“Food power” o cómo el poder organiza el hambre de los pueblos

Repasando la historia y la organización del mundo posguerra, conversamos con el Dr. Juan José Borrell, autor del libro “Geopolítica y Alimentos”, Profesor Titular de Geopolítica en la Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF), e Investigador en la Universidad Nacional de Rosario, sobre el desafío de la seguridad alimentaria frente a la competencia internacional por los recursos naturales.

Por Romina Rocha.

En tu libro “Geopolítica y alimentos. El desafío de la seguridad alimentaria frente a la competencia internacional por los recursos naturales”, planteás que el final de la Segunda Guerra Mundial fue el punto de inflexión para dividir al mundo en torno a la producción de alimentos. ¿Podrías describirnos brevemente cómo se dio ese proceso?

Efectivamente, por varios factores, el fin de la Segunda Guerra Mundial fue un punto de inflexión en términos históricos. Más allá de lo conocido sobre el reordenamiento del sistema internacional y el rol que tuvo EE.UU. en impulsar una singular arquitectura en materia financiera, de comercio internacional, de seguridad estratégica, de organismos internacionales, etc., es el inicio de la expansión mundial del food power. Este “poder alimentario” se manifiesta de dos maneras: por un lado con la fabulosa expansión de un gran consorcio corporativo energético, metalmecánico, químico y comercializador de granos que conforma lo que hoy se denomina agribusiness. Es la proyección con el rótulo de “Revolución verde” de una enorme área de influencia económica en la que sostienen una posición monopólica y los circuitos locales en la periferia son integrados de forma subordinada.

Por otro lado, la expansión del food power tiene lugar también bajo la doctrina de la Contención, como “ayuda alimentaria” para países del entonces denominado “Tercer Mundo”, subcategoría que refería a aquellos que habían “perdido el tren del progreso de la Historia”, es decir, quienes según la cosmovisión modernista padecían una suerte de tara de origen: el subdesarrollo. Más allá del discurso humanitario y fraternal que revestía las acciones asistenciales de la superpotencia, la concesión y/o donación de partidas de cereales terminó siendo un mecanismo blando que generó nuevas formas de dependencia. La “pobreza” como asunto internacional y la política de la “asistencia para el desarrollo” devienen estructurales durante el período de la Guerra Fría. Ambos esquemas del food power, con algunos cambios cosméticos, tuvieron continuidad hasta la actualidad.

¿Cómo se vinculan los gobiernos con las potencias o actores que tienen ese tipo de poder?

En el libro “Geopolítica y alimentos” refiero a un poder estructural agroalimentario, en el sentido de dominio y control del andamiaje base que condiciona el suministro agroalimentario mundial. Esto es qué producir, con qué medios e insumos, a quién vender, a qué precio y con cuál infraestructura logística, bajo cuál sistema de seguridad y paradigma de conocimiento. Dicho poder estructural está conformado por un reducido número de actores, privados y estatales, que tienen capacidad de regular el juego del circuito. Por supuesto que esto implica que el sistema agroalimentario no se rige por criterios idealistas, aquello de Adam Smith de una “mano invisible” que regula armónicamente en el mercado la riqueza de las naciones, un mundo donde primaría la igualdad, libertad y fraternidad según la prédica del liberalismo. Ese es uno de sus mayores mitos. Poder estructural significa posición hegemónica, expansión y subordinación de los espacios y actores integrados al circuito. En este sentido, es un sistema a escala mundial donde no prima la simetría, ni la igualdad de capacidades o el respeto por la soberanía. Toda vinculación de gobiernos y empresas de países periféricos se va a dar generalmente de forma desigual, donde las condiciones ya están impuestas y queda poco margen de acción.

¿Y cuál es la finalidad de este cruce de intereses?

Esto es así independientemente del régimen político o de la ideología; lo hace EE.UU, como históricamente la corona británica y hoy el Partido Comunista Chino a través de sus corporaciones estatales. En muchos casos, los gobiernos de países periféricos terminan subordinándose a este poder estructural, parasitando la renta de los circuitos locales, al precio de ceder soberanía e incluso ir más allá de lo que el mismo esquema dispone. Esa es quizás una de las mayores diferencias con las potencias centrales: estado y corporaciones operan conjuntamente, entienden que expandir zonas de influencia es beneficio mutuo puro. Al respecto, Argentina en el último cuarto de siglo ha sido un caso “ejemplar” de pérdida de protagonismo y periferización. Somos el paradigma opuesto al del crecimiento chino. Ya desde hace una década, China impone relaciones tipo centro-periferia como una potencia más. En otras palabras, más allá de las sonrisas en las fotos protocolares y los amables elogios, ellos han expandido su propia zona de influencia generando esquemas de dependencia.

Dentro de la geopolítica como disciplina, ¿se da la discusión en torno a la división internacional de los alimentos?

Esa es una pregunta muy interesante, tiene que ver con aspectos epistemológicos y el tipo de paradigma de conocimiento. Es decir, ¿qué se enseña en las universidades e institutos superiores y con qué finalidad? En definitiva, ¿cuál es la función de la universidad y el conocimiento en la periferia? Podríamos estar hablando horas sobre este dilema. Para ser sintético, en general todavía impera un paradigma modernista de división y ultra especialización de conocimientos técnicos, orientado hacia la generación de “recursos humanos” pasivos y empleables. Esto lleva a una capacitación en subtemas de subsistemas que conforman el entero circuito: rubros producción primaria, comercialización, transformación química de la materia, y consumo. La perspectiva que propongo es geopolítica, es decir, un análisis de la relación compleja entre los factores de poder de los actores y las configuraciones espaciales, lo cual implica una mirada integradora y macro del fenómeno.

Esto cambia totalmente la comprensión de diversos acontecimientos históricos y contemporáneos; además, es una invitación a tomar las riendas y jugar un papel activo. Es lo que entienden todas las potencias. El camino paralelo a la proyección de poder fue una toma de conciencia epistemológica, sino colectiva al menos en los circuitos de toma de decisión: ¿qué queremos ser en el tablero mundial y con qué conocimientos lo vamos a lograr? En la periferia, en cambio, la reprimarización general ha implicado también una commoditización en el campo intelectual y del conocimiento: en el mejor de los casos es una “salida” individual para ser seleccionado para un empleo o aumentar unos puntos el ingreso y/o ascenso. En el peor, es un entretenimiento estéril que distrae mano de obra desempleada en plena edad productiva y reproductiva, con elevados niveles de capital simbólico y, a la vez, de frustración personal.  

De los actores que comenzaron este proceso de conformación de un poder de características estructurales a nivel mundial y las formas que adquiere lo político, la proyección de poder y hasta la guerra, ¿con cuáles podríamos vincular al lockout global que sufrimos en 2020 y que continúa condicionando el avance de la humanidad?

¡Manera original de nominar lo que sufrimos desde comienzos de 2020! En ese caso, deberíamos acercarnos al núcleo de un poder estructural mundial, por encima de su manifestación en lo agroalimentario, donde existe comunión de intereses con otras facetas del mismo circuito corporativo, como el químico-farmacéutico y el informático. Los mismos consorcios y entidades, como el Foro Económico de Davos (WEF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) perteneciente a la ONU, son cajas de resonancia de los intereses de grandes potencias y mega corporaciones. Luego, el proceso ha sido el mismo: la dinámica geopolítica de expansión hacia el cuerpo territorial y sus recursos naturales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial tiene como correlato la expansión biopolítica ahora hacia el cuerpo de las personas, donde lo genético representa un sustancioso botín. En un artículo de unos años atrás, me refería a que ha surgido una nueva dimensión microespacial, de naturaleza celular, en los intersticios a escala nanométrica del cuerpo humano, lo cual implica un nuevo campo de batalla, de proyección de poder y pugna de intereses. En este sentido, si nos alejamos de la perspectiva reduccionista de entender lo actual como un tema meramente de “salud” y lo ponemos en su justa dimensión, es evidente que los discursos y acciones de estos actores hegemónicos han securitizado un brote epidémico. Es decir, pasó a ser entendido como amenaza para la seguridad en agendas nacionales e internacionales. Ipso facto del anuncio de “pandemia” por la OMS, la entera población mundial devino en una suerte de corporeidad “infectada”, un cuerpo enunciado como portador y transmisor de microorganismos (¡vaya novedad!), que hasta no demostrar lo contrario, ostenta la peligrosa condición de ser letal en potencia.

Expresado de esa manera, se puede ver mejor cómo ha ido mutando la forma de las guerras…

Es que, como nunca antes en la historia de la humanidad, se montó una desmesurada y aparatosa campaña mediática, ubicua y permanente, frenética e invasiva del espacio privado y hasta del propio cuerpo, todo en pos de sostener un acto de Fe colectiva hacia los gobiernos, organismos internacionales y corporaciones que nos estarían “cuidando”. Ahora, anónimos burócratas imponen que informemos qué hacemos con nuestro cuerpo, dónde lo trasladamos, que saquemos permiso para ir del punto A al punto B, “saber” incluso qué llevamos dentro, si anidamos/somos algo letal, que le inoculemos ciega y compulsivamente novedosas sustancias que llegan como un Maná providencial (y de las cuales tenemos prohibido conocer sus componentes y efectos adversos). En este proceso, el adentro biológico se hace público para ser apropiado por una oscura red de Big-Data, información genética sumamente redituable para conglomerados transnacionales del Big-Pharma. Estamos hablando de las mismas élites que ostentan poder estructural global y afirman abiertamente hace décadas que el planeta sufre un exceso poblacional, que según su perspectiva malthusiana debería reducirse la cantidad de habitantes en varios miles de millones porque “sobran”. Una falacia pseudocientífica que sirve para legitimar la proyección de poder sobre el cuerpo biológico.    

¿Qué intereses despierta un país como la Argentina en este contexto?

Geopolítica pura y dura: Argentina tiene la octava superficie territorial del planeta, es uno de los países más grandes pero con parte de su espacio solapado con la proyección de fuerza de otros países. La dotación de recursos naturales y biodiversidad es riquísima. Cuenta proporcionalmente con baja población, y de la población existente más de la tercera parte es pobre; cantidad la cual, de no revertirse la estructura económico-política montada hace décadas, va a seguir aumentando. De otro tercio poblacional, millones de personas y familias que viven empleadas o con ingresos, para el sistema son “no productivos”, una cantidad superflua, prescindible (sea un diputado y sus asesores, oficiales y tropa de fuerzas armadas o de seguridad, dueño y empleados de una PYME, profesionales diversos y docentes, kiosqueros o malabaristas del día a día). En otras palabras, para la perspectiva eugenésica de algunas potencias globales los argentinos “sobrantes” serían cerca de 30 millones, sino más… Devuelvo la pregunta con otra: siendo realistas, ¿cuál puede ser el destino de los países que entran indefensos en ese esquema?  

Esa pregunta creo que la puede responder correctamente cualquiera que piense dos segundos en la escena completa, porque es grotesca la situación a esta altura… Y a propósito de los destinos programados, ¿se viene una redistribución del esquema inicial con la famosa Agenda 2030? ¿Qué podemos esperar de un proceso tal?

La Agenda 2030, del Milenio o de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, impulsada también por las potencias que conforman la OTAN, tiene un metamensaje mesiánico. Se presenta como el recetario ideal que, tras aplicarse a escala global, en particular en la periferia, provocaría que la “humanidad volvería” a estar en una suerte de equilibrio. Sería el momento del fin de la desigualdad, la exclusión y el conflicto. Un nuevo fin de la Historia. Sin embargo, su génesis hay que rastrearla en el Club de Roma y la Trilateral Commission a principios de la década de 1970. Contexto en el que se establece una nueva división internacional del trabajo con el paradigma del decrecimiento: frenar los factores de crecimiento de los países (población, industria, energía, transformación de materias primas, etc.). La actual causa ambientalista y el corsé de la Agenda 2030, como menciono en Geopolítica y Alimentos, son un mecanismo de contención del crecimiento para la periferia. La traducción de “reequilibrio sustentable” es frenar y reducir la población y la capitalización. Es decir, ser menos y con menos. Sufrir una jibarización, pero estar satisfechos con el proceso. En palabras de la propaganda del Foro de Davos: “no tendremos nada pero seremos felices”. Ahora, que eso venga y se imponga, depende de la toma de decisión local. La soberanía no puede quedar en la declamación decorosa: se ejerce o se cede. 

Dr. Juan José Borrell.

Te puede interesar...