La Manteca, ese concepto milenario

Sin entrar en detalles pasteurizadores, natas y batidos, este concepto se ha escabullido, como un polizón, en los galeones colonizadores.

Por Manu Campi.

La manteca debe ser uno de los pocos ingredientes que descansa tranquilo en casi todas las heladeras del mundo; igual que una abuela eterna que encuentra en el frío su auténtica vitalidad mientras observa, con cierto desdén, cómo perecen -por voracidad o caducidad- el resto de los alimentos que con ella conviven.  

Sorteando culturas y civilizaciones, terminó por transformarse en la salida práctica que ha conocido el desarrollo gastronómico desde la base de la cocina francesa, hasta la medida justa para acompañar el plato o la receta que así lo disponga. No sólo ostenta holgadamente su propia versatilidad, sino que además es parte fundamental de la trayectoria de la civilización tal cual la conocemos. En ese sentido, se propone tan solo como una brisa longeva que supo atravesar, con cierto sigilo y con absoluta destreza, la transición nómade-sedentaria mientras bebía regularmente de la rutina que dejó la revolución Neolítica. La última glaciación fue la que entonces prometió terreno fértil ni bien recogidos sus fríos, hace aproximadamente diez mil años, entre los regentes del Éufrates y el Tigris.

Por allá entonces, un pastor, tal vez de nombre Nur, cargó una mañana cualquiera un saco de cuero con leche al flanco de una de sus ovejas y horas más tarde, batida por el propio trajín del pastoreo, volvía convertida en el primer pedazo de manteca de la historia conocida. Desde entonces, el sedentarismo tendría sus primeros hijos sumerios que incurrirían en banalidades tales como la rueda y sistemas sexagesimales. Al norte, alfabeto en mano, serían fenicias las primeras rutas comerciales del antiguo Mediterráneo.

El politeísmo fue cediendo terreno ante la urgente necesidad de poner bajo un mismo techo conceptos similares, pero sin conseguir datación lógica para con los grandes nombres bíblicos. Los grandes hitos, amparados en grandes hombres, cayeron en el único amparo posible: el firmamento.

Así fue dada de baja toda lógica y cualquier intento de alimentar la curiosidad a través del temible conquistador de todos los tiempos: el razonamiento. Siglo tras siglo, evocar tal demonio, se pagaría únicamente con la propia vida y la vergüenza sobre los seres queridos, pintaría con brea una cruz sobre el mismísimo árbol genealógico.

El libro del Génesis propone a Abraham, el patriarca guerrero (1813 a.C., Ur), hijo de Toré, ofreciendo leche, manteca y un becerro que, por las dudas, tenía preparado. Dicho artilugio responde a la visita de tres ángeles antes de que la Torá le fuera entregada en el Sinaí, lo cual exime al patriarca en caso de haber probado bocado. Éste recibe, a cambio, la profecía sobre su descendencia que, dicho sea de paso, no sería otra que la del pueblo judío.

La manteca es entonces material de ofrenda digna de cualquier deidad que aparezca de repente y sin previo aviso, motivo por el cual siempre es recomendable tener este ingrediente a mano en caso, de que se necesite de alguna profecía en cuanto a la propia virilidad.

Este espacio bíblico, lejos de Nur y de los Hijos de Anu, fue habitado por los hombres que sufrieron de cierta trascendencia oral, pero de los cuales se ha conseguido que no sean del todo humanos a falta de mayor evidencia en primer lugar, y sujetos a edición, en segundo.

El cielo, entonces, sirvió de ejemplo divino a riesgo de equivocarse, con el perdón en la mano, a cambio del diez por ciento. Nicea y su concilio harían por su parte lo suyo.

La arqueología fue, en ese sentido, una especie de transporte que llegó tarde en donde el homo sapiens, por pereza y rentabilidad, inclinó la cabeza hacia arriba sin demasiadas preguntas ante la enorme falta de respuestas. Sin embargo, quiso el destino que la curiosidad ganara los mares; concepto fenicio atendido con notoria eficacia y prosperidad.

La Mesopotamia antigua se expande y compra, vende, negocia y navega. El destino de la manteca ya está escrito, sin ser más que otro accidente culinario aún más longevo que el propio concepto de civilización. El mundo antiguo, antes de recogerse de mangas, supuso a la manteca como una cuestión meramente bárbara, en clara referencia a su propia implosión, colmando de culpa y cargo a quienes estaban solo a la vista del rabillo del ojo.

El tiempo camina ancho como un brabucón que no tiene más miramientos que los intereses propios. La Edad de Hierro Germánica pone de rodillas, entre teutones, burgundios y visigodos, al último vestigio del Imperio romano de Occidente. Europa Central corre ya con la suerte del libre albedrío.

El pozo medieval andará protestando un milenio, en tanto Escandinavia entrega sus hijos al Mar de Barents y los soles de Ulfberht, “comedores de manteca” (Anaxandrides s IV a.C.), dioses del fiordo y de sal, son ahora Vikingos que se convierten en los grandes exportadores de manteca de Occidente.

Hoy en día, en el Museo de Arqueología de Stavanger (Noruega), se puede ver, sobre un modesto altar, un pedazo de manteca de mil seiscientos años. El Museo Nacional de Irlanda ostenta la misma suerte con veinte siglos de historia desenterrados de una turbera, quizás como ofrenda divina, aún comestible.

Sin entrar en detalles pasteurizadores, natas y batidos, este concepto se ha escabullido, como un polizón, en los galeones colonizadores. Igual que la misma viejita que entraba todas las mañanas a mi habitación, con manos rugosas y sonrisa postiza, a traerme un pan untado con sabor a aquel pastor milenario. Yo, de puro mocoso, nunca le di las gracias.

A mi abuela Ema. 

(Nota publicada originalmente en la versión impresa y digital de Diario El Argentino)

Te puede interesar...