La colonización del inconsciente colectivo

Algunas reflexiones sobre los orígenes de la oleada de hipersensibilidad y control social que nos atraviesa actualmente a nivel mundial.

Por Darío Estryk.

Barbara Ehrerich, en relación al pensamiento positivo durante la Guerra de Irak decía en su libro Sonríe o Muere: “Bush era un animador en la EEUU, una de esas personas que vive en una burbuja de pensamientos positivos. Condolezza Rice dijo demasiado tarde que había tenido dudas sobre la invasión a Irak pero que no se atrevió a expresarlas porque el presidente odiaba estar rodeado de pesimistas. Y para el tener dudas y ser pesimista era lo mismo. Nadie puso en cuestionamiento al presidente durante un año. (…) No hay forma más inteligente de reprimir las discrepancias que decirle a la gente que tiene problemas, que todo depende de su actitud y que es lo único que tiene que cambiar. Que tiene que dedicar las energías a su programa, sonreír y no quejarse. Es una forma de control social brillante (…) se usó en la Unión Soviética. Uno de los principales principios era el optimismo. Es una forma de control muy utilizadas en las sociedades totalitarias.

Podemos decir, para graficarlo mejor, que existen fases en las que se manifiesta este paradigma de la colonización del inconsciente, que se da como: “(…) producto de un pacto social de mínimos tras la derrota de las clases obreras y populares”, como sostiene el psiquiatra y ensayista español Guillermo Olmedo Rendueles. Es decir, un empate ficticio entre los vencedores y los vencidos, frente al supuesto fin de la historia que despolitiza el plano social a cambio de generar en el consultorio psicológico “un muro de los lamentos”.

Pero en aquel momento, todavía la realidad era más sólida que líquida. La cuestión se empezó a poner más compleja cuando el “pensamiento positivo” penetró y triunfó en el campo popular y la separación entre teoría y práctica se hizo muchísimo más palpable. Se constituyeron “lugares seguros” con determinados motes: antifascistas, antirracistas, feministas, etc., y se armó un tupper paralelo al sentido común. También a medida que fue avanzando la sociedad líquida fue metiendo más dinero el magnate húngaro-estadounidense George Soros en muchísimas organizaciones progresistas y de izquierda, exacerbando el sentido por el cual luchaban, pero vaciándolo de significado real. Este movimiento de intereses particulares, desde este punto de vista, dio pie a la aparición del llamado “neoliberalismo progresista”, donde la relativización total de los valores pasa a ser la protagonista de la historia. Así es como aparece la segunda fase de la colonización del inconsciente.

Respecto a esto, Mark Fisher dice cómo lo vive subjetivamente un ser: “Ser realista alguna vez significó estar a tono con la realidad experimentada como algo sólido e inmóvil. El realismo capitalista, sin embargo, implica que nos subordinemos a una realidad infinitamente plástica, capaz de reconfigurarse en cualquier momento (…)”. Y continúa reflexionando sobre cómo la memoria se hace plástica y las personas se olvidan, reseteando su cabeza todos los días como única forma de seguir saludables frente a este sistema.

Tomando esto como referencia, podemos decir que hubo una transición entre los períodos en los que la guerra mostraba con mayor claridad quiénes eran los enemigos, cuáles eran los bandos y qué se estaba disputando, hasta el momento actual donde la división nacional se hace manifiesta, entre otras cosas, cuando distintos sectores de la sociedad adoptan un lenguaje extraño, foráneo e impuesto desde arriba (en lugar de emerger desde el pie, que es donde se dan las transformaciones necesarias y espontáneas de la lengua), empujando con cada vez más fuerza la disolución de la comunidad organizada. Y a esto denominamos una suerte de “colonización del inconsciente”, donde la operación sobre las relaciones humanas penetra la materia y pasa a la intangibilidad.

La aparición de la tecnologización en todas las áreas de la vida cotidiana, los nuevos actores hegemónicos a nivel mundial, las distintas instancias en las que el partidismo político se fue diluyendo a medida que organizaciones multinacionales interfirieron en países como Argentina o España, son algunas de las partes visibles de este esquema, que tiene varias expresiones.

Por su parte, la “izquierda” indefinida optó, en gran medida, por el neofeminismo y el neoantirracismo, al tiempo que les fueron bajados los billetes a sus instituciones y delegados locales, lo que la ha convertido en la versión, a grandes rasgos, del falangismo morado. Hubo un antecedente en la época de Obama, en los EE. UU., con la denominada “infantilización de la mente americana” como bien describieron el experto en libertad de expresión Greg Lukianoff y el psicólogo Jonathan Haidt en un artículo donde hablaban de “la ola de neopuritanismo que asuela los campus norteamericanos”. En el mismo, describen la situación general alegando que “Cada vez más, el lexicón de la izquierda cultural posmoderna se convertía en mainstream: espacios seguros, microagresiones, prejuicio inconsciente, pronombres escogidos, apropiación cultural, interseccionalidad, opresión sistémica… Un ramillete de conceptos resistencialistas y neologismos orwellianos que evidenciaban una traslación sintomática: el confort moral del alumno ultrasensible como bien supremo. No se trataba, desde luego, que el conocimiento y la instrucción no fueran relevantes, pero en el nuevo ecosistema universitario, en caso de duda, había que sacrificar el temario por el bienestar estudiantil, los hechos por el wishful thinking y la incómoda verdad por la deseada justicia social”.

El Black Live Matter creado por cuatro estudiantes que trabajan para la Open Society de Soros, pasando por espontáneos, también conformaron la movida de la Social Justice Warrior y la aparición de los Antifa como su contraparte reaccionaria, golpeando en nombre de lo políticamente correcto a periodistas y gente que ni siquiera es de derecha, con armas dignas de la policía, son ejemplos de lo que emergió en dicho país. Más tarde, esta misma lógica fue bajada a España y luego a Latinoamérica con sus pertinentes “adecuaciones” culturales.

En este sentido, debemos pensar cómo empezó a arraigar esta “infantilización de la mente” en las primarias y secundarias argentinas a través de la imposición de políticas de género diseñadas por las mismas fuentes que antes mencionábamos, mientras veían por la tele la bajada de estos conceptos junto a una “nueva” ideología vinculada y promovida por quienes luego se agruparon en el colectivo “Actrices Argentinas”, quienes serían la punta de lanza del #MeToo argentino.

A pesar de lo que el tiempo nos permitió comprender sobre los orígenes e intenciones reales de estas expresiones en apariencia “espontáneas”, diseñadas a los fines de fragmentar a las sociedades desde la moral individual, la disidencia (también controlada) necesita cada tanto hacer salir con información para no perder credibilidad. Ejemplos recientes de ello son AMLO, el presidente de México, hablando en contra de la big tech o el gobierno de Cuba mencionando a Soros y denunciándolo como parte de sus problemas. Y son sujetos a los que no puede tildárseles de derecha, centro-derecha o extrema derecha, que levantan la voz para que los pueblos estén atentos a esta suerte de neoimperialismo cultural e ideológico.

Profundizando en la lógica progresista imperante, podemos comparar los métodos de la Unión Soviética con sus manuales sobre cómo tenían que pensar y sentir las personas. Erin Pizzey, una de las fundadoras del masculinismo, cuenta cómo ella hizo el primer refugio de personas maltratadas (hombres y mujeres), y cómo éste fue copado por feministas. Le destruyeron toda evidencia de cómo había logrado sacar adelante ese refugio y hacer convivir a una comunidad de hombres y mujeres con la misma problemática. La amenazaron, la hicieron exiliarse. Porque había que asegurarse de no dejar evidencia. A partir de ese momento, los refugios son exclusivamente para mujeres cuando en verdad, como dice la filósofa argentina Roxana Kreimer, la violencia doméstica es bidireccional.

En este sentido, vale preguntarse quién fue el primer difusor de la teoría de la violencia de género en nuestro país y esta persona fue Jorge Corsi. El mismo impulsó una cátedra que se basaba en dos afirmaciones: “hombre malo”, “mujer buena”. También cuenta en su historial con haber liderado una banda de pedófilos en Argentina y es la persona que le dio las bases jurídicas y mediáticas al neofeminismo del #MeToo local. Entonces, ¿quiénes deciden quién es el bueno y quién es el malo?

Nada es una definición hoy en día, todo es “realismo capitalista” como diría Mark Fisher. No se nace mujer, se hace. ¿Y cuándo se hace? No se sabe. Pero por las dudas se niega todo lo biológico porque en esta área de la ciencia se hacen manifiestos los problemas con el agronegocio y la permanencia del ser, lo que nos hace materialmente presentes. Ante este “problema” de la evidencia, mejor desconectarnos, atomizarnos y hacernos virtuales. Barbijo, distanciamiento social, y buchonear al vecino en nombre del “bien”.

Para cortar con este ciclo anticomunitario que vivimos, es necesario el retorno a los lazos sociales reales y el abandono del victimismo, que dice que tu mérito intrínseco es haber sido víctima de algo (lo que sea). Porque las respuestas están, existen, el problema es que la manipulación y la sobreinformación que todos sufrimos nos hace creer que no hay salida a este laberinto.

Por último, podemos pensar cómo las redes sociales se erigieron ante la degradación del tejido social, suponiendo un no-lugar, la desterritorialización y el desencuentro con el magma de los conocimientos del lugar o saberes populares. Por eso el encuentro de redes sociales pueden ser en un primer momento, pero luego no queda otra que pasar al cara a cara si se quiere avanzar ya que el esquema dentro de ellas está planteado para ir consumiendo las instancias reales de desarrollo humano.

Esto se puede ver en el fenómeno de los emprendedores. De repente personas que se quedaron sin laburo son preparados para ser “pequeños empresarios”. Tienen una marca personal. Hoy la identidad es una marca personal y ella requiere, cada vez con más contundencia, la anulación de la humanidad: las canas, las arrugas y las imperfecciones deben ser eliminadas para que el “producto” sea más rentable. La cantidad de matices que puede tener esto, es la negación dialéctica de que hay necesidades en gran parte de la población insatisfechas. Y a menudo cualquier pensamiento humanista trascendental, que todavía crea en la importancia de lo familiar y lo común y no sea expresado en la neolengua inclusiva, es negado y hasta clausurado.

Por ello, necesitamos profundizar en el análisis de lo que nos viene ocurriendo para discernir entre lo que emerge entre nosotros como necesidad de este tiempo, y lo que nos imponen desde afuera para que perdamos de vista cuáles son los verdaderos problemas que nos atraviesan y que debemos atender, antes de que sea demasiado tarde.

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