Jaque a la infancia

Reflexiones y preguntas sobre el caso del niño que representa a la mayoría de los niños en este tiempo de aislamiento, abandono y violencia enardecida.

Por Romina Rocha.

A partir del cruel asesinato del pequeño Lucio Dupuy en la provincia de La Pampa durante los últimos días del mes de noviembre, las discusiones en torno al tema género se han reforzado y exacerbado durante todos estos días en una Argentina que se desangra por todos lados. Pero a pesar de algunos destacados esfuerzos por abordar el tema de manera objetiva y responsable, lo cierto es que la inmensa mayoría está esperando que haya una suerte de “venganza” sobre esas dos mujeres que, sin lugar a dudas, arrastraban la suficiente cantidad de problemas como para terminar destruyendo íntegramente a un niño de 5 años de edad.

Lo crucial que evidencia este hecho -que de aislado y particular no tiene casi nada ya que hay cientos de miles de niños abusados y asesinados en este país a los que no les conocemos el rostro ni su su nombre- es que seguimos señalando las consecuencias e ignorando (o mirando hacia un costado ante) las causas que llevan a que esta violencia siga creciendo exponencialmente entre nosotros.

Ahora, y teniendo en cuenta que el marco en el que esta discusión aparece en el ámbito público es el de una disputa desigual en torno a lo que se considera “violencia” en términos de lo “políticamente correcto”, si lo que pretendemos extraer de esto es que todas las banderas del feminismo están equivocadas y hay que acabar con todo lo que lo represente, entonces hemos perdido el rumbo hacia una sociedad mejor de la que somos. Porque si el eje principal de este asunto es la vida sexual de las asesinas o si se embanderaban en consignas contrarias a lo que realmente hacían, entonces tenemos que parar la pelota y volver a empezar.

Ante todo, es lógico que la reacción de las mayorías sea de absoluto repudio hacia quienes perpetraron semejante atrocidad, no hay dudas sobre lo que nos puede movilizar a nivel personal el saber los detalles del sufrimiento de un niño; pero quienes tenemos pleno uso de nuestras facultades y estamos en edad de tomar decisiones por nosotros y por los demás que de nosotros dependen, no podemos ni debemos excusarnos bajo ese manto de autocompasión. Todos estamos cansados, agobiados, violentados a diario por un modelo de esclavitud impuesto con la eterna promesa del progreso, asqueados de lo que nos enoja y necesitados de canales múltiples que nos permitan erradicar, aunque sea por un instante, la sensación de estar ahogados por una vida repleta de injusticias sin saldar.

Sin embargo, somos también los hacedores de nuestro diario vivir en comunidad, que es el que nos conforma como Nación, como Pueblo que comparte una identidad colectiva. Por lo tanto, estamos llamados a reflexionar y enconmendarnos a la búsqueda de la verdad, la justicia y el porvenir. Porque todos, sin excepción, soñamos aunque sea alguna vez que merecíamos una vida mejor, y aún si la mayoría hubiese dado por perdido ese sueño, permanece latente en nuestra existencia más primitiva, esa que el “progreso” viene a despreciar: nuestra naturaleza humana.

Naturaleza que tiene luces y sombras y que, a nosotros los humanos, nos ha regalado la posibilidad de sabernos entidades únicas e irrepetibles, parte de un conjunto particular, inmerso en una diversidad infinita. Naturaleza en la que también habitan los monstruos que el sistema se ha ocupado de potenciar: la miseria, el hambre, la segregación, el exilio, la tortura, la violación, el abuso, la perversión y todos los mecanismos y fines de las guerras en nuestra historia son el suelo en el que personas como las que fueron capaces de acabar con la vida de un niño nacen, crecen, se reproducen y mueren. Nuestro ciclo vital está contaminado desde el cimiento, y advertirlo es el primer paso para empezar a remediarlo.

Entonces tienen que aparecer otras preguntas: ¿son asesinas porque son feministas? ¿el feminismo las llevó a matar a un niño? ¿las únicas responsables son ellas? Si estamos de acuerdo en que las respuestas a estas preguntas son todas No, entonces podemos avanzar y hacer la pregunta fundamental: ¿Quién cuida de los derechos de los niños en Argentina? ¿Cuántas instancias estatales y civiles fueron indiferentes, insuficientes o incapaces ante los múltiples llamados de atención y pedidos de auxilio que antecedieron a la muerte del niño? ¿Cuántas veces se podría haber evitado este único y extremo escenario? La búsqueda de esas respuesta, irremediablemente, nos va a conducir a las causas que llevaron a que otra criatura tenga que pagar por el mal que nos están y nos estamos haciendo.

“Nos están”, porque el plan de diezmarnos tiene larga data y viene evolucionando con éxito para los grandes inversores de la inanición mundial. Pero como nunca se cansan de estar encima de los demás, también invierten en movimientos sociales como el de género, al que han convencido de que tener hijos es un acto de tortura, que ser padres es una condena y una carga que nos impide realizarnos como individuos y que todos los hombres, desde el nacimiento, son violentos porque esa es su condición natural. Y entre estos convencimientos, apoyados en fundamentos propios del liberalismo como “mi cuerpo, mi decisión”, “autopercepción” o “muerte al macho” (que en términos económicos es el que “se la banca”, sujeto al que el globalismo desprecia profundamente), terminan creyendo también que tienen derecho a no cumplir con sus obligaciones como sujetos de -precisamente- derecho. “Yo decido”, pero no me hago cargo de mi decisión, porque siempre hay alguien a quien culpar y en quién depositar esa responsabilidad. El deseo pasa a ser más relevante que la responsabilidad, y si nadie es responsable por sus propios actos, ¿quién lo es?

“Nos estamos”, porque cada uno de nosotros tiene que discernir cada día entre lo que está bien y lo que está mal, o de lo contrario sucumbir y dejarse arrastrar por una corriente que no se detiene ni se detendrá mientras sigamos existiendo. ¿Qué estamos haciendo en nuestro ámbito para atender las causas de la violencia que vivimos? ¿Escuchamos al que piensa distinto, o sólo reclamamos ser escuchados? Porque Lucios hay cada vez más, pero los que parecen víctimas son todos los adultos que tenían que estar atentos cuando todavía había tiempo de cambiar la historia.

Por lo tanto, y después de que cada uno de nosotros tuvo tiempo de explorar las múltiples emociones revueltas por la mediatización de este hecho, es hora de dejar de creer que las soluciones para una vida más justa incluyen la eliminación de otras vidas. Y aunque hay muchos motivos por los cuales es imperioso abandonar esta forma de sacarnos los problemas de encima, uno que nos incumbe a todos por igual es que ese es el mandato globalista y la justificación permanente de los poderosos, que dicen que en este planeta hay más gente de la que debería haber y por eso buscan la manera de convencernos de que la muerte como amenaza permanente es lo que nos mantiene vivos.

Pero lo cierto, lo objetivo en términos de volumen estrictamente, es que los más de 7 mil millones de seres humanos que existimos hoy entramos parados, uno al lado del otro, en una isla de 1000 kilómetros cuadrados -la Isla Soledad, en nuestras Islas Malvinas, mide 2000 km cuadrados, para que nos demos una idea-. Y lo otro que también es cierto y es objetivo es que, de seguir como venimos, no vamos a prevenir que sigan asesinando a niños con el motivo que sea.

La máxima de Eva Perón respecto de la infancia decía que “el país que olvida a sus niños, renuncia a su porvenir” y ahí no hay lugar a discusiones ni diferencias. ¿O alguien se atreve a decir que se puede desatender a los más chicos sin destruir el mañana?

Por todo esto, si no entendemos que la discusión debe ser cómo defendemos los derechos de los niños en nuestro país de manera integral, difícilmente hallemos soluciones reales y permanentes al drama de vivir con 7 de cada 10 pibes pasando hambre y 8 de cada 10 siendo víctimas de abuso sexual.

O nos hacemos cargo como conjunto de exigir y hacer lo que es justo, o vamos a seguir pidiendo las cabezas de todos los que ya la han perdido o están a punto de perderla, pero a los niños los seguiremos dejando solos y desamparados ante esta adultocracia donde todos quieren tener excusas, menos los niños que la indiferencia entierra.

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