21/09/2020 26 min to read

Escenarios pandémicos

Category : Entrevista, filosofía, geopolítica, historia, mundo, nacional, opinión, pensamiento crítico, salud

Francisco Mazzucco, profesor de filosofía, maestreando en filosofía política de la UBA, estudioso de Heidegger y Nietzsche, y autor de “La Bomba está armada”, habló con Mogambo sobre lo que se viene a partir de la irrupción global del Covid19, entre otros temas.  

Por Nancy Giampaolo.

En un artículo que escribiste sobre la cuarentena hablas del “salvavidas de plomo” que el gobierno otorgó a algunos sectores y profundizás en las diferencias entre los relatos de los sectores que defienden la cuarentena y los que la discuten. ¿Podrías explayarte en estos puntos?

En “La pandemia al día” explicaba la división actual de los argentinos, una parte volcada hacia la dimensión puramente sanitaria de la pandemia (el miedo al contagio), otra enfocada únicamente en la debacle económica y social causada por la enfermedad (el miedo a la propia bancarrota). Y si bien a día de hoy ambos polos chocan, hay que entender que no siempre fue así; que hubo en un comienzo una unidad comunitaria, que acabó fragmentada por los errores de la conducción política: el gobierno dejó huérfanos de liderazgo y ayuda a grandes sectores de la población, las capas medias urbanas, que el gobierno considera no necesitan de Estado alguno para sobrevivir. Al abandonarlas a éstas a que se arreglasen solas y buscasen los medios de subsistencia por sí mismas, era de prever que entonces creciera el egoísmo y el “sálvese quien pueda”, opuestos al latiguillo oficial de “te salva el Estado, no el mercado”, y se haya quebrado el cuerpo social. Ya en un primer artículo en marzo, “Coronavirus y Estado de excepción”, marqué los aspectos positivos que se nos presentaban en aquel entonces y que nos habrían permitido superar la enfermedad si se la atacaba a tiempo: estábamos aún en una fase de bajo contagio, se contaba con el apoyo total de la población, se reconocía estar en una situación de excepcionalidad que seguía al pie de la letra el modelo planteado por Carl Schmitt y por el cual el soberano podría haber tomado decisiones por fuera de toda formalidad legal, en pos del beneficio de la mayoría del pueblo y desde una posición fuerte (ya que en ese primer momento la pandemia había tomado por sorpresa y descolocado a las fuerzas del mercado y a la hegemonía cultural imperante), y la población en general apoyaba la toma de medidas arriesgadas y fuera de lo común.

¿Y qué creés que pasó?

Por desgracia, el gobierno leyó mal ese espíritu social y creyó que tales medidas extremas debían limitarse a un carácter sanitario (una cuarentena a alargar eternamente), desconociendo el pedido vital de la parte mayoritaria de la población hacia el rescate económico del pueblo en desmedro de los lobbies económicos minoritarios, que repito ya en marzo, planteaba yo como imprescindible, pero que el gobierno nunca vio como tal: se actuó sobre la marcha, con planificaciones que se reencauzaban cada dos semanas y la eterna promesa de realizar un salvataje de la economía, que finalmente nunca sucedió. El gobierno se limitó a medidas de contención orientadas hacia los más pobres (IFE, duplicación de las AUH, suspensión de embargos y desalojos), pero para todos aquellos trabajadores que superasen la línea de pobreza la única propuesta fue el de endeudarlos a noventa días con tasa de interés cero. Por supuesto, en un primer momento cuando se recibían los préstamos el gobierno consideró estar dando una ayuda social, pues sus miras eran de corto plazo. Pero hoy por hoy, pasados los meses de gracia cuando hay que pagarlos y la situación de crisis todavía no ha sido resuelta, a la caída brutal en los ingresos se suman entonces estas deudas contraídas en un falaz rescate estatal, cuya tasa deja de ser cero en el preciso momento en que uno entra en mora –cosa que le pasa a aquellos sectores que aún están cuarentenados, así como a muchísimos trabajadores que reciben sólo la mitad de sus salarios (el único sostén gubernamental a las Pymes: el pago del cincuenta por ciento del sueldo de sus trabajadores en blanco). Hay que entender que un préstamo sólo puede ser visto como una ayuda por aquel que está en condiciones de usar el capital en inversiones que le reportarán ganancias antes de la hora de devolverlo. Pero que, por el contrario, un préstamo por más inexistente que sea su tasa, si es dado para paliar una situación de urgente necesidad, para la supervivencia diaria, y es otorgado a quien no tiene los medios para pagarlo, se convierte en ipso facto en un problema económico más del individuo que lo contrajo. Mal podía vivir esa gente con sus escasos ingresos, menos podrá ahora mantenerse y encima pagar estas nuevas deudas, que funcionan como nefastos salvavidas de plomo que los hunden en un lento descenso social.

¿Y ahora?

Y así pasamos de la etapa primera, de cuando la pandemia era una posibilidad –o un mero simulacro, como escribía en mi artículo–, donde el pueblo estaba unido y encolumnado como cuerpo social tras el conductor político, en una verdadera y desaprovechada “primavera de la pandemia”, al día de hoy en que la enfermedad es una realidad, disparado ya el número de casos, pero que genera un cansancio social tal, que nos enfrentamos ahora a una división en la comunidad entre aquellos a los que sólo les preocupa el Coronavirus como vector de enfermedad viral, quienes temen potencialmente morir o contagiar a sus familias –pero que siguen cobrando sus salarios de funcionarios públicos, trabajadores de áreas ya regularizadas, docentes, municipales, o simplemente son desocupados estructurales (que nunca trabajaron, pero ahora reciben el doble de planes y subsidios por la pandemia)–, opuestos a aquellos que sólo les preocupa la pandemia como vector de crisis económica, y que van tomando las calles en marchas semanales que poco ayudan a controlar los contagios y que sufren la única movilidad social hoy imperante en la Argentina, la descendente, conformando un creciente universo donde se ubican la clase media autónoma en proceso de aniquilación estamental, los pequeños negocios, la economía informal, los profesionales y monotributistas, e incluso empresarios de las áreas aún cerradas, todos los cuales van derivando su discurso hacia un negacionismo irracional: no existe la pandemia; si ésta existe, no es para tanto; si es para tanto, sólo afecta a los grupos de riesgo y sólo ellos deben tomar precauciones; por tanto, en todos los casos habría que abrir en pleno toda la actividad productiva y comercial y no hacerle caso a prevención sanitaria alguna ordenada por el Estado.

En el mismo artículo avanzás sobre las posibilidades de Argentina de cara a la nueva situación mundial. Hay una perspectiva agorera y otra muy buena ¿Podrías resumirlas?

El escenario positivo partiría de reconocer ambos pedidos de la divisoria social, el combate sanitario y el rescate económico urgente, ambos a la vez y no como mutuamente contradictorios. Esta última posición es la que tomó el gobierno en un principio, calculando pésimamente los tiempos de la enfermedad y planificando el cierre total de la economía, creyéndose así su propio discurso de que “sería sólo por un par de meses y luego todo volvería a una nueva normalidad”. Frente a esto se deben reducir los índices de contagio, pero resolviendo al mismo tiempo los desequilibrios económicos. Algo que nos es posible debido a que la Argentina está en una situación geopolítica privilegiada a escala mundial: no se han cerrado nuestros principales mercados (Oriente), hay precios récord en nuestros principales productos de exportación (el sector agrícola), a la vez que hubo deflación en los rubros que importamos (bienes industrializados, maquinarias, combustibles y materias primas), y por último el cierre de fronteras nos llevó a una austeridad forzada con el consiguiente descenso de las importaciones y un boom de nuestra balanza de pagos que ha vuelto al superávit. Con esto en mente, el gobierno debería aprovechar la situación y resolver la dimensión sanitaria de forma urgente: cortar los índices de contagio volviendo a fase 1 las zonas que sea necesario, pero ante todo ofreciendo a todos los perjudicados (no sólo a aquellos en situación de indigencia) un aporte económico real como compensación, que demuestre que el Estado no permitirá que la pandemia condene a la movilidad social descendente a esos sectores cuarentenados, y que por ello logre volver a la unidad. Así, si el gobierno sabe sintetizar ambas demandas, cubriendo las necesidades médicas y económicas, habremos superado el Coronavirus sin haber llegado a un índice fatal de muertos alto, sin la quiebra masiva de los privados y con un mercado mundial que nos es propicio.

¿Y qué pasa con el otro escenario?

Por supuesto, el escenario negativo se nos presenta plausible: un gobierno que se dedique a negar el reclamo social de las capas urbanas, que terminarán por desobedecer sus directivas, lo que extenderá el contagio, que si bien hoy está “amesetado”, crece a un ritmo que puede llegar a saturar los recursos hospitalarios, y si tal cosa sucede, terminaremos teniendo lo peor de ambos mundos: un alto número de fallecimientos (que repito, hoy no se dan en comparación a otros países, pero que la saturación de camas de terapia intensiva puede llegar a detonar), lo que sería no haber cumplido con la demanda del universo de aquellos que ven el Coronavirus como “factum médico”, junto a un alto número de “muertos económicos”, dejados a la deriva por este gobierno que habla de populismo, pero actúa el laissez-faire, lo que implicaría no resolver el pedido de aquellos que ven al Coronavirus como “factum socio-económico”. Terminaríamos en ese caso con un país detonado económicamente, y donde para colmo marcaríamos récords de contagios y de muertos. Lo peor de los dos mundos.

También en tu nuevo libro “La bomba está armada” se abren horizontes contrapuestos a partir de esta crisis global ¿Cuáles son?

A escala externa, el Coronavirus ha producido un blanqueamiento geopolítico: han caído las máscaras de las buenas intenciones y de los grandes discursos buenistas de aquellas potencias dominantes, para dar paso nuevamente a la desnuda realidad. Así, el bloque europeísta, que pedía ajuste y austeridad a sus miembros, condenando a países como Grecia o Italia a la pobreza “por el bien común”, y que les exigía acoger inmigrantes ilegales por millones y soportar estoicamente la dosis de terrorismo asociados a estos, funcionaba siempre bajo la premisa de haber una causa superior por detrás (la “hermandad” europea). El relato de las buenas intenciones guiaba también las relaciones entre Latinoamérica y los EEUU, o entre la Argentina y el Mercosur. La pandemia hizo ver de pronto que todo esto era una gran puesta en escena, un montaje tras el cual se esconde simplemente una sed de negocios económicos y de la propia supervivencia egoísta de cada nación, que a veces llegan al límite del saqueo pirata: así pudo conocerlo Italia cuando Alemania, su “país hermano” en la UE, le cerró la frontera al paso de equipos médicos, condenando a muerte a miles de italianos por falta de respiradores. Allí se vio cómo la “libertad de comercio” capitalista y las “fronteras abiertas” por la fuerza que impone la Unión Europea eran sólo frases vacías usadas para expandir un dominio geopolítico y económico teutón sobre sus vecinos. Tal como las famosas “libertades” que impone EEUU son el maquillaje de meros intereses propios. A escala externa, el horizonte de la simulación hipócrita ha dado paso a una real politik, retrotrayéndonos a un nacionalismo primordial donde cada país sabe que debe defender su seguridad sanitaria, industrial y alimenticia por sí solo, porque llegado el caso de crisis nadie habrá de ayudarlo –por muy lindo discursito que repitan durante las épocas de bonanza y normalidad.

¿Y a escala interna?

A escala interna, el escenario que se abre es el paso del tipo urbano-cosmopolita, habitante de las megalópolis, a uno que resida en ciudades intermedias, más en contacto con el interior rural. Todo esto posibilitado por la digitalización de los trabajos y la toma de conciencia de que una ciudad cuarentenada pierde todas sus ventajas: la cercanía a los sitios de cultura, espectáculo y esparcimiento ahora cerrados, la existencia de changas y trabajos fáciles que han desaparecido, la presencia firme del Estado… que ahora pasa de ser nuestro “guardián público ante el criminal” a ser visto él mismo como un agresor más (la represión del Estado ahora va en contra del ciudadano para que obedezca las medidas sanitarias, mientras que suelta a los criminales en sus propias calles). Hay un cambio brutal de perspectivas, que preví en mi libro bajo el concepto de una “neofeudalización” que no sólo se está cumpliendo a modo hormiga (personas que han decidido irse a vivir a pueblos del interior o a sus casas de veraneo, donde la cuarentena es mucho más relajada y no represiva), sino que el gobierno mismo ha sondeado ya un plan de migración hacia las zonas rurales desde el ministerio de agricultura y la secretaría de vivienda. Este escenario entonces se va cumpliendo, y puede ser positivo si se intenta desarmar la matriz argentina de “la cabeza de Goliat”, esa megaurbe capital con varios cordones suburbanos que no son factibles a largo plazo. Pero a la vez creo que si este plan de gobierno es mal encarado, nos enfrentaríamos a la propagación indiscriminada del problema: si las migraciones internas terminan en la mera expulsión y reubicación de las masas lúmpenes desde el conurbano, que se le ha ido de las manos al gobierno, para repartir el caos entre muchos “a ver si así, entre todos los intendentes de todos los pueblos pueden resolverlo”; si pasara esto, se destruiría el único tejido social sano aún existente, las pequeñas ciudades y los pueblos rurales, cercándolos con mini-conurbanos dependientes y parasitarios en derredor, lo que sería clonar miles de veces la matriz decadente de la capital. Hay que entender que el paso a lo rural y la ciudad intermedia no es una opción, sino una necesidad histórica, y que habrá que saber encaminarla bien o se llevará puestos a todos los pueblos del interior, y a nosotros con ellos.

Explayate sobre la “neofeudalización”…

Este movimiento de neofeudalismo será mucho más acentuado aún en los Estados Unidos, donde ya se está produciendo una fuga demográfica desde las zonas azules, las urbes costeras con mayoría demócrata, hacia las zonas rojas, las zonas del interior rural con mayoría republicana; con el riesgo cierto, además, del choque entre ambas idiosincrasias que parece imposible puedan convivir en el mismo espacio geográfico. Estos movimientos de poblaciones llevarán a los EEUU ha pasar de la etapa de unidad interna basada en enemigos externos (la nación americana contra el fascismo alemán, el comunismo ruso o el terrorismo musulmán); a la discordia interna, una guerra civil larvada donde el enemigo a purgar será ahora interior: la lucha entre progresistas y la Alt Right americana (las nuevas derechas). Así el ascenso de una nueva geopolítica hacia fuera y los movimientos neofeudalizantes hacia dentro son escenarios que se magnifican gracias a la pandemia.

En este libro definís las bitcoins o altcoins como “cánceres económicos” ¿Nos contás por qué?

No he usado el concepto de “cáncer económico” contra las monedas altcoin en sí  mismas, las cuales son herramientas del flujo económico que representan un momento del desarrollo de la técnica que permite prescindir a la moneda de todo sustrato físico real, tornándola una pura virtualidad de intercambio y que presentan sus innegables ventajas, sino como ataque contra el espíritu detrás de los actores sociales que impulsan tales monedas: individuos cuyo único fin es la riqueza rápida –el sueño de volverse millonario de la noche a la mañana–, cuyas prácticas son en extremo especulativas, y que no dudarían un segundo en tirar abajo todo el sistema si de ello obtuviesen la más mínima ganancia personal. Sobre estos actores no se puede construir una ingeniería financiera estable si uno quiere tener un Estado con conciencia de lo público. Estos actores de mentalidad de capital golondrina, que sueñan transformarse por un golpe de la fortuna en fondos buitres, son aquellos que funcionan como un verdadero cáncer, principalmente contra el sistema económico global, que había puesto esperanzas en estas altcoins como posibles monedas del futuro, pero que ve a éstas en toda su crudeza: tienen una volatilidad tal en sus ciclos económicos, que podríamos decir que presentan una burbuja especulativa y su explosión y posterior “corrida bancaria” cada año. Un activo tan inestable y riesgoso, que puede llevar fácilmente a la quiebra, no es apto para ser generalizado y usado por la masa de ciudadanos a pie, al menos tal como está planteado hasta ahora.

¿Qué opinión tenés sobre los emprendimientos comunales que proliferan sobre todo en zonas semi rurales que se parecen bastante al sistema de trueques de 2001 en los que circula el intercambio de productos en general comestibles y también las monedas alternativas como la Moneda Par u otras?

Del lado totalmente opuesto a las altcoin están el primitivismo del trueque, los vales y las cuasi-monedas. En su momento histórico surgieron también en pos de un afán de lucro (cuando éstas eran el último grito de la moda en la técnica comercial de la antigüedad), pero hoy el espíritu que las impulsa es el de aquellos que quieren separarse del utilitarismo salvaje del mercado y volver con ello a un tipo de cambio que consideran más justo, además de más cercano y que pueda incluir a todos los actores por poco que tengan para ofrecer. Pero ya por su propia esencia este tipo de intercambio es o bien por necesidad, el trueque de subsistencia, o bien por una opción moral, el cambio justo. Y allí encuentra sus límites: las finanzas de ningún Estado que se precie pueden reducirse al intercambio para cubrir la mera subsistencia, ni tampoco puede limitarse a hacer solamente cambios moralmente justos, ya que la moralidad es una pretensión que ha sido expulsada de los Estados modernos liberales para mantener la cohesión social (política no es ética, desde Maquiavelo). Es así que la solución monetaria no puede venir por una regresión a prácticas perimidas, sino por el rescate nuevamente del espíritu que hay tras de éstas (justicia, inclusión, solidaridad) con las herramientas más modernas que tengamos a mano. Es decir, es más viable que veamos el uso de monedas altcoin con respaldo y control del Estado, por ejemplo, como ya se ha planteado en China, donde serían dadas además como premios ligados al sistema de puntaje social allí imperante. Lo que presentaría nuevas cuestiones: ¿una moneda altamente técnica y sin base física real, ligada a una calificación de buen ciudadano dado por un Estado totalizante, no sería algo tenebroso? La respuesta daría para largo, sólo me queda advertir que hay que estar preparado para lo que será una realidad a mediano plazo.

Hay un capítulo titulado “Hacia una nueva guerra fría” en el que hablás de la huida hacia adelante de Estados Unidos, entre otras cosas, ¿podrías resumir la idea para nuestros lectores?

El escenario más importante que surgirá tras la pandemia es el de una nueva guerra fría a escala global. En un bando el hegemón  hasta hoy dominante, pero en irreversible decadencia, los Estados Unidos y su american way of life que impulsa un tipo humano individualista, hedonista, urbano, liberal, progresista, y fomenta el avance de una civilización financiera, competitiva, facciosa, especulativa, monopolista y plutócrata; y que a su vez es altísimamente moralista y moralizante; pues desciende de una cultura religiosa fanática de protestantes puritanos expulsados de Inglaterra por su desobediencia civil a la autoridad política, al creer esta gente que cuentan con un “acceso directo a Dios”, lo que sumado a la noción milenarista judaica de pueblo elegido, concluye en unos Estados Unidos  que serían el nuevo Edén sobre la Tierra, cuyo destino manifiesto consistiría en llevar la libertad hacia todos los confines del mundo. Esta postura expansiva les sirvió en su etapa dominante, cuando eran la potencia militar, económica y cultural imbatible del globo. Pero hoy el rey está desnudo y diversos países se atreven a hacerle frente. Y aquí entra el otro bando, representado por la potencia ascendente, China, que tiene unidad interna, población obediente al soberano, un sentido de comunidad por sobre lo individual, espíritu de sacrificio, visión estratégica a larguísimo plazo, y que, siguiendo la lógica de Sun Tzu, espera paciente la victoria a partir de los fracasos que cometa su enemigo. El Coronavirus no ha causado por supuesto este choque, pero lo ha sacado a la luz y lo ha acelerado. Ya diversos países toman posiciones; los aliados occidentales de un lado, “el eje del mal” del otro (China, Rusia, Corea del norte, Irán, Siria, Irak, Venezuela, las naciones ex soviéticas aún bajo la esfera de influencia rusa). A la Argentina le queda entonces decidir cómo jugará en este tablero. Podrá tomar la decisión errónea de creer que seguimos en la normalidad nacida tras la segunda guerra mundial y que debemos cerrar filas detrás del “occidente cristiano” y el mito de la libertad. O entender que estamos viviendo en un nuevo mundo, donde deberemos alinearnos en pos del beneficio nacional, mediante una de dos opciones: la primera, copiando la pericia de las ciudades italianas del Renacimiento, que ante dos potencias superiores (el Imperio y el Papado) se dedicaron a balancearse en un fino equilibrio entre ellas, sacándoles prerrogativas y privilegios a ambas partes sin casarse con ninguna; o sea, una estrategia que implicaría tener la más astuta diplomacia y una élite conductora firme, de objetivos claros y que no se someta a ningún poder extranjero (como lo eran los condottieri italianos); o bien, sabiendo que la primera vía implica un tipo de conductor humano difícil de conseguir hoy día, deberemos hacer una alianza con aquellos otros países del mundo en nuestra misma situación de no-alineados, recreando la vía de la tercera posición, para poder así en conjunto tener un peso capaz de inclinar la balanza. Los horizontes que se nos abren son altamente positivos. Por supuesto, son oscuros para el país hoy dominante en el mundo, los Estados Unidos, que verá caer su supremacía global y sufrirá la anarquía interna a pasos galopantes; algo que preví en “La bomba está armada”, y que se detonó de forma fulminante apenas un par de meses después con las revueltas y saqueos en todas las ciudades importantes de una Norteamérica, cuya Nueva York, la otrora “capital del mundo”, es hoy tierra de nadie, escenario de película de acción. O, como titulaba uno de los capítulos de mi libro, el resultado de “la conurbanización del mundo”, que va acercando cada vez más a Nueva York al caos del conurbano argentino en pleno 2001.

¿Qué entendés por globalismo y “escala cosmos”?

El hombre es por naturaleza un ser comunitario y político. Ambas pulsiones están en él y lo impulsan a lo largo de la historia. Así, siempre ha vivido en comunidad y su comunidad ha sido cada vez más abarcadora y expansiva: el movimiento de la historia humana se ha producido desde su forma primordial, la gens, la familia antigua, en un despliegue siempre creciente hacia una mayor universalización, pasando por la vida en clanes o tribus, y luego estableciéndose las ciudades o Polis como la forma máxima a la que pudo llegar la antigüedad. Los modernos continuaron ese impulso expansivo humano y se preguntaron “¿cómo hacer para construir políticamente teniendo mucho más territorio y más población que las ciudades antiguas?”, y de allí instituyeron el Estado-Nación moderno. Pero el impulso a lo universal no se detuvo aquí, y así como entre los antiguos había ya un concepto de Polis “universal”, la Roma eterna con su idea de Imperio omniabarcador de todas las demás ciudades, los modernos también tuvieron una pulsión similar por hallar la figura de un Estado que asimilase y superase a todas las demás Naciones-Estados previas. Es el ángel o espíritu de la historia hegeliano: el deseo de universalidad llevado a la política y que, en su última etapa, aquella en que se abarca todo el globo terráqueo, se ha ascendido finalmente a la “escala cosmos” (del mundo total), contrapuesta a las formas anteriores donde nuestra conciencia se expresaba a escala del individuo (como una conciencia personal a escala “microscópica”) o a escala social de la ciudad o el país (la escala “macroscópica” de las conciencias nacionales).

¿No hay algo de “ciudadano del mundo” en eso?

Hay que distinguir entre la globalización y esa pulsión humana hacia la universalidad. A pesar de lo que afirman los globalistas, la globalización no es la fuerza que nos impulsa a lo universal ni es la única forma que tiene la política para universalizarse a escala cosmológica sobre toda la tierra. Es más, ni siquiera podemos decir que ésta sea una universalización que se haya realizado efectiva y concretamente: la globalización es nomás un proyecto, una forma particular y contingente que ha sido propuesta para unificar a toda la humanidad y que se nos vende como si fuera la única forma posible en que el hombre podrá relacionarse, si quiere hacerlo a escala cósmica, con cualquier otro “ciudadano del mundo”.

Así, por un lado, hay un movimiento natural al hombre: su subjetividad que se expande cada vez más abarcadora, y que llega finalmente a su telos, a su objetivo final, la conquista del mundo por dicha subjetividad; esto es lo que llamaríamos la “escala cosmos”, ese momento final al que se llega, la comunidad de comunidades a escala cósmica.

Por otro lado, está la globalización: un proyecto de universalización entre muchos existentes (como ser el Imperium romano, el catolicismo, el Islam y buena parte de los fascismos, comunismos y socialismos), que se publicita a sí mismo como “punto de llegada”, como non plus ultra tras el cual no hay desarrollo posible, es decir como “fin de la historia”. Pero si comprendemos que hay un impulso previo y natural de universalidad en el hombre, en pos del fin de arribar a una humanidad de escala cósmica, pero que para ello hay diversos medios; entonces entenderemos que la globalización no es la meta obligada de nuestro camino ni es necesaria para que los pueblos del mundo se superen en una comunidad superior, sino que existen y son posibles otras vías. La pandemia las ha habilitado indirectamente, al poner en crisis la forma civilizatoria de la globalización: el proyecto liberal-progresista, que nunca pudo imponerse del todo y ha quedado trunco sin haber siquiera pasado de su etapa de “propuesta teórica” a realización concreta.

De tus escritos se desprende que la vacuna será el punto de inflexión que cambie las cosas. ¿No tenés ninguna reserva? Me refiero específicamente a si atendés o no a los profesionales que presentan objeciones respecto de si la produce un país u otro, un laboratorio u otro, el salteo de pruebas que llevarían más tiempo, etc

Todas las vacunas en sí tienen sus bemoles: la norteamericana es carísima y su desarrollo va lento, China no ha negociado aún la exportación de las suyas ni ha aclarado en qué fase de pruebas se encuentra, la rusa que parece tener mejores perspectivas no ha sido elegida por un tema de “alineamiento político” del gobierno actual que se ha decantado por la inglesa (que en estos momentos presenta problemas en sus efectos secundarios). De las versiones japonesas y francesas no han llegado aún noticia alguna, de la alemana, tal país promete que será segura y se producirá rápidamente, pero es toda una gran ruleta: no se puede conocer el resultado hasta que el juego ya haya sido realizado y el Estado ya haya apostado. En lo personal no hubiera ido por la inglesa. Esperemos que no falle, y que, si falla, el gobierno no sea inoperante y se dirija rápidamente a la versión de la vacuna que dé mejores resultados a mejor precio, sin importar las presiones políticas de fondo.

Pero la vacuna únicamente será el punto de inflexión de la pandemia como enfermedad puramente abordada desde lo sanitario, que permitirá dar vuelta la página y pasar entonces a la fase más crucial de enfrentar la pandemia en su esencia económica, social, cultural y geopolítica. Mientras esté todavía el pánico a la muerte y al contagio –aunque sea sólo en un porcentaje no mayoritario de la población–, lo urgente, el cuidado de la vida, se impondrá a lo esencial: la comprensión de la pandemia como nuevo momento histórico y existencial para el cual debemos estar preparados y en pos del cual deberemos como nación construir nuestras instituciones futuras.

Seguiremos hablando de contagios, tasas de muerte, cuarentenas, protocolos más o menos estrictos de distanciamiento social como el numen del Covid hasta el preciso instante en que se presente la posibilidad de la cura. E incluso si una parte de la gente se resiste a la vacuna, eso ya no importará; serán como los testigos de Jehová negando la técnica médica por razones religiosas, una decisión individual a escala micro. Pero el Estado entero podrá presentar a escala global la solución terapéutica para el problema médico a todos aquellos que quieran hacer uso de ella, o al menos a los grupos de riesgo. El tema Covid en ese preciso momento dejará de ser un problema sanitario, para sincerarse como lo que es: una problemática mayor, civilizatoria, la construcción de nuevos tipos de Estatalidades para un mundo nuevo interconectado, que vivirá en nuevos tipos de geografía (no sólo megaurbes cosmopolitas), con nuevas relaciones que no serán ya “unipolares” (el ascenso de China y la guerra fría por una nueva bipolaridad; tal vez el multipolarismo; a la vez que el intento de superación de todo Estado, por parte de los globalistas). Tenemos entonces que apurarnos a superar la fase terapéutica del Coronavirus para poder vérnosla con lo realmente importante: prepararnos para el nuevo mundo postpandemia y tratar de ubicarnos como sujeto de la historia ante tal cercano futuro.