05/11/2019 8 min to read

Los pícaros

Category : literatura, nacional, opinión, reseña

Repasando parte de la obra del “Turco”, algunas consideraciones sobre qué es la picardía en la Argentina de los que señalan a unos y se olvidan de los otros.

Por Juan Federico von Zeschau.

“El mercado, un grupo de atorrantes”.
Jorge Asís.

“Rosqueta elucubraba: el 20 de junio, cuando regrese Perón, van a ir a Ezeiza, aproximadamente, tres millones de tipotes. ¿Y yo no voy a agarrar ningún mango? No puede ser; todos andan entreverados en alguna rosqueta y yo no puedo quedarme quieto”. Con esta premisa arranca Los reventados (1974), novela de Jorge Asís donde un grupo de buscas intenta pegar el zarpazo vendiendo fotos de Perón ―que ellos creen inéditas― durante su fallido retorno a Ezeiza. Quien nos habla es Rosqueta, inversor de poca monta que financia a unos parias vinculados a la política de refilón, más por necesidad y ganas de enriquecerse que por vocación. Con el currito de las fotos tratan de abandonar la miseria, y la astucia de los sobrevivientes es lo único que los asiste. Son chantas y atorrantes. Son pícaros.

El sello picaresco de su bandita de reventados es una marca registrada de Asís. En la famosa Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980), Rodolfo Salim es un charlatán que solo habla de política para chamuyarse a Samantha. En el cuento Las FAC (1975), un veinteañero participa en las Fuerzas Armadas Culturales (FAC) con el único fin de ridiculizar ―consumo irónico, se diría ahora― a la militancia comprometida de los años setenta. En el relato El infiltrado (1984), un joven incursiona en los círculos de izquierda solo para poder coger con una militante comunista. En la picaresca de Asís, quien se mete en política lo hace para sacar unos mangos, cogerse a alguien o reírse de alguien. O todo eso junto. La política es un medio, nunca un fin.

Nacidos en el Siglo de Oro de la literatura española, Los Pícaros, con su moral ambigua y su astucia lumpen y simpática, funcionaban como sátira de las gestas caballerescas. En plena modernidad, Asís mantiene el mismo esquema: sus personajes son, por lo general, de origen humilde, antihéroes que se ríen de la sociedad entera, estafadores como Willy (Los Reventados) o cínicos como Rodolfo Salim (en varias novelas). Al igual que en El lazarillo de Tormes, prima el individualismo y la viveza, el uno contra todos y, en suma, la búsqueda del interés privado sobre el colectivo. A la política, como a otros cotos de caza, se va a pegar el zarpazo, a manotear lo que se pueda. Creerse el verso es de gil. Y ser gil es sinónimo de acercarse a militar genuinamente, casos contados y periféricos en la literatura de Asís, un intrascendente telón de fondo. Es Samantha militando en una agrupación de izquierda, son los jóvenes de Montoneros que putean a los reventados que quieren venderles fotos y lucrar con ellos, o son los pibes que participan del Cordobazo en La manifestación (1971). Ellos representan a los puros y los castos, según las coordenadas literarias de Asís y, por eso, no hay que dudar en burlarse de su inocencia.

Vivir de la política

Cuando se trata de política, Asís tiene un punto: los pícaros y los buscas abundan. Y esos son aquellos que, parafraseando a Weber, quieren vivir “de la política” en lugar de “para la política”. Quien vive de la política aspira a utilizarla solo como medio de fines egoístas, se trate de guita, sexo o prestigio: es el caso de Abdel, protagonista de Don Abdel Salim, el burlador de Domínico (1972), un abogado sin escrúpulos que se hace pasar indistintamente por radical o peronista para reclutar clientes y luego estafarlos.

Ahora bien, según cierto sentido común, quienes carecen de recursos económicos, es decir, los que están en las fronteras del sistema o no tienen una empresa o una renta, son los más proclives (por una cuestión de incentivos y necesidad) a conformar el grupo de los que se acercan a la política para lucrar con ella. O sea, los pícaros, o, en su caracterización literaria tradicional, los pícaros humildes. Siguiendo este esquema, basta transpolar las ideas de Weber al escenario ficcional de Asís para que la figura del pícaro encuentre entre los marginales y los plebeyos su principal cantera. Y si avanzáramos un poco más podríamos sugerir que en la actualidad, según ciertas voces, de ese mismo lugar provienen, por ejemplo, los piqueteros o aquellos militantes rentados que tratan de vivir de la política cobrando un plan social o un salario por un cargo político, en un contexto económico adverso que promueve la chantada.

¿Esto justifica la astucia y la trampa para conseguir beneficios individuales de la política? ¿Esto expía a Willy o a Rodolfo Salim en las obras de Asís? Para nada. Y, además, claramente la picardía excede a los sectores humildes, como bien exhibe el universo literario de Asís en una lectura más atenta. Rosqueta, por ejemplo, no vive una difícil situación material y, aunque de bajo vuelo, se podría decir que es un empresario. Los sectores más empobrecidos no son entonces los únicos que buscan vivir de la política. Y Asís, con la introducción de personajes como Rosqueta, se burla del lugar común en el que caen tanto liberales como no pocos progresistas biempensantes a la hora de definir un mapa sociológico de la política argentina: roba, casi exclusivamente, quien no tiene.

Roban pero hacen

Roban los peronistas, se cansaron de repetir los multimedios. Roban aunque hagan. El bolso de José López lo demuestra. Roban desde los piqueteros de Juan Grabois hasta los militantes de La Cámpora. ¿Y por qué roban? Porque viven de la política, no para la política. Son pícaros. Pero, ¿es lo mismo hacer trampa para gambeatear el abismo de la indigencia que hacer trampa para beneficiar a las empresas energéticas a través de un puesto ministerial en el Estado? Tal vez lo que la figura típica del pícaro representado en la literatura de Asís logró anticipar es esa variante, ampliando la definición del pícaro: ¿y si los tradicionales elementos de marginalidad y pobreza del pícaro que apuesta a vivir de la política (y, en última instancia, de los recursos del Estado) fueran no solo incorrectos sino también inútiles como categorías? Los textos de Asís, el principal narrador de la política argentina, aventuran -pero solo en parte- la ampliación del concepto. Rosqueta, uno de sus personajes más atractivos, no quiere “salvarse” (porque no lo necesita), pero sí quiere hacer plata con la política vendiendo las fotos de Perón. En última instancia, es un empresario que lucra con la militancia peronista. El paso que nunca da Rosqueta, sin embargo, es el de participar él mismo en política. Vivir para y de la política, simultáneamente. Rosqueta no avanza hacia la colonización del Estado como hicieron décadas después empresarios como Aranguren, Peña o el propio Macri. En ese sentido, el empresario que asalta el Estado para mejorar sus índices de ganancia privados es una figura que la literatura de Asís tal vez esbozó mejor que muchas otras, aunque no terminó de definir. Desde luego, en Hombre de gris (2012), el “gran empresario” de la política es retratado con agudeza. Allí, el ordinario Rosqueta parece haber evolucionado hasta convertirse en Clemente Baiocco, un sofisticado empresario que alimenta, a fuerza de profecías y caja, las ambiciones presidenciales de un gobernador. Pero Baiocco nunca pretende ocupar, él mismo, los cargos estatales.

No necesitan robar porque son millonarios

Pero volvamos a Weber. Quienes son libres económicamente (es decir, quienes no están obligados a buscar una remuneración por su labor) no requieren vivir de la política. Pero la libertad, dijo también Weber, no deriva necesariamente en un desinterés por fomentar el lucro privado. En otras palabras, tener dinero no exime de ser pícaro. Se puede ser millonario y robar.

Entonces, ¿por qué desde el 2015 Cambiemos y los grandes medios quisieron instalar que solo los peronistas eran los pícaros? ¿Cuántos Rosquetas y Baioccos hay en el actual gobierno? ¿Cuántos pícaros que en apariencia no necesitan vivir de la política lo hacen en los hechos? Lo que cobra un trabajador de CTEP por un plan, ¿qué significa al lado de lo que ganó “Toto” Caputo con las corridas cambiarias en base a su información privilegiada? Lo que obtiene un piquetero luego de cortar durante horas la 9 de Julio, ¿qué porcentaje representa de lo que ganó indirectamente el exministro Aranguren con la suba de las tarifas energéticas? ¿Y cuánto dinero perdió el Estado luego de la condonación de la deuda de Correo Argentino?

Mirado con cuidado, los pícaros parecen ser los CEOs de Shell, los “Messi de las finanzas” o los que, siendo grandes terratenientes pampeanos, se encargaron de la política agropecuaria. Funcionarios nacionales que, a su vez, solo le hablaron al mercado, “un grupo de atorrantes”, el mayor reducto de la picaresca argentina, buitres y corredores invisibilizados bajo el mote licuado de “ahorristas”, un eufemismo light que les quita toda responsabilidad por sus decisiones financieras (e incluso, los victimiza). Los pícaros están en la City y ahora también en el mostrador del Estado, no en la 1-11-14 o en La Matanza. Los mayores pícaros son los que, aun siendo libres económicamente, aun siendo multimillonarios, viven de la política y lucran de ella. Son los que, a diferencia de Rosqueta o Clemente Baiocco, decidieron dar un paso más y apropiarse del Estado, demostrando, una vez más, que la realidad supera hasta la ficción más provocadora de Jorge Asís.