04/01/2020 3 min to read

Los dos Papas: el fin y los medios

Category : cine, historia, opinión, reseña

Reseña filosa, por Paula Rivas.

¿Por qué Netflix, definida por el perfil progresista de sus productos, arremete con una película laudatoria del catolicismo como lo es Los dos Papas?

Dirigida por el famoso brasileño Fernando Meirelles, innecesariamente extensa y jactándose de estar “basada en hechos reales”, la producción apunta en todo momento a remarcar las virtudes de los dos últimos máximos pontífices de la Iglesia Católica, pese a sus diferencias. Se repasan algunos aspectos de la vida de Jorge Bergoglio y de Joseph Ratzinger a través de un ir y venir en la historia de cada uno de ellos, en el que la reflexión sobre lo vivido es el eje ordenador de aquello que los reúne en el momento central de la película, que es un supuesto encuentro que tuvieron Benedicto y Bergoglio en el que aparentemente quedó resuelta la consecución del papado.

Resulta interesante desmenuzar este film con una mirada macro, que tiene que ver con la relevancia de Francisco en los tiempos que vivimos pero que, a la vez, se vincula con la disputa por la fe, que es la guerra más antigua que atraviesa la humanidad.  En este caso, desde la empatía y la intimidad, Los dos Papas intenta mostrar la dimensión humana de ambos protagonistas en momentos claves de su vida y la superioridad de Francisco a la hora de aggiornarse a los tiempos.

Uno de los puntos que interpela especialmente a los argentinos es el accionar de Bergoglio durante la dictadura cívico-militar-eclesiástica: en la película se lo justifica y exculpa mediante la gran actuación de Juan Minujín y algunas imágenes de archivo estremecedoras. Luego, como sucede en muchos otros largometrajes de Netflix, los guiños y la forma casi naif de presentar a dos hombres que se enfrascan en una búsqueda permanente de acuerdos y consensos, resultan efectivos a la codiciada categoría “para todo público”. Pero hay que destacar que aunque la escasa riqueza argumental que tienen los diálogos entre los dos Papas es notable e incluso y, por momentos, irritante (¿por qué, con la formación eclesiástica que ambos hombres detentan, deberían ser verosímiles las conservaciones casi infantiles sobre Dios y la humanidad?) las actuaciones son verdaderamente espléndidas.

Y con ese combo que contiene buen archivo, actores de fuste, locaciones reales y altas dosis de sentimiento, Netflix busca llegar a espectadores al que sus típicos contenidos acordes al globalismo cultural, las agendas de las minorías y la vindicación del cuerpo por encima del espíritu no pudo cautivar.

Con esta película, la plataforma de contenidos que más creció en tiempo récord no hace otra cosa que ponderar positivamente la imagen de Francisco luego de años de sistemático trabajo de destrucción de la misma por todos los flancos sin hacerlo mediante una apuesta sorprendente o comprometida, pero llevando al espectador a participar de la intimidad de dos personajes que representan a una enorme parte de la humanidad.

Anthony Hopkins (Benedicto) y Jonathan Pryce (Bergoglio) hacen sonreír y emocionar más allá de dónde estemos poniendo nuestra atención al mirar lo que nos cuentan. Ambos generan climas muy acogedores y por ahí pasa todo el relato, por la manera en que cada uno de ellos está contemplando la historia para definir el futuro. En este sentido, la invitación a reflexionar un poco más allá es un ejercicio saludable, porque incluso desde la ficción cada vez que nos sentemos a mirar de dónde venimos para decidir hacia dónde queremos ir, estaremos haciendo uso de nuestra voluntad de elegir.

Quizás lo mejor en cuanto a Los dos Papas sea buscar el equilibrio entre el mensaje de esperanza que emana y la atención sobre los motivos por los cuales Netflix hace este trabajo de limpiar la imagen del Papa, cuyos preceptos son constantemente vituperados en casi todas sus otras producciones.

Lo más probable es que se busque ir invitando a los católicos más ortodoxos a meterse dentro de la plataforma, captar la atención de aquellos que se resistieron a consumir los productos que juzgaban contrarios a su fe, ir acostumbrándolos a conciliar con los tiempos que corren.