03/10/2019 12 min to read

“Es dramático que todo el tiempo uno ya sepa que cierto tipo de obra no se va a poder hacer más o corre peligro de censura”

Category : editoriales, Entrevista, literatura

A partir de HIIIPOWERCLUB, sitio consagrado al hip hop y a las “black arts”, Bárbara Pistoia reflexionó sobre feminismo negro, apropiación cultural, justicia social y el origen político de la llegada de nuestros ancestros a Argentina, entre otros temas.

Por Nancy Giampaolo
Fotos Martín Tricárico

¿Cómo nace “HIIIPOWERCLUB”?

Sentía una falta como lectora en cuanto a la manera de encarar temas culturales y sociales que habitualmente se banalizan, ignoran o se tratan desde la superficie, y que tratados a fondo y de manera integral permiten leer la realidad/actualidad con otros ojos. El año pasado, para más, en pleno proceso de escritura de un libro sobre Tupac Shakur, cuando reorganicé los contenidos de todo el material que tenía y empecé a cerrar las mil ventanas que su vida y obra me abrían, me encontré con que tenía mucho ahí servido en bandeja como para empezar a armar algo. Así, entre deseos, necesidades y la indispensable sincronicidad de tiempo y dinero en noviembre empecé a diseñarlo y en febrero lo lanzamos.

¿Y cuándo aparece tu fascinación por la cultura negra?

No es fascinación por la cultura negra. El hip hop fue la música que elegí. Mi mamá y mis tías eran muy jóvenes y amaban a Bowie, Soda, Virus. Comparto ese amor al infinito, pero lo heredé. En cambio, el hip hop fue amor a primera vista y nace con IKV. Mi adolescencia empezó en los 90 al mismo tiempo que ellos. Y cuando llegó MTV, por asociación de sonidos y estética, empecé a prestar atención a todo lo que era como ellos, o sea, rap. IKV fue mi wi-fi en una Argentina demasiado lejos del mundo, sin internet, apenas globalizada y en una típica casa de clase media baja del sur de la ciudad. Promediando los 90 yo ya lo tenía a Tupac de favorito. Y en sus canciones nombraba a referentes negros, líderes revolucionarios y hechos que yo desconocía y ni en mi casa ni en el colegio se nombraban. Ahí se abrió un mundo de búsqueda y lecturas. Y en mi mente adolescente a medida que iba descubriendo de qué hablaba Tupac se iba despertando mi poder de relación entre diferentes procesos históricos a lo largo del continente y se generaban muchísimas preguntas respecto a nuestra propia historia. Obvio que me armaba súper ensaladas, pero mi reconocimiento como sujeto político también se dio a través del hip hop llevándome a autores como Angela Davis, Malcolm X, los Pantera, Du Bois, etcétera, marcando sin dudas mi militancia, mi manera de leer y amplificando esa idea horizonte e innegociable que es para mí la justicia social.

Hablame un poco del activismo feminista negro de décadas pasadas y cuáles serían sus legítimas sucesoras en el presente

Una cuestión por demás interesante en la comunidad afroamericana, y que nos sirve para remarcar ese error habitual que es no distinguir entre machismo y patriarcado, lo que marca una lectura notablemente fallida desde el vamos y consecuentemente genera acciones sin peso de transformación real, es que la comunidad negra es matriarcal por excelencia, pero también es muy machista. En los tiempos de esclavitud las mujeres hacían todo en sus casas, trabajaban en el campo a la par de los hombres y después seguían con trabajos en la casa de sus amos, para los hijos esa figura maternal era enorme y respondían a ella, mientras que el rol del hombre se disminuía prácticamente al de compañero de esa mujer. Todas las luchas de la historia negra tienen a las mujeres al frente y con mucho protagonismo, mujeres que, a su vez, reconfirmaban esa idea de fortaleza y capacidad de poder con todo porque en sus posicionamientos se enfrentaban al capitalismo, racismo, al machismo y también al feminismo blanco, que les habla de un techo de cristal cuando están tratando apenas de hacer pie. A lo largo de esas luchas lo que queda claro es que feminismo negro y justicia social suceden prácticamente al unísono, y no puede no ser así por la urgencia de supervivencia con la que viven las comunidades racializadas.

Angela Davis, Alice Walker y Toni Morrison son algunas de las muchas autoras indispensables que se me ocurren ahora. Libros como Mujeres, raza y clase (¡este es La Biblia!), En busca de los jardines de nuestras madres y Paraíso, respectivamente, son imprescindibles. Después no tengo el hábito de consumir desde una visión de género, por lo que hablar de referencias actuales sería parcial y ficticio por varias razones. Pero sí puedo decir que sigo muy de cerca a Ava DuVernay, las acciones de Black Lives Matters y a Alexandria Ocasio-Cortez y su equipo, que configuran una voz potente y urgente de las comunidades racializadas, y esto también es hablar de sujetos migrantes y clases trabajadoras.

¿Qué opinión te merecen la repetición de la frase “apropiación cultural” aplicada a cualquier pavada?

Se la aplicó a tantas cosas que las que eran válidas quedaron perdidas en la banalización o diluidas en argumentos erróneos. Cuando descubran a los Beastie Boys o las grandes series de David Simon van a implosionar. Hace unas semanas Rihanna salió vestida de geisha en Vogue. ¿Adiviná si alguien dijo algo? No. Y acá está el punto: la mayoría de las sentencias de “apropiación cultural” que estuvimos viendo estos días nacen de ideas racistas, porque es una asociación lisa y llanamente que dan a partir de estereotipos de las personas de color, estereotipos que desconocen entramados sociales y culturales profundos, y cómo las raíces muchas veces se cruzan y las ramas también. Miden lo “cultural apropiado” a partir de la raza y piensan lo racial midiendo la negrura, cuando en realidad el racismo es mucho más abarcativo y alcanza a las condiciones sociales, económicas, geográficas, de clase, es algo mucho más antropológico que lineal. Por eso, en un mundo globalizado y de capitalismo salvaje, que empuja al movimiento irremediable porque expulsa, las lecturas también se van moviendo y la idea de “apropiación cultural” va también moldeándose. Ya el partido Pantera Negra y Angela Davis hablaban de esto en la década del 60, y nosotros tenemos a la gran Rita Segato que quizás nos es más vital por ser una voz argentina con visión regional, lo cual nos interpela de manera directa para entender mejor todo esto.

Creo que gran parte de nuestros males y de esta confusión es creernos europeos o, al menos, no sentirnos latinoamericanos. Nacimos y crecimos acá, y la llegada de nuestros familiares no tiene un origen turístico, es político: nuestros padres, abuelos, bisabuelos, quiénes hayan sido, escaparon del hambre, de una guerra o de una persecución ideológica, religiosa y/o racial, no vinieron a Argentina a ver si se encontraban con ellos mismos. Tenemos una configuración racializada por donde se nos mire: venimos de un escenario migrante y somos latinoamericanos (con una larga tradición de trenzado, dicho sea de paso, que no quita el lugar que el trenzado ocupó históricamente en la comunidad negra). Tener que volver a este básico porque están discutiendo si una permanente es apropiarse del afro mientras que respiramos un racismo fervoroso, legitimado por los discursos del Estado y de los medios afines, es demoledor, porque no alcanzan las buenas intenciones, que siempre son parciales y subjetivas, y esto incluye la idea de “no soy racista”. Y voy a ir más allá, la realidad nos demuestra que no alcanza con no ser de derecha o no ser racista, hay que ser antiderecha y antirracista, esto es estar activos frente a sus discursos y medidas que profundizan la injusticia social.

En la revista Polvo escribiste hace un tiempo una gran reflexión sobre el escrache. ¿Podrías resumir un poquito las ideas que considerás más relevantes sobre esta cuestión tan en boga para nuestros lectores?

Los escraches son una energía mal direccionada, esa energía debería organizarse y exigirle al Estado políticas públicas que abran espacios y den garantías frente a los diferentes tipos de violencia de género que hay, pensando también en los distintos procesos e instancias que cada una de las víctimas enfrenta. Como toda energía mal direccionada y desorganizada se vuelve peligrosa y cruel para todo lo que involucra: una víctima (que es revictimizada primero y olvidada después por la misma multitud), un supuesto responsable y el entorno íntimo de ese supuesto responsable. Son escraches que se vitalizan desde el esencialismo de género, el narcisismo virtual y en el que no se permite ninguna pregunta, por eso no son políticos y son fatales. Y por eso también es tan peligrosa e inadmisible la pasión por normativizar la experiencia propia. Mientras que el circo funciona, tenemos un gobierno que en el presupuesto 2019 destinó 11 pesos por mujer para combatir la violencia de género. O sea, lo que hay que entender urgente es que sin Estado toda acción es meramente performática.

Volviendo a HIIIPOWER. En alguna nota se habla de la construcción de lenguaje y eso me hace pensar inmediatamente en el uso particular que el rap y el hip hop hacen la palabra y de sus mutaciones a lo largo del tiempo…

Es una de mis citas favoritas de Toni Morrison: “Morimos. Ese debe ser el significado de la vida. Pero construimos lenguaje. Esa debe ser la medida de nuestras vidas”. Y es tan cierto lo que decís que podría ser una gran definición del hip hop, que no es tan solo música, es una filosofía. Todas las generaciones van apropiándose y actualizando el lenguaje, los sonidos, la habitabilidad de sus calles. En el hip hop esto se ve ferozmente porque esa es su esencia y su razón de ser: la palabra como arma, herramienta, móvil y, sobre todo, como cuerpo.

Entre las críticas que escuché sobre el Gansta rap, la de la misoginia es la más frecuente. Sin embargo, no se pone en la ecuación que las mujeres no son las únicas involucradas en la violencia que se palpita en algunas canciones…

El gangsta rap es casi un grito de justicia popular. Es la invitación a enfrentar a la ley, a la autodefensa frente a la brutalidad policial y el hambre. Vale todo. De entrada, estos fueron los motivos que provocaron olas de censura. El machismo apareció bastante después como argumento en contra. Y sí es machista, el hip hop lo es, aunque también es un género en donde el derecho al goce de la mujer está ahí, latente.

El machismo rapero es un gran reflejo de las contradicciones que surgen de una comunidad machista y matriarcal: están las mujeres fuertes, las que trabajan, hacen las cosas de la casa y también están en la lucha, lo soportan todo con sacrificio y esfuerzo, y para ellas el cielo y la tierra, pero también están las “bitches”, las que quieren dinero fácil y a costas de “nosotros”. Lo que no llega a ver mayoritariamente ese machismo es que muchas de esas mujeres también están tan al margen como ellos buscando un modo de supervivencia y/o liberación. Y lo que no llegan a leer los que limitan al hip hop a un género machista es lo que no suelen ver en la mayoría de sus lecturas: problemáticas de clase, ausencia de Estado y trasfondos culturales que son imposibles de imaginar desde las zonas céntricas de las capitales. Así y todo, el hip hop da artistas tremendas, que ponen los puntos sobre las íes (ja!), arman su propia agenda y todos caen rendidos a los pies de ellas. Solo por citar algunas, desde Roxanne Shante, Salt-N-Pepa, Queen Latifah, Missy Elliott, Lauryn Hill hasta llegar a tipas como Cardi B o Rapsody, que hace unas semanas lanzó el álbum “Eve”, en donde cuenta lo que es ser mujer, negra y rapera. Es un disco donde cada canción lleva el nombre de otra mujer negra y lo que más me gusta es que conviven deportistas, modelos, políticas, revolucionarias, o sea, también hay un mensaje al feminismo ahí: todas valen, todas importan, todas aportan a una historia que no empezó hoy. Porque el feminismo también clasifica a las mujeres, también se regodea en sus credenciales, milita el microclima y tiene un romance con su tiempo presente que, además de ficticio, es peligroso. Es bueno recordar que hay un ayer muy largo y que el pasado, en términos políticos, no es una medida estéril, es más bien fértil.

También he escuchado críticas a algunos discos de WuTang Clan por su “contenido religioso” a partir de sus alusiones al Corán. En ambos casos, como en tantos otros el intento de reglamentar el arte y condicionar la palabra es muy evidente ¿Qué pensás?

Es una muy buena pregunta que se hace mejor relacionándola con Wu Tang. Las ideas de ellos giran en torno a filosofías orientales y a La Nación del 5% , entre otras tantas creencias que mixean, con el fin de plasmar que el poder es colectivo y que el camino es el equilibrio de las fuerzas. Y el equilibrio no es más que el respeto a los procesos y la aceptación de la otredad, o sea, todo lo que la modernidad evita, desprecia, teme. Lo primero que pienso es que detrás de esas normativas que todo el tiempo intentan imponer es que no se bancan estar vivos. Estar vivo es un entramado de sensaciones e ideas que no siempre encajan con lo que nosotros mismos pensamos o esperamos que sea, y partiendo desde ahí todo es conflicto, con uno y con los otros, porque inevitablemente siempre hay una otredad, que tiene, a su vez, su propio trip. Entonces lo vincular es un sinfín de diálogos y preguntas abiertas, de encuentros y desencuentros. Es dramático que todo el tiempo uno ya sepa que cierto tipo de obra no se va a poder hacer más o corre peligro de censura, más allá de su cualidad y/o peso cultural, por la incapacidad moderna frente a la incomodidad y la contradicción. La implosión del mundo censor va a ser interesante, porque la anulación no implica que eso deje de existir, eso irá a otro lado. Es una gran burla del destino que las máquinas en lucha que imaginó el retrofuturismo sean ni más ni menos las nuevas generaciones en pie de guerra con el cuerpo propio y el ajeno, que siempre aparece como el campo a conquistar.