La responsabilidad por la infancia

Algunas reflexiones urgentes sobre lo individual y lo colectivo, en tiempos en los que los niños son asesinados por quienes debían cuidarlos.

Por Eugenia Nasso González, psicóloga.

“Si tuvieran un poco de paciencia y quisieran que nuestros impromptus continúen, les diría que la aspiración revolucionaria es algo que no tiene otra oportunidad que desembocar, siempre, en el discurso del amo. La experiencia ha dado pruebas de ello. ”A lo que ustedes aspiran como revolucionarios, es a un amo. Lo tendrán.”
(Jacques Lacan, discurso en Vincennes del 3 de diciembre de 1969.)

Un niño de 5 años fue muerto a golpes por quienes debían garantizarle el bienestar. Este hecho nos conmueve de tal manera que genera emociones difíciles de soportar y que parece buscar el alivio en el desparramo de culpas soltadas a discreción. Mientras estamos horrorizados, enajenados, embargados por la bronca y el dolor, no somos responsables de lo que hacemos o decimos, total la culpa, ya sabemos, la tiene otro: las minorías sexuales, los subgrupos sociales, el patriarcado, los funcionarios, el credo, el ateísmo, la televisión, y un largo etcétera. Y la atrocidad nos es tan inexplicable que la caza de brujas no termina nunca, porque es directamente proporcional al espanto que no logramos exorcizar. Así, resultamos exentos de toda interpelación, porque ninguno es capaz de semejante aberración, y sin embargo esto ocurre con más frecuencia de la que elegiríamos tener noticia. Entonces, ¿quiénes son capaces de semejante atrocidad? ¿Se trata de seres de otra naturaleza que la nuestra? ¿Qué podemos reflexionar acerca de la violencia de nuestra condición humana y, por sobre todo, la que se actúa en el lazo social que nos lleve hasta un lugar más allá de la “catarsis” colectiva?

En primer lugar, existe la necesidad de abrir un espacio donde trascender la llamada “opinión pública” para ir hacia el ejercicio de pensar públicamente, ya que al exponer nuestro pensamiento nos disponemos, a su vez, a la consideración del pensamiento de otros y de esa forma es posible revisar lo que nos pasa alumbrando más interrogantes y mejoradas posiciones que las que detentamos en soledad o por copy-paste de la indignación generalizada.  Luego, habremos de comenzar a diferenciar la dimensión de la culpa para abrir la interrogación por la responsabilidad, lo cual no quiere decir que no existan culpables, por supuesto. Pero será la justicia quien los identifique y los juzgue, además de la sociedad.

Y para que esto resulte fructífero, debemos establecer la diferencia entre culpa y responsabilidad. Esto, en principio, obliga a abrir la dimensión de un tiempo que se abstenga de la inmediatez, para alojar las incertezas antes que elaborar el catálogo de las estigmatizaciones y de las categorías nosográficas que irían a dar la respuesta a la pregunta de por qué pasó lo que pasó.  Aquí la categoría es la dimensión humana, en la que ingresamos todos los seres hablantes y por eso mismo estamos todos bajo la lupa, estamos todos en el banquillo. ¿Esto significa caer en la falsa modestia de decir “somos todos responsables”? No. De hecho, es todo lo contrario.

Jacques Lacan

Cuando hablamos de culpa estamos frente a un hecho ya acaecido, pero cuando nos preguntamos por la responsabilidad abrimos la dimensión de un tiempo que se despliega hacia atrás y también hacia adelante. Si empezamos a interrogar por la responsabilidad, hacemos mucho más que preguntarnos por la fatalidad: estamos alumbrando toda una posición que nos toca en tanto adultos y que va mucho más allá de evitar el daño, pues se trata de interrogar a quienes están en situación de ofrecer a los niños el soporte de su existencia sin la cual no pueden sobrevivir ni desarrollarse en plenitud.

La responsabilidad es siempre del adulto en tanto el niño aún no está en condiciones de responsabilizarse por sí mismo. Por eso esta dimensión es más amplia y no es equivalente a la de la culpa. En la culpa alguien hizo algo y es punible, en la dimensión de la responsabilidad se vislumbra también el ejercicio del bien hacer que no se extingue en una acción, sino que se perpetúa hacia el porvenir en una continuidad que exige la revisión permanente de las propias acciones. Pero, además, la responsabilidad no se limita a la acción de algunos, sino que involucra al conjunto de la sociedad.  ¿Por qué? Porque el destino de la infancia debe ser un interés primordial en cualquier grupo humano que pretenda trascender culturalmente y como especie, o al menos debería serlo. Y para ello se requiere de adultos responsables. Acá es donde empieza a ponerse en juego cierto vaivén de exclusión entre “culpa” y “responsabilidad” pues, en la medida en que seguimos solamente señalando culpables más allá de quienes van a perecer frente a la justicia, eludimos la tarea de responsabilizarnos cada uno de nosotros.

La responsabilidad es hacerse cargo de una pregunta

¿Cuál es la pregunta que no existió para un niño de 5 años en La Pampa muerto a golpes por quienes debían amarlo y protegerlo? La pregunta necesaria es la siguiente: ¿su trágico final era la única opción para ese niño? Este caso de violencia y abuso no es como ningún otro caso de violencia por esta razón: la víctima está, por su indefensión y necesidad de cuidado, imposibilitado de prescindir de un otro que es menester localizar para él. Entonces, el asunto de la responsabilidad es mucho más extenso y no se limita a quienes son sus progenitores que, por lo que podemos deducir, no estaban a la altura de sus funciones. La responsabilidad por la infancia no se agota en la captura del agresor y su punición, acá estamos frente a una situación ineludible: el niño necesita de otro que se haga cargo de él.

Entonces la pregunta por la responsabilidad estaba antes del trágico final, fue la pregunta que nadie se hizo, tal vez porque el vicio de la culpabilidad está ganándole terreno al ejercicio de la responsabilidad. ¿Quiénes estuvieron en situación de advertirlo y promover en ese sentido una opción distinta para él? ¿Quiénes sí podían y debían asumir la responsabilidad de cuidarlo y ofrecerle condiciones de dignidad? Antes de preguntarnos por la capacidad de dar respuesta a esos interrogantes, tenemos que detenernos a analizar que muchas veces esas preguntas que no se formulan.

Responsable es quien está en situación de dar respuesta, es quien toma a su cargo la función de responder y, como siempre habrá preguntas, siempre habrá responsables. En el terreno de la culpa nos mantenemos al nivel del vocabulario jurídico y del enjuiciamiento que opera desde afuera, pero si hablamos de responsabilidad es el propio sujeto quien resulta interpelado, es el sujeto quien pasa revista de su propia situación.

Entonces habrá que localizar a otro que sí pueda asumir lo que de ninguna manera podemos delegarle al niño: la responsabilidad por el sí mismo. Porque no hay infancias en plural, sino sólo una, aquella que por su definición designa que hay un sujeto en pleno advenimiento, aún no responsable ni jurídica ni subjetivamente, que necesita de otro que responda por él. No hay infancias, hay sólo una y que en nuestra función de adultos responsables debemos alojar con sus inagotables diferencias individuales, por supuesto, pero que en el punto en donde todos los niños de nuestra comunidad son nuestra responsabilidad, en eso la infancia no puede admitir diferencias.

Desde el psicoanálisis Lacan habla de la función del Otro con mayúscula que es, ni más ni menos, ese lugar de sostén de la subjetividad en tanto no hay subjetividad posible sin que haya un Otro que aloje al sujeto. En la vida adulta, ese Otro es una función diversamente localizable aunque también necesaria, forma parte de la propia estructura psíquica que apela a un Otro como representante y soporte de su existencia. El adulto construye su Otro con sus ideales, con su religión o grupo de pertenencia, con sus amistades, con su pareja si la hay, con la concepción de Patria…  en fin, con un largo etcétera donde irán a encarnarse los símbolos de su referente. Pero en la vida del niño ese Otro no se agota en lo simbólico, ese Otro tiene que existir realmente por fuera del niño y hacerse cargo de él.

Nos tenemos que preguntar, entonces, qué pasa con ese Otro, quién o quiénes están en situación de ocupar su lugar para dar al niño lo que necesita: amor, cuidado, alimentación, educación, dignidad. Alejandro Dolina, en relación al rol del Estado, decía, palabra más, palabra menos, que el Estado es ese que distribuye los bienes entre quienes ya no pueden, todavía no pueden o por cualquier motivo están impedidos de producir los bienes que necesitan para vivir. En otras palabras: los ancianos, los niños y jóvenes y los discapacitados. Pero si pensamos en una lógica diferente que la del mercado y apelamos a la lógica de la responsabilidad, diríamos que el Estado es (o debería ser) ese Otro en situación de dar respuesta cuando el individuo no puede hacerlo por sí mismo.

Entonces, si un tutor o progenitor no puede, por las circunstancias que fueran, hacerse cargo de la responsabilidad que implica acoger un niño, es el Estado y sus innumerables representantes, quien tiene allí la posta: médicos que atendieron al niño y vieron que había una situación que era menester interrogar, maestros que seguramente observaron una situación que era menester interrogar. Y entonces lo urgente es el compás de espera, lo urgente es la demora, lo urgente no es reunir al niño (el que sea) con tal o cual progenitor en miramiento de los derechos del padre o de la madre, lo urgente era que los adultos esperen a que se haga más claro lo que era mejor para el niño. Lo que urge es demorar la urgencia de los adultos en pos del bienestar de los niños. Lo urgente es apelar a una legalidad que arbitre las demandas y argumentos con que los adultos muchas veces defienden supuestamente el bienestar de esos niños. Esa apelación a la legalidad es lo más eludido en la lógica que reivindica los eslóganes del “¡Ya!”, esa apelación es fundamental porque los niños, no responsables aún de sus propios destinos y acciones, no pueden ejercer en nombre propio la defensa de sus derechos, necesitan para ello de nosotros, los adultos y no siempre el adulto más cercano al niño es por esa razón quien más capacitado está para representar esos derechos.

El ejercicio fundamental es, entonces, el de hacernos las preguntas y respuestas parciales que sean necesarias hasta encontrar aquella que mejor se adecue a la situación que se está considerando. Porque sólo de esa manera podremos atender a las señales antes de que sea demasiado tarde.

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