La siesta que los parió

El espacio que terminó por convertirse, sin demasiadas pretensiones, en un hecho artístico.

Por Manu Campi / @manucampimaier

Los fines de semana dejan una especie de resaca de sueño, como si fuera algo inconcluso que se tiene encima luego de determinado descanso. En líneas generales, por las noches se duerme más o menos lo que habitualmente se acostumbra y en caso de haber trasnochado, se dormirá un poco más por la mañana, pero no mucho más que eso. Quien deja esta memoria física, que cuesta mínimo una jornada completa para quitársela de encima, es uno de los mejores inventos de la historia conocida: la siesta. Sus detractores no la niegan, así como tampoco la sufren o la entienden; en tanto, sus amantes beben de ella hasta saciarse, desconfiando unos de otros hasta el fin de los tiempos.

Casi merecedora de empezar con mayúscula, hay quienes, con cierta sabiduría, sostienen que no es otra cosa que un sustantivo propio. Poderosos y débiles, célibes y polígamos, creyentes y paganos, comparten la espléndida costumbre, merecida o no, del pequeño descanso. Alejada del reconocimiento, el punto consiste en aprender a dejarse llevar y –en palabras de Enoch– “sabio es aquel que sabe despertar”. Porque se guste o no, se diga lo que se diga, los buenos dormidores de siesta conocen con holgura las más intrincadas leyes físicas del tiempo y espacio: conocer el dónde, el cuándo y el cómo resulta, a lo práctico, de lo más determinante. Esta cofradía, sin otra ambición que el descanso propio, es llamada a atender un destino superior que se repite a diario e indefinidamente después del mediodía.  

Partiendo desde la imposibilidad, quizás por la pereza de conocer desde cuando la humanidad duerme la siesta, los romanos recogieron el guante ante la necesidad de fiscalizar el oportuno momento. El romano antiguo dividía el día en dos partes y dada la distribución del horario “la hora sexta” correspondía a la mitad del mismo. Es decir, la hora más calurosa fue entregada al reposo. Con todo, y dependiendo la estación del año, las horas no se distribuían del mismo modo variando el horario de la “sexta” entre la una y las tres de la tarde.

San Benito de Nursia (Nursia 480 d. C,) más conocido como San Benito Abad, patrón de Europa, tal como dicen las escrituras, fue quien homologó este momento del día destinado a tal fin. Los españoles, por su parte, se atribuyen históricamente su invención, pero esto es tan falso como que las pastas son italianas. Por desgracia, España es el país europeo que menos descanso tiene en relación al trabajo, lo cual no quiere decir que no cuente entre sus filas de grandes siesteros.

La ciencia, que había mirado para otro lado durante tanto tiempo y no tuvo más alternativa que tomar el toro por las astas, terminó por resolver lo siguiente: “…que ante el avance de la cantidad de personas que capitalizan este horario con total destreza, no solo no representan ningún tipo de amenaza al orden mundial establecido, sino que además es de lo más saludable”, siendo no solo “beneficiosas porque nos hacen sentir menos somnolientos y más alertas, sino que, además, mejoran nuestro funcionamiento cognitivo, los tiempos de reacción, la memoria a corto plazo e incluso nuestro estado de ánimo”. Aristas y pormenores científicos, Vol. II.

Pero no solo es una cuestión exclusivamente humana: hasta el momento se ha computado que el 85% de los mamíferos echan pequeñas siestas a lo largo del día. Investigadores de la NASA comprobaron que los astronautas mantenían la lucidez y la buena disposición después de dormir una siesta tras una mañana de intenso trabajo. Dicho esto, despertarse mirando la Tierra desde el espacio parece resultar de lo más ameno.

Con la religión y el arco científico en utópico acuerdo sobre esta necesidad, la siesta terminó por oficializarse dando como resultado siete tipos de siestas aceptadas: La siesta programada, se planea con antelación y antes de sentir cansancio. La de emergencia, consiste en una cabeceada precisamente cuando es muy costoso mantener los ojos abiertos y permanecer alerta; son habitualmente vistos los oficinistas sentados en tapas de inodoros durmiendo, a troche y moche, restándole importancia al escatológico olor vecino. La habitual, es el tipo de siesta que también se planea con antelación, pero a diferencia de la programada se realiza aproximadamente a la misma hora todos los días. La siesta de la energía es la más corta de ellas, pero lo suficientemente duradera para mejorar la concentración y la productividad. Con apenas diez minutos producen mejoras inmediatas en la latencia del sueño, la somnolencia, la fatiga y el rendimiento cognitivo. Si la siesta dura 20 minutos estas mejoras se sienten apenas media hora después, con una duración de hasta dos horas más. En la de 30 minutos, el organismo entra en la llamada etapa II del sueño, donde se entra en la fase de sueño profundo. Si la siesta no se prolonga más allá de este tiempo, se podrá evitar la sensación de aturdimiento o interferir en el sueño nocturno. La siesta de 60 minutos sugiere que dormir más de 30, y menos de 90, puede aumentar el riesgo de despertar con la inercia del sueño, dando lugar a una sensación de atontamiento similar a una resaca. Sin embargo, las siestas de 60 minutos han demostrado ayudar a sentir rejuvenecimiento, e incluso mejora los recuerdos de hechos, caras y nombres, además de impulsar un estado de alerta hasta 10 horas después. La siesta de 90 minutos, mejor conocida como “cerrá todo” o “si nos vimos no me acuerdo”, produce que el organismo entre en todas las etapas del sueño ayudando a despejar la mente, mejorando la recuperación de la memoria.

Repasando muy por encima las virtudes que ofrece de manera gratuita tal remolón, la salud es asunto que también merece ser tratado: previene las cardiopatías, reduce la tensión arterial, facilita el aprendizaje, aumenta la concentración, estimula la creatividad, facilita resolver problemas, mejora los reflejos, favorece la abstracción, fomenta la positividad y mejora el estado de ánimo. Si bien la mitad de lo mencionado escapa al conocimiento popular, que favorezca, facilite y fomente, se comprende como de absoluta relevancia.

Mozart, Voltaire, Franklin, Freud, Edison. Son solo algunos de los grandes dormidores de siesta, pero, y si se quiere salir del busto de mármol, en cada familia, en cada barrio, en cada grupo de amigos, etc., hay uno, sino más, que gozan de tamaño privilegio. En Paternal, Paco Barrani, un vasco de voluntad inquebrantable, hincha de Ferro y fanático de la mayonesa, todavía persiste en la memoria de vecinos, familiares y amigos como quien, de manera intachable, entregó su vida al placer de las tardes; algunos sostienen que el vasco no murió, sino más bien, está durmiendo su siesta. La turca Irene, de la calle Piedras, perseguía a los niños a escobazo limpio si alteraban el curso natural de las cosas. Los ejemplos abundan como el espíritu genético que, generación tras generación, heredan de facto la posibilidad de acurrucarse ni bien pasado el mediodía. Volviendo al núcleo familiar, la línea más dura de los estudiosos ha descubierto, para el espanto de algunos, que dormir la siesta es un hecho meramente genético y hereditario. De esta manera, es comprensible que quienes no conviven con este deseo denuesten, por envidia e impotencia, a quienes andan por la vida abundantes de ingenio genealógico.

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