Guillermo Folguera y el modelo de producción agónico de la Argentina agroexportadora

El biólogo y filósofo Guillermo Folguera habló en entrevista con Mogambo sobre el esquema actual que rige en nuestro país para generar divisas al peor costo. Agronegocio, violación sistemática a las leyes, empeoramiento de las condiciones de vida de los argentinos y la importancia vital de pensar en una nueva forma de habitar los territorios y construir la economía que los sostiene. ¿Quiénes ganan y quiénes pierden en esta forma de explotar los recursos de un país repleto de riquezas? Algunas respuestas y reflexiones al respecto en esta nota extensa, pero que describe con cruda claridad en qué situación estamos y qué necesitamos atender para cambiarla.

Por Romina Rocha.

Para ponernos en tema, ¿a qué se le llama “agronegocio”? ¿Cómo se da su aparición en la Argentina?

Bueno, como término tiene unas cuántas décadas y debemos reconocer que su uso global vino de la mano de la “revolución verde” de la década del ’60 junto al agregado de químicos para aumentar la producción y la incorporación de una tecnificación. Pero hay que ubicarlo en la Argentina, donde se ve un salto cualitativo en la década del ’90 y no es casualidad que haya sucedido en los gobiernos de Ménem. A nivel tecnológico, uno de los grandes saltos fue la incorporación de los organismos genéticamente modificados, los llamados transgénicos, que alteraron qué se cultivaba, cómo y para qué. Esto también modificó los lugares donde se necesitaba que existiesen distintas comunidades, pero también transformó los conceptos de propiedad y uso de la tierra, que derivó en una concentración mucho más marcada que antes. Junto con eso, aparece una disociación contundente entre el lugar para vivir y el lugar para producir, que va a motorizar en Argentina un proceso migratorio fabuloso, con una pérdida de población rural y de pequeños poblados, en los que la progresiva ausencia de los ramales ferroviarios acompaña este descenso poblacional. Y, además, involucra agregados de químicos en pos de aumentar la productividad, a lo que se suma una lógica que llega a nuestros días, que a veces la comprendo como un exceso de presente: una idea muy cortoplacista, donde no importa lo que sucede a mediano y largo plazo con los territorios, porque hay que obtener la mayor cantidad de recursos en la menor cantidad de tiempo. La idea del espacio y el tiempo como elementos a vencer aparece como un elemento distintivo, pero en el fondo lo que está en juego es un proceso de mercantilización feroz en los territorios, en los vínculos humanos, que son excelentes medios para obtener mayores ganancias. Y en ese sentido, la idea de “vivir en” es desplazada por la idea de “ganar con”, acompañada de fabulosas inversiones de grandes empresas, como algunas que vienen trabajando fuerte en la biotecnología y la especulación financiera, motorizando toda esta máquina de producción de divisas.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de este modelo de producción para un país como Argentina?

La ventaja es siempre obtener dinero rápido, todos estos proyectos vinculados al corto plazo se arraigan a esa idea sin importar a costa de qué. Hay una transferencia de bienes comunes en términos de exportación a un determinado sector. Y esto no es una metáfora. La cantidad de agua que estos proyectos consumen, no sólo la soja y el maíz, las pasteras, la megaminería o el fracking son también ejemplos de ello. Así que la ventaja, si se quiere, es esa, y es para algunos sectores del país. Las desventajas, todas, porque tenés proyectos demográficos asociados, que en general indican que nadie puede vivir ahí. Yo creo que con todo esto se motorizó una forma de pensar los territorios como lugares donde no se puede vivir. Porque no se puede vivir con el agua contaminada de la BarrickGold, ni junto a lugares donde se hace fracking, ni donde se deforesta o donde hay un meganegocio inmobiliario, como en el caso de Córdoba y los incendios, que están vinculados. Así que creo que ventajas y desventajas están asociadas, porque aparece la pérdida de una diversidad biológica que, a su vez, retrotrae un empeoramiento muy marcado en las condiciones de vida y una expulsión de las comunidades de esos territorios.

¿Qué pensás acerca de la ya tan arraigada concepción de que Argentina es “el granero del mundo”?

Independientemente de su origen histórico, es muy interesante cómo se convierte en el contexto del agronegocio. Y para mí lo sintetizó muy claramente Lino Barañao, el exministro de Ciencia y Tecnología, claro lobbista del agronegocio y de los sectores empresariales que lo impulsaron, junto a una idea de Estado empresarial que motorizó con un corte ético, además. Éste consistía en que teníamos el territorio para hacerlo y debíamos hacerlo. Ese lugar, esa figura de “granero del mundo” se sigue usando como un imperativo a cumplir. Pero lo que me parece también importante es reflexionar sobre por qué se piensan las cosas en términos de toneladas de producción, y no en términos de calidad de vida y fuentes de trabajo, por ejemplo. ¿Dónde quedó la lógica de lo cuantitativo? Hay una idea liberal que se montó en Argentina, que se acopló fuertemente a la lógica agraria, que tuvo muchos beneficiados que lograron hacer del agronegocio su bandera y su lugar de poder. Y bajo la justificación de esta premisa, lo único que hacen es festejar sus ganancias importadas de periódicos de gran tirada. Así que actúa más como imperativo cruzado con aspectos éticos, que lo que hace es encubrir la transferencia descomunal de recursos hacia el proyecto de deterioro demográfico y ambiental que encarna Argentina desde hace varias décadas.

Sobre los agrotóxicos, teniendo en cuenta que Monsanto viene fumigando nuestro territorio nacional con cada vez mayor alcance, además de la amplísima evidencia de que esto está enfermando y asesinando a cada vez más personas, ¿cuál es el escenario actual?

Acá yo creo que se genera un doble escenario: primero, en términos de evidencias, sólo pensar que algo mata a un ser vivo debería llevarnos a pensar que a otro, bien no le hace, porque es un veneno… es increíble entrar en esa discusión. Pero hay un montón de evidencia posterior de que estos venenos efectivamente matan y mataban, y que los casos de cáncer y malformaciones, de hipotiroidismo y demás afecciones que hay en los territorios, todo indica que están directamente vinculadas a las fumigaciones brutales que están sufriendo las comunidades en nuestro país. Acá no hay metáforas ni vueltas, no tiene vericuetos esto. El otro punto importante me interesa destacar es que no se trata sólo de Monsanto (ahora Monsanto-Bayer), si bien es un actor fundamental por la producción de la soja RR y la aplicación del glifosato, son un montón las empresas y los elementos químicos involucrados. Ahora, bien, ¿por qué tenemos que estar demostrando que el veneno mata? Porque dentro de las políticas estatales se han encargado de armar un montón de estructuras y protocolos para que el veneno y su mortalidad estén únicamente pegados al productor que lo libera, en vez de contemplar una cadena de responsabilidades entre distintos sectores que lo han montado así. Ahí aparecen las buenas prácticas agrícolas como una especie de protocolo, que en todo caso si el productor cumple a rajatabla generará un bienestar; pero si no, generará un malestar donde él es el único responsable. La verdad es que el volumen descomunal de veneno que se está aplicando en nuestros territorios es un asesinato social y ambiental, cuyas consecuencias las estamos viendo sin lugar a duda y las seguiremos viendo por décadas. A mí me viene siempre una figura, que es la de sentir que estamos bailando sobre el Titanic, y antes que el barco se hunda hay algunos que quieren sacar el mayor provecho.

¿Podrías contarnos cuál es la alternativa que tenemos para seguir produciendo a gran escala sin semejantes consecuencias sobre la población?

Habría que pensar alternativa a qué: si lo que buscamos es pensar en algo a gran escala para obtener rápidamente recursos y dólares, sólo lograríamos reproducir la misma lógica. Entonces ahí yo creo que habría que romper las concepciones del uso de los territorios, para reemplazarlas por una lógica de vida. Porque si el interés es realmente producir alimentos, que no es el que busca y defiende el agronegocio, tenemos que pensar cómo armar lugares donde exista el bienestar social y uno pueda proyectarse a mediano plazo. En ese sentido, hay algunas comunidades que ya están trabajando en proyectos agroecológicos. Pero me parece que más allá de las experiencias particulares y espaciotemporales, quizás el desafío de la agroecología no sea sólo cómo motorizar respuestas viables y proyectos sostenibles en el tiempo, sino cómo ir al corazón de un sistema. Hoy por hoy se presenta a la agroecología como un modelo supeditado institucionalmente al ministerio de agricultura, que fomenta y sostiene el agronegocio, y además tiene que contentarse con trabajar en los márgenes. Y yo creo que no es posible esta compatibilidad por todo lo que hablamos antes, pero además porque es parte estructural de este modelo el pensar a corto plazo, y la agroecología está pensando en otro tipo de temporalidad. Piensa comunidades en territorios, que no pueden tener una amenaza constante en los campos lindantes mientras ven cómo fumigan a sus pibes en las escuelas, viendo si las napas del agua que toman están envenenadas, o viendo si se les incendia el campo; no es una opción de vida. Así que las alternativas sólo son viables si las pensamos desde una lógica distinta a la que impera.

¿Qué relación hay entre ese esquema de producción y los incendios que azotaron a la zona céntrica del país en las últimas semanas de los meses de julio y agosto?

El incendio es una de las formas que tiene el esquema de ampliarse y consolidarse, con la complicidad de la estructura estatal que fomenta y avala este tipo de actividades porque no se ocupa de los responsables y porque no tiene sistemas de apagado que no impliquen voluntarismo. Junto con eso, al incendio buscado se le acoplan unas condiciones ambientales que favorecen su extensión, y en ese sentido empieza a ser muy difícil separar la cuestión de la salud respecto del ambiente y los territorios y sus comunidades. Argentina, en los últimos 10 años, es de los países que más deforestó del mundo; quizás el ejemplo más claro es el Chaco, una de las 3 provincias más importantes en términos de deforestación, porque aún con la Ley de Bosques ahí se continuó la tala sin pausa. Entonces acá tenemos a un Estado que hace de la complicidad su forma de ganancia, construyendo un espiral cada vez más grave, más extremo del que es cada vez más difícil salir. Estas políticas te llevan a condiciones ambientales más endebles, porque la carencia de control sobre esto va llevando a que las sequías, los incendios y las inundaciones sean cada vez más frecuentes. Y no son fenómenos antagónicos sino complementarios porque el suelo, en lugar de actuar como una esponja, actúa como un tobogán, con lo cual también se lleva mucha superficie rica en nutrientes y minerales. Entonces quedás en situaciones como la de Córdoba, que hoy tiene apenas el 3% de sus bosques nativos. Los incendios no son una cuestión excepcional, como tampoco creo que lo sea la pandemia. En todo caso, lo serían las políticas que se motorizaron a partir de ello, pero la aparición de virus recurrente, así como la aparición de incendios recurrentes, son cuestiones que uno espera obtener de esta forma de producción y de depredación ambiental. Quizás cueste leerlo porque estamos tentados a pensar que esto simplemente es algo que nos pasó, un impacto, y a actuar como si fueran las pestes de Egipto; pero no. Acá estamos ante un sistema de causas y consecuencias que uno espera a partir de estas formas de producción y consumo.

Ley de semillas, ley de humedales, apoyo internacional, organismos como Greenpeace… todo aparece entrelazado, pero no se profundiza sobre ninguna de estas cuestiones desde el Estado. ¿Son buenas, son malas, son suficientes o lo contrario? ¿Qué otros recursos legales están en proyecto o en vigencia?

Bueno, la implementación de todo este tipo de leyes parece una bandera inevitable en el contexto actual para buscar estrategias que frenen este desquicio. Ahora, lo que han mostrado también, como mencionaba antes con la Ley de Bosques, es que no son condición suficiente para que eso ocurra. No es casualidad que justo cuando se trata la Ley de Humedales proliferen un montón de incendios a lo largo y ancho del país en esos lugares. Casi que pareciera que están acelerando el proceso para sacar partido de lo que puedan, antes de que sea aprobado. La Ley de Glaciares tampoco frenó las actividades de la BarrickGold, entonces independientemente de que sean un norte y que puede servir de trinchera para algunas comunidades, la limitación de la ley como forma particular de protección, de las condiciones de vida y del vínculo entre salud y territorio es muy limitada y el Estado ha mostrado grandes signos inclusive de violar sus propias leyes. Me parece que eso hay que conectarlo. Realicé una investigación en la que descubrí, entre otras cosas, que SENASA aprobaba la producción de agrotóxicos; y lo hace porque tiene la ética empresarial y se sostiene con ella. Empresas como Bayer, que están recibiendo cataratas de juicios en E.E.U.U., hacen lo mismo. Y esto porque el Estado, como decíamos al principio respecto del agronegocio, cree que esa es la forma de producción y está dispuesto a sacrificar sus territorios en pos de obtener rápidamente ciertas ganancias. Necesitamos discutir esto porque algunos plantean que riqueza y pobreza no tienen nada que ver, pero la riqueza fenomenal que se produjo en nuestro país es impensable si no es a través de la pobreza fenomenal que se obtuvo en simultáneo. Se transfirieron recursos de un sector al otro y el Estado ha sido cómplice a través de su propio boicot al cumplimiento de los tratados y acuerdos con sectores empresariales que motorizaron esto. Empresas mixtas como Chevrón-YPF, INTA-BASF o Bioceres son ejemplos del Estado buscando una lógica empresarial que le generara, a mediano y largo plazo, deterioros en los territorios. Entonces la aprobación y, sobre todo, el cumplimiento de las leyes se torna fundamental, porque los lobbies innumerables que rodean a nuestros recursos no se detienen en su búsqueda de ganancias a costa de lo que sea. Tenemos que buscar las formas de resistencia y además poner en juego otro tipo de Estado, con otras lógicas, porque de esta forma lo único que hace es proteger los negocios empresariales.

¿Qué opinión te merecen las llamadas “granjas de cerdos” que quieren instalar por un acuerdo (revisado luego de ser firmado) que el gobierno nacional hizo con China? ¿Qué ganamos y qué perdemos con eso?

Las megafactorías incluyen todo lo que hablamos. Y con el mismo personaje mediando, Felipe Solá, que estuvo involucrado en la inserción de agrotóxicos, la megaminería y todo este esquema en nuestro país. El proyecto involucra 25 megafactorías para exportar carne porcina altamente tecnologizada, cada una con 12.500 madres (es un volumen altísimo de cerdos), que ni siquiera deslizaron en qué lugares de Argentina irían, aunque sabemos que será en zonas empobrecidas porque nadie quiere vivir al lado de un megachiquero. Todos los relatos de países donde esto ya funciona hablan de contaminación por aire, agua y tierra a mansalva. Estamos hablando de un proyecto con potencial zoonótico en medio de una pandemia, que consume volúmenes de agua altísimos en medio de lugares de sequía que se arrojaron como posibles destinos. Es decir, estamos hablando de proyectos que dañan gravemente la salud. Si China quiere pagar más caro el kilo de animal no es porque nos quiera beneficiar, sino porque ellos tienen una mortalidad del 40% en su producción justamente a partir de la circulación de un virus, y están dispuestos a producir al otro lado del mundo simplemente para externalizar los costos y, sobre todo, los riegos. ¿Qué hay para perder? Todo el resto. Efectos socioambientales desastrosos, porque tener los cuerpos de agua contaminados con nitratos, nitritos, amoníaco, antibióticos, tener miles de moscas en tu casa, tener olor a podrido y tener ratones involucra una pérdida en las condiciones de vida. También incide sobre otras fuentes de trabajo, deteriorando la matriz productiva. En nuestro caso me pregunto, ¿qué pasa con la producción apícola? ¿Y con el turismo? Porque en Chile, donde la palabra “mierda” no es muy habitual, cuando hablabas con personas que vivían en zonas aledañas a esas granjas la palabra más usada era mierda, había olor a mierda. ¿Cómo vivís en esas condiciones? Porque no son sólo las arcadas, es lo que le pasa a tu salud cuando estás respirando eso. Se pierde todo, pero además son proyectos demográficos porque aceleran el éxodo de esos pueblos a los grandes cordones de pobreza de las grandes ciudades. No es casualidad que con todos estos procesos creció el Gran Chaco, el Gran Rosario, el Gran Córdoba, el Gran Buenos Aires, el Gran La Plata, etc. Así que esto, además de todo lo malo que ya hablamos, también reproduciría el modelo de la soja y el maíz, porque es lo que los chanchos comen. Y ahí se hace explícito el negocio porque se espera que aumente la producción a esos fines.

¿Cuál creés que sería el modelo más justo y acorde a nuestros recursos, posibilidades y necesidades y que pueda llevarse a cabo en el corto y mediano plazo?

Yo lo plantearía al revés: esto no es una alternativa de vida, porque es utópico pensar que este modelo nos puede proyectar algo diferente a lo que estamos observando. Este modelo no presenta ninguna viabilidad. Está sostenido simplemente a corto plazo para que ciertos sectores tengan ganancias, pero no se proyecta de ninguna manera en tiempos de vida. Los chanchos, la soja, los agrotóxicos, la megaminería, la deforestación, los incendios, la extracción marina y urbana, en todos los casos la inviabilidad con formas de vida con cierto bienestar es absoluta. Porque la única forma de obtener lingotes de oro acá, sean concretos o en forma de otros recursos, es masacrando los territorios y los cuerpos. Las otras formas son mucho más modestas, porque implican hacer de la macroeconomía algo que no sea el gran timón, pero permite poder proyectarse a otros plazos. Tuvimos gran parte de nuestro territorio quemándose y, cuando empiecen en octubre las lluvias, vamos a tenerlo inundándose. Y si nosotros creemos que hay algún tipo de viabilidad ahí, estamos fritos. Hoy estamos cumpliendo un aislamiento obligatorio que, en el caso de Capital donde yo vivo, lleva 6 meses, con una enfermedad que se sabe que tiene un origen zoonótico directamente vinculado con políticas de deforestación y de producción industrial de carnes. Si no conectamos los puntos y creemos que esto es una forma de vida, estamos perdidos. Hoy se piensa en negocios con chanchos que usan una inmensa cantidad de recursos que escasean, como el agua. Necesitamos vincular todo. Dada la inviabilidad de este modelo, de manera urgente tenemos que pensar qué otros modelos podemos impulsar, pero no alternativas, porque este modelo sólo favorece a ciertos sectores.

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