31/01/2020 11 min to read

Fernanda Orazi: “No me gusta cuando escucho a gente que se dedica a esto llorar o lamentarse, me parece un gesto ensimismado”

Category : arte, Entrevista, literatura, teatro

Actualmente ensayando en Madrid para el estreno de la obra “Los días felices” de Samuel Beckett, bajo la dirección de Pablo Messiez, la actriz argentina Fernanda Orazi cuenta cómo es la vida en torno al teatro y cómo los contextos condicionan el desarrollo de las obras y de las personas.

Por Romina Rocha.
PH Vanessa Rábade.

Vos tuviste y tenés la posibilidad de actuar tanto en Argentina como en España. A tu modo de ver, ¿cuáles son las diferencias entre laburar en uno y otro país?

Para mí fue un enorme aprendizaje pero no voluntario, simplemente lo va pidiendo la actividad. Estoy convencida de que el teatro tiene sentido en contexto, porque la trama expresiva de los cuerpos es también cultural, la relación con la palabra dicha en escena, con la palabra poética, con lo que un cuerpo puede poéticamente ofrecer como sentidos, se da en la mirada de los otros y en la relación con los otros. Por otro lado, sí hay una manera diferente de desplegarse que tiene el teatro en términos de abordaje del lenguaje teatral. Argentina tiene una fuerte y profunda tradición de búsqueda y desafío a los límites dominantes en términos expresivos en la actuación, se juega mucho ahí el teatro, en su especificidad del cuerpo vivo expresivo, y hay muchísimos espacios de “formación”, entrenamiento o laboratorio en ese sentido. La actuación se resiste a sujetarse a una lógica, a una “forma de actuar”, a una idea de método; más bien busca mucho el ser acontecimiento, lenguaje en sí mismo, a veces obra en sí misma. En España, cuando llegué y salvando algunas excepciones, la búsqueda o la aparición más fuerte no ponía en el centro la actuación, más bien ese lugar se daba casi exclusivamente en la dirección o en la dramaturgia. Pero de un buen tiempo a esta parte la actuación va conquistando su territorio específico. Esto sucede a la vez que en los contextos de teatros oficiales aparece un interés muy claro por recoger esas experiencias y no reproducir solo un tipo de teatro dominante en sus salas.

¿Qué pasaba antes de esto, qué pudiste observar?

Llegué a España en 2005 y durante los primeros años veía que muchas compañías no empezaban a ensayar las obras hasta no tener una fecha concreta de estreno y que las salas independientes o alternativas programaban las obras, como mucho, dos semanas antes. Entendí que eso estaba muy sujeto y dado por las lógicas de las subvenciones públicas, porque tanto las salas como las compañías que reciben subvenciones tenían unas condiciones que cumplir si querían recibir esas ayudas, entonces eso condicionaba mucho la forma de programación y por ende las posibilidades de exhibición en el propio territorio de las obras. A mí me parecía absurdo, ya que si una obra no se hace no existe, no es. En Argentina en muchos casos se ensaya durante meses y meses, a veces más de un año y luego se define el estreno. La necesidad de mostrar lo hecho se hace presente pero allá somos gozadores del proceso, del ensayo, de probar y probar; se hace comunidad fuerte en los procesos de ensayo, investigación y creación, es una forma muy nuestra de vivir la experiencia teatral. Propiciar una intensidad común sostenida en el tiempo, en mi experiencia, hace sentido y contiene, nos tiene juntos para algo, para hacer algo con la vida, algo poético. Es un enorme gesto de supervivencia poética a un contexto más hostil. 

Son formas diferentes de concebir el proceso, entonces…

Sí, las diferencias entre España y Argentina están muy signadas por la experiencia de lo más o menos dificultoso que se hace el territorio de la vida cotidiana. Ahí se juega mucho el sentido de nuestra actividad, y claramente en España se está más relajado económicamente y no experimentás a diario la fragilidad de todo, la sensación de necesitar agarrarte fuerte a algo y con los otros para hacer morada, para construir un lugar donde habitar. En Argentina he sentido fuertemente como se juega la supervivencia emocional en la práctica teatral. Y sigo teniendo ese vínculo con la actividad, por eso cuando llegué y vi como era aquí pensaba “me muero si tengo que esperar que las condiciones estén dadas para ponerme a actuar”. Hoy, aquí en Madrid, me encuentro trabajando con gente brillante, singular y talentosa, formo y me siento parte de una red teatral, poética y amorosa radicalmente comprometida con el teatro, con su especificidad, que me conmueve. Al menos Madrid es un lugar alucinante para hacer teatro, hay una gran proliferación de poéticas y gente que se junta a hacer, practicar, pensar. Definitivamente ha cambiado mucho desde que llegué. 

¿Y cuáles fueron tus trabajos allá? ¿Qué creés que fue lo mejor que hiciste y qué lo menos gratificante?

¿Mis trabajos en teatro o todos mis trabajos? (risas). Mirá, yo creo, quizá por de dónde vengo, que no se puede decir que hay un trabajo menos gratificante cuando se tienen trabajos que no son de explotación y condiciones muy duras como sí padece mucha gente. He trabajado de todo desde los 16 años y siempre hice teatro al mismo tiempo. A los 35 años tuve mi primer contrato formal como actriz para una obra en un teatro público de Madrid, pero actúo desde muy jovencita. Todo lo disfruté desde el principio, nunca me sentí en la tesitura de tener que hacer algo que no me gustara o no quería, siempre decidí hacerlo a plena consciencia, por eso no encuentro nada que no haya sido gratificante en ese terreno. ¿Puedo tener más afinidad con una obra que con otra? ¿Me puede gustar más un universo poético que otro? Por supuesto ¿He gozado más una obra que otra? Claro, pero eso forma parte de la actividad que yo elegí, la elegí, eso es mucho decir. No me gusta mucho cuando escucho a gente que se dedica a esto llorar o lamentarse, me parece un gesto ensimismado. 

¿Cómo se te da todo para poder vivir de la actuación?

Nunca me puse a merced de que me quisieran en un proyecto o no, no me ofrezco al mercado del “ser actriz” y agarro lo que caiga. Y no es porque tenga una posición económica que me lo haya permitido ni mucho menos; vivo al día, cada trabajo me da de comer y pagar alquiler en ese momento pero tengo, reconozco, tolerancia cero a la lógica de tener que hacer lo que venga, lo que me caiga, lo que me ofrezcan. Cuando se trata de actuar, prefiero buscarme las habichuelas de otras formas. De unos años a esta parte vengo en una seguidilla de encuentros y proyectos que se dieron por encuentros, afinidad y deseo que resultan en las obras en las que trabajo. Y en todos los casos, por fortuna, también hay una producción más o menos grande que sostiene esos proyectos; es decir, cobro por actuar y para mí es mucho y bueno. Ahora estoy ensayando “Los días felices” de Beckett y me encuentro profundamente agradecida por poder hacerlo. Era algo muy deseado que tiene a Pablo Messiez, un hermano vital y teatral, en la dirección. Y vengo de hacer cosas hermosas con amigos también, siempre hay amistad, amor y poesía ¿Qué puede no ser gratificante? 

Nada, sin duda. ¿Y qué diferencias socioculturales encontraste en España respecto de acá?

Hay muchas afinidades, en mi experiencia, porque es fácil entrar en sintonía entre nosotros. Al menos en el medio en el que más me muevo, las sensibilidades comparten algo que sería como una matriz: hay una lengua y un mundo de valores que nos hermanan. No somos muy diferentes y puedo afirmar que la sociedad española es, en gran parte, una sociedad muy solidaria y muy receptiva. Yo me sentí muy bien acogida desde que llegué, no fue difícil sentirse en casa. Por otro lado hay una trama de lo tradicional en España que por antigüedad cultural y territorio son fuertes, a mí eso me parece bello. Y aunque en mi entorno, que es muy “cultu-progre”, entiendo que puedan tener un rechazo por todo lo que asocia para ellos históricamente, hay un gran valor en eso que yo creo que se puede reconquistar y redirigir hacia un bien, invertir el signo de esas prácticas históricamente populares. En el teatro, por ejemplo, se ve claramente en el rechazo a hacer siglo de oro por los “modernos”, solo se hace en el Teatro Clásico Nacional pero nadie se re-apropia de esas maravillas porque es “viejuno”, es “tradición” y es “clásico”. Todas trampas, a mi entender, para no abordar un territorio que por alguna razón no se quiere mirar de frente del todo. 

Económicamente y también pensando en el contexto actual de nuestro país, ¿cómo es vivir en España en la actualidad?

Somos todos trabajadores, pero no es lo mismo ser trabajador en España que en Argentina. Acá es más fácil vivir, el acceso a bienes y necesidades que tiene una persona que trabaja en el mismo rubro que otro trabajador argentino es definitivamente mejor. Lo que pasa es que en Argentina es demasiado duro, cuando ves cómo funciona en un país con una economía más sólida (por decirlo de alguna manera), observando a gente de clase trabajadora o yendo a comprar al mercado decís “¿Por qué tiene que ser así? ¡Qué injusto!”, porque las razones por las que esas diferencias se dan podrían y deberían revertirse, pero sabemos que todo está dentro de una trama global y geopolítica de intereses mezquinos y codicia; el mal es eso en nuestro mundo. Y hablo de vidas sencillas, de gente que labura para vivir. Eso moldea el carácter de las personas e interfiere y condiciona las relaciones de todo tipo, las prácticas, etc… porque el trabajo para el acceso a la vida es algo de lo que no escapa nadie que no sea rico. Entonces, es tramposo afirmar “en Argentina somos así”, “en España son así”, sería mejor decir “estamos así” o “están así”, porque la trama de la justicia e injusticia social determina socioculturalmente a cualquier comunidad. Entonces las diferencias más fuertes que hay se dan en y por las condiciones a las que somete a una comunidad y a otra. 

Y volviendo a tu actividad, ¿vos escribís dramaturgia? ¿con quién te formaste?

No me formé en dramaturgia. Mi experiencia con la escritura está y estuvo siempre sujeta a la dirección, las veces que quise dirigir llegó siempre el momento en que tenía que ponerme a escribir, pero nunca surge primero porque no es para nada mi territorio. Lo que yo he descubierto es que en el teatro yo puedo pensar mejor, se dispara un tipo de inteligencia que fuera de la actividad no es tan prolífica. Lo mismo me pasa con la escritura, escribo porque el teatro, lo que estoy haciendo, me lo pide, lo necesita de mí. Pero no es una tendencia personal, en absoluto. El año pasado escribí un texto para la escena casi entero antes de pesar a ensayar, pero fue excepcional y me quedó algo demasiado poético y literario y eso me obliga a darle una forma escénica más de concierto para dos voces que de obra teatral. Y al final es un capricho mío ponerlo en escena. 

Cambiando de tema y a propósito de tu condición de mujer, ¿qué pensás de la ley de género que hay en España y lo que está generando a nivel sociedad?

No conozco en profundidad la ley de género española, por lo cual prefiero no irme de boca. Lo que puedo decir está más en el plano cultural y de sentido común, y con respecto a la ola totalizante que colonizó la bandera feminista estos últimos años, puedo decir que acarrea unas problemáticas importantes a la hora de pretender forzar una lectura simplificadora con la que discuto fundamentalmente porque interfieren en la forma de pensarnos, distorsionan la lectura, y sobretodo no se adecuan honestamente a la experiencia. No me puedo guiar por máximas reduccionistas para leer las relaciones en comunidad. En mi actividad se dan muchas cosas por “evidentes” u “obvias” cuando no lo son tanto ni mucho menos. Estas simplificaciones nos están debilitando e inhabilitado para leer y ver las verdaderas tramas.