20/07/2020 2 min to read

La Ley de agrotóxicos llega 25 años tarde

Category : nacional, opinión, salud, trabajo

Un análisis sobre un proyecto de regulación que debería haberse implementado en 1996.

Por Pablo Cabo .
Foto Nancy Giampaolo.

En medio de la crisis por Coronavirus se está presentando nuevamente una Ley de manejo de agrotóxicos que intenta limitar la aplicación sobre poblaciones rurales, escuelas y tejidos urbanos. La Ley tiene su antecedente en una propuesta del ex senador y actual diplomático Pino Solanas y busca reducir los daños que producen las fumigaciones en los campos y zonas rurales de Argentina. Si este proyecto se hubiese presentado en el año 1996 del siglo pasado, podría entenderse como una iniciativa con vistas a cuidar a la población rural y urbana en general. Al ser presentado luego de 25 años de la implementación del modelo de agronegocios nos genera la sana sospecha que estamos ante un escenario de “emprolijar” el modelo y de ninguna manera cuestionar su esencia: regular el uso de un modelo que ya hizo estragos no cambia demasiado las cosas. Así es como hay párrafos notables donde se prohíbe expresamente fumigar a los niños, (ya sea a los niños banderilleros o a los niños de escuelas y de zonas), pese a que es algo que ocurre con la anuencia de distintos gobiernos hace un cuarto de siglo.

Es inocultable todo el daño producido por el modelo de los cultivos asociados a paquetes de agrotóxicos, tanto en vidas humanas y animales, como en el desplazamiento forzoso de poblaciones enteras por el uso intenso de maquinarias (avionetas, grandes tractores, maquinas cosechadoras, etc). La ley, aún no del todo aprobada, expone, sin querer, a toda una industria que ha generado el desarraigo de muchas familias que antiguamente trabajaban en el campo argentino. Para colmo, llega a destiempo y no es más que un parche en un barco que hace mucho que ha perdido el rumbo. No estamos contra este proyecto de ley, pero como defensores de la ecología, la soberanía alimentaria y la búsqueda de un equilibrio entre urbanidad y ruralidad, nos sentimos obligados a ubicarla en el contexto argentino actual. Los escenarios posibles de un futuro post-pandemia deberían instar a los gobiernos con grandes territorios despoblados a acercarse más a la vida rural y rural-urbana y a replantearse la necesidad de repoblar los pueblos abandonados y las líneas ferroviarias que este mismo modelo cerró. Persistir en la economía neo-colonial fundada en los intereses de multinacionales es lo contrario de soñar una Patria para todos, con un modelo agrofamiliar de arraigo al suelo y sueños por los que jugarse.