30/03/2020 4 min to read

Habitar en la pandemia

Category : autonomía, nacional, opinión

Una mirada ecológica sobre la crisis alimentaria que detonó el coronavirus.

Por Pablo Cabo.

Asistimos a un cambio global en cuanto a nuestras formas de vivir. Ante la pandemia, los gobiernos de casi todo el mundo han tomado medidas para intentar que los Sistemas de Salud Pública no colapsen. Estas medidas son básicamente de caracter restrictivo, apuntan a no circular libremente y a evitar encuentros que propaguen la enfermedad. Se espera que de esta manera los casos que necesiten cuidados intensivos puedan ser tratados en el mayor número posible.

Estas medidas parecen acertadas porque muchos hospitales ya venían desbordados y el confinamiento, además de paliar el contagio, reduce accidentes de tránsito o trabajo, que también se tratan en el hospital. Pero al bajar los ingresos de la población que no tiene un ingreso fijo en empresas u organismos estatales que puedan solventar o reconvertir los trabajos a distancia, surge el problema del abastecimiento de alimentos en algunos barrios, pueblos y ciudades. En Argentina esto se vio muy rápido y las fuerzas armadas ya reparten alimentos, arman ollas y comedores que contengan en parte la situación. El ejército, la policía y los gendarmes se ubican sobre todo en las rutas y calles de los barrios más carenciados, para evitar revueltas.

Los vecinos de estas zonas pueden, entonces, retirar raciones de alimentos, marcando un contraste con otras zonas en las que se ven acopios de lavandina y alcohol en gel, o familias que pretenden salir a vacacionar en vez de acatar las instrucciones de quedarse en casa. En cualquier caso, lo más importante es dimensionar el estado de crisis del Sistema Sanitario argentino, y no esperar de él lo que no va a poder dar.

Hay distintos posicionamientos respecto a cómo enfrentar esta nueva pandemia. Los médicos advierten que aquellas personas con el sistema inmunológico débil y con enfermedades de base son los que más deben cuidarse por lo que en algunos países se han reforzado las vitaminas y minerales como forma de prevención, pero claramente esta no es una opción que se haya adoptado a nivel nacional. Quizás haya una situación de privilegio poco obvia en las familias de los conos urbanos que apostaron hace tiempo a tener un pequeño huerto o a los grupos ecologistas autogestivos que colaboran en huertas comunitarias, ya que no padecen desabasteciminto ni emperoraron su forma de alimentación. Incluso precarizados o pobres, los que cuentan con estos recursos viven hoy una situación mucho menos angustiante que la de aquellas familias que necesitan urgentemente asistir a las ollas que brindan el ejército y las organizaciones de ayuda social.

Mientras tanto, algunas iglesias del tercer mundo se manifiestan en contra de la cuarentena, por razones más que atendibles pero poco conocidas para los sectores medios y altos: la injusticia habitacional. En los conos urbanos, villas y barrios de emergencia, las distancias mínimas de dos metros recomendadas por Sanidad son incumplibles. Si a esto agregamos que en muchas viviendas falta el agua potable o hay días en los que hay agua y hay días en los que no, también resulta muy dificil lavarse las manos varias veces, como se recomienda. La necesidad de terrenos más amplios resulta una necesidad muy evidente en estos momentos de crisis sanitaria. Cuestiones que desde hace décadas no se resuelven. Las grandes ciudades, (entre las que la Buenos Aires de Horacio Rodriguez Larreta y sus departamentos de 16 metros cuadrados es el estandarte principal), solo tienen políticas de urbanización de barrios precarios y nunca han planificado salir de esta política para pasar a una de repoblamientos con chacras en las periferias, o en pueblos abandonados por el sistema de agroindustria, que fumiga por cielo y tierra a plantas y pobladores rurales, cada vez mas escasos.

La crisis sanitaria parece confabularse con la crisis habitacional y la ausencia de una agenda ecológica real, para que los más pobres queden a expensas de la enfermedad y el desabastecimiento. Es la oportunidad de formularse nuevas preguntas en busca de una salida que no pase exclusivamente por el subsidio estatal:  ¿Es posible comenzar a cultivar y gestionar el acceso a la tierra? ¿Es retrógrado y descabellado volver a poner gallineros pequeños sin antibióticos, criar conejos y animales en las zonas libres de los barrios de emergencia con calles de tierra? ¿Son viables en Argetina los circuitos de pequeños productores que siguen en pie en buena parte de Europa? ¿Se puede repensar la vida urbana bajo algunos términos de la vida rural? ¿Existe la posibilidad de ejercer un urbanismo ecologicamente responsable? La autogestión de los alimentos en los sectores bajos es la mejor regulación de calidad posible, pero requiere un cambio de paradigma.También se necesitan Planes de Alimento Seguro y Soberano como el caso de Gualeguaychú, Entre Ríos, donde luego del trabajo sostenido empieza a haber abundancia y calidad. ¿El hambre abrirá la puerta a la letalidad del virus?.

Pasada la pandemia podremos evaluar y analizar cuales son los mejores escenarios para enfrentar las crisis que hoy no podemos contener incluyendo a todos. El mundo está cambiando, y hay distintos escenarios posibles. En estos momentos debemos tomar grandes decisiones y actuar en consecuencia, comenzar a autogestionar nuestro alimento podría ser una de estas decisiones que cambien el escenario futuro de nuestras comunidades. Otras formas de habitar en la pandemia y post-pandemia se hacen cada vez más necesarias, sobre todo en un país cuyo mayor capital sigue siendo la tierra.