupo inoculado. Porque así como el establishment hace lo imposible por imponer esa hipótesis, miles de voces disidentes acreditadas la rebaten papers en mano. ¿La diferencia a favor de la instalación en el inconsciente colectivo de la primera posición? Que los portavoces de la segunda posición son sistemática y brutalmente censurados y proscriptos de medios y redes sociales cuando intentan infructuosamente dar su versión, prevenir la iatrogenia y alertar a la población sobre el sesgo de confirmación y las peligrosísimas consecuencias de aceptarlo acríticamente.

No se trata de antivacunas, sino de gente que también tiene miedo, y que le escapa a la jeringa del gran Bill porque no confía en los autoproclamados dueños de la verdad. Y hay que admitirle a esta gente cierta prudencia: la ciencia se ha equivocado, y mucho; sobre todo, apremiada por una cura compulsiva, o por manitos ansiosas de dividendos. Pero además, ¿cómo creerle a una corporación mediática que no hace más que traficar influencias y vender su infraestructura al mejor postor por intermedio de un periodismo mercenario entrenado para hacer operaciones? ¿Cómo creer en una corporación médica que manipula los índices de sanidad para ingresar más gente “enferma” al Sistema mientras desprecia el enfoque hipocrático y holístico? ¿Cómo creer en esas “eminencias” que insuflan terror a diario por radios y pisos de tv si suelen ser empleados de la Big Pharma? ¿Cómo creerle a una corporación política que ha mentido históricamente a su electorado, ahora tan experta en manipulación performativa del lenguaje, que así como duplica y triplica el género del vocativo de manera recalcitrante y artificiosa, llama “persona gestante” a la mujer y denomina “vacuna” a una terapia experimental?

Aunque existan honrosas excepciones individuales, estos gremios no son confiables. Mienten, exageran, inventan y tergiversan desde siempre en pos de fines espurios. Eso sin contar las ingentes irregularidades e incumplimientos a las normas de quienes nos compelen a cumplirlas.

Pero además de todas estas inefables cofradías, está la gente: asustada, desempleada, sin recursos, aislada, enferma, confundida, mal informada, engañada, enloquecida del terror insuflado por un alarmismo inescrupuloso. En alza las enfermedades mentales y los suicidios, y cada día más y más deuda acumulada que llevará varias generaciones pagar, y que nos condena a muchos de nosotros a la decadencia material hasta el último de nuestros días. Mientras tanto, ¿adivinen quiénes se enriquecieron a nivel de quince ceros en dólares en los últimos dos años? Exacto, esos buenos muchachos que nos quieren convencer de que si no seguimos comprando su mercancía, todos y cada uno de los siete mil millones, moriremos. Pingües ganancias, ¿verdad?

Es hora de un debate real, no una puesta en escena con “moderadores” de la farándula que inclinan groseramente la cancha y expulsan y sacan del aire a los actores que no responden al mandato de ubicuos y oscuros organismos. Es tiempo de decidir si seremos libres y soberanos, o esclavos de una tiranía universal que no pregunta.

Publicado originalmente en Kontrainfo.

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