“La libertad de morirse” en la elección (forzada) del adicto

Luego de lo acontecido con la cocaína adulterada y sus esquirlas expresadas en debates éticos y morales sobre el consumo, algunas reflexiones desde el psicoanálisis para dimensionar una realidad en la que todos, de formas distintas, podemos ser el adicto al que estamos señalando.

Por María Eugenia Nasso González, psicoanalista.

En su seminario sobre “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” Lacan trabaja los conceptos de alienación y separación como estructura y movimiento de la condición subjetiva en relación con la realización del deseo. Explica allí la alienación que funda al sujeto en su dependencia del Otro, recurriendo a las figuras hegelianas del amo y el esclavo y la llamada lucha por el reconocimiento. Así, el esclavo y el amo son metáforas que permiten acceder al entendimiento de algunas de esas cuestiones que en psicoanálisis nos afanamos por esclarecer cuando intentamos asir algo del lazo social.

La alienación, siguiendo a Lacan, es una condición estructural y, por lo tanto, lógicamente necesaria de la subjetividad: por el hecho de hablar, el sujeto está alienado a los significantes del Otro, al discurso del inconciente (discurso del Otro.) Esta alienación, explica, se sostiene mediante lo que él llama una “elección forzada” entre dos polos que se presentan para el sujeto como prendas a elegir, sujeto a quien Lacan representa con la figura del esclavo. Veamos: el esclavo tiene que elegir entre la libertad o la vida, elección que no puede sino resultar en la opción por la vida, lo cual implica la pérdida de la libertad. Si elige la libertad, pierde la vida, pero si elige la vida, será una vida cercenada de libertad. ¿Por qué decimos que se trata de una elección forzada?

En primer lugar, porque – siguiendo a Hegel – esta es la esencia de su relación con el amo, una relación de reconocimiento. Si es reconocido por el amo, lo es en tanto que esclavo que ha elegido sobrevivir y, por lo tanto, le pertenece al Señor perdiendo por eso su libertad. Digamos que no está habilitada la opción de no elegir una opción; si el esclavo sobrevive es porque ha elegido. Al mismo tiempo, la elección resulta forzada por una segunda razón, lo cual muestra la esencia de la paradoja: la elección por la vida es obligada, pues “no hay libertad sin vida”, es decir que si pretende conservar su ser, debe vivir. Por su parte el amo (que en la topología lacaniana corresponde a lo que se llama el campo del Otro), también está forzado a una elección aunque los términos de la suya son diferentes. En el caso del amo, de lo que se trata es de elegir entre “la libertad o la muerte”, siendo la suya la elección por la muerte, de allí se desprende aquello de “la lucha a muerte por el puro prestigio” en la prosa de Hegel.

¿Por qué? Es lógico que supongamos que, en este caso, la elección de la libertad bien admite conservar la vida renunciando a la muerte, los términos de la elección lo permiten. Pero el amo, si quiere diferenciarse del esclavo, es decir, hacerse reconocer, no puede basar su elección en aquello por lo que el esclavo lucha, a saber, su libertad. Dicho de otro modo, si el amo no quiere mezclarse con los esclavos, y he allí una elección forzada por su condición, no tiene más opción que elegir la muerte. No se trata de la condición de mortal del amo por la cual debiera admitir su finitud; al fin y al cabo, de lo que se trata es de la elección. Digamos que “la libertad de morirse” es un atributo propio del amo, denegado al esclavo en tanto su condición es ser propiedad del primero; es decir, el esclavo no puede elegir morirse pues su vida no le pertenece y es, por lo mismo, alimentado y mantenido con vida como objeto de propiedad.

Estudiantes protestando en las calles de París, 1968. Mayo Francés.

Es interesante la observación que desliza Lacan, sin explicitarla demasiado, respecto del destino del trabajo que ha virado de la condición de esclavitud hacia el proletariado, allí habla de “la libertad de morirse de hambre” como emblema de la revolución, que no sustrae al sujeto de la alienación, sino que la tuerce haciendo del trabajador uno que ya no tiene garantizada la supervivencia más que por su propio esfuerzo. Es la salida de la esclavitud por el lado de la alienación del amo: se hace dueño de sí mismo haciendo pasar su elección por la muerte. Dicho de otro modo,  la libertad del esclavo no tiene más remedio que conducirlo nuevamente a una forma de alienación. ¿Diremos, entonces, que no hay libertad posible? Podemos decirlo, tal vez debemos hacerlo. Sin embargo, hay un camino expedito para el sujeto, aunque distinto de la libertad, en lo que se llama separación. La alternativa a la alienación no es la libertad, sino la separación como movimiento subjetivo posible, allí radica la ética del psicoanálisis, según la cual un sujeto pueda advenir encontrando un punto de diferencia respecto de las condiciones de su alienación.

¿Y esto cómo se relaciona con la “libertad de morirse” en el adicto? Según este ejercicio reflexivo indica, la adicción señala a un sujeto alienado en un movimiento de torsión o de escape en el camino de semblantear al amo. “Se hace el amo”, podríamos agregar, abrevando un sinfín de imágenes conocidas en el estilo del adicto (sólo por mencionar una, está aquella frase renegatoria[1] que dice “la dejo cuando quiero”). Desde esta óptica, queda claro que la elección del consumo es una elección forzada y, por lo tanto, sin ninguna libertad. La etimología viene a darnos su apoyo cuando nos señala que el vocablo “adicto” proviene de la forma latina “addictus” que significa “dedicado, entregado, adjudicado legalmente a otro”. Mediante el recurso de la sustancia, el adicto busca una libertad que no existe y busca, siguiendo a Hegel, diferenciarse del esclavo dentro de los márgenes de la alienación. En el campo de la psicología suele estar muy aceptada la idea de que, mediante el consumo, el adicto lo que busca es “evadirse” y, aunque no habría un desacuerdo general con esa idea, sí podemos afirmar que esa es una mirada parcial del asunto.

La relación adictiva con la sustancia no se agota en los efectos psicotrópicos que ésta genera, hay toda una modalidad y una posición subjetiva que involucra un conjunto de acciones donde los efectos de evasión son sólo una parte y ni siquiera lo más característico. El adicto moldea su vida en función de conseguir la sustancia, de usarla y de paliar los efectos que vienen después de ese consumo. No hablamos aquí del uso de la droga como conducta aislada, sino de la condición adictiva, en la que toda la vida del sujeto gira en derredor de lo que hace por el objeto, tanto mientras consume como cuando “está limpio”. Desde este lugar, podemos indicar que lo que hace el adicto cada vez que consume es llevar a la acción la libertad de morirse, mostrando (sin saberlo, por supuesto) que hay para quienes liberarse del yugo alienante de vivir, alcanza la literalidad de obsequiarse la propia muerte. No se trata de un simple inconformismo, se trata mucho menos de una partida errática del mundo insoportable. Desde este punto de vista, el desenlace mortal es sólo un efecto de otra cosa y no hay que confundirlo con la meta. Esto no significa que el adicto busca morirse, sino que se sirve de la libertad de hacerlo como forma de renegar de la esclavitud o alienación estructural con la que todos los seres hablantes lidiamos.

Porque se puede dejar de consumir unas horas, un día, muchos días, incluso años y permanecer, sin embargo, en la alienación. Otra cosa muy distinta es salir de la adicción, ya que eso implica separarse de la alienación al Otro, sin falsas promesas de libertad y por la vía del deseo, que es el que realmente puede llevar al sujeto a volver a sí mismo y, desde allí, impulsarse hacia ese afuera donde la muerte lo espera implacable.  

Lic. María Eugenia Nasso González.

[1] Renegación es un mecanismo descrito por Freud, también llamado “desmentida”, que implica que una verdad evidente es, aunque observada, tratada como no existente por el sujeto.

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