Mané Tatulyan: “Parece que hoy, el acto más revolucionario es pensar diferente”

Arte, filosofía, humanismo, historia y diseño son algunos de los ejes que articula la diseñadora y escritora argentina Mané Tatulyan para reflexionar sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser en la era digital que nos atraviesa.

Por Romina Rocha.

Sos diseñadora gráfica y escritora, pero lo que destaca de tu trabajo es el enfoque filosófico, artístico y antropológico desde el que hablás cuando analizás a la comunidad global actual. ¿Cómo terminaste articulando todas estas disciplinas?

Así es, una de las sorpresas más grandes que se lleva la gente en este último tiempo es descubrir que soy Licenciada en Diseño. La realidad es que cuando tenía que elegir mi carrera estaba entre Diseño, Arquitectura o Filosofía. El diseño significaba para mí una forma de ordenar el mundo y la escritura, de entenderlo. Haber descubierto el poder de las palabras (como me gusta decir, la trascendencia de esta alquimia sistemática de formas significantes y finitas) cambió mi percepción del mundo, e incluso fue el foco durante mis estudios en diseño. Durante la carrera, este enfoque filosófico y humanista del Diseño me llevó a concebir esta disciplina más allá de la estética, como una práctica capaz de descubrir los valores esenciales de la humanidad y transformarlos en formas duraderas. Además, el creciente desarrollo en el campo de la tecnología y el auge de la inteligencia artificial me llevó a reflexionar sobre sus diversas implicaciones tanto en el ámbito del Diseño como en la sociedad en general, en lo que respecta al concepto del Ser Humano. Como resultado, decidí reorientar mi carrera profesional hacia una dirección teórica con el fin de producir un conocimiento significativo que se centre en el Humanismo en el contexto de nuestra tecnológica. Luego de terminar mis estudios, decidí sumergirme en la enseñanza y la teoría, proponiendo a repensar al Humanismo en el auge de la Era Digital, recuperando los ideales de la Ilustración, los valores de la Esencia Humana y la luz natural de la Razón (para que el futuro no diseñe humanos sino para diseñar un futuro más humano). Mi modo de entender la realidad es, ante todo, una teoría de la totalidad, enfocándome -continuando los ideales Modernos- en el hombre: la unión entre lo metafísico universal y lo real particular. 

Dentro de los planteos que hacés, hablás de transformaciones de los ejes en los que la humanidad se apoya para verse a sí misma, partiendo de que son impuestos por algunos sectores de la comunidad global a los fines de torcer los destinos del ser humano. ¿Cuáles son estos ejes y qué consecuencias podemos visualizar actualmente al respecto?

Es muy interesante cuando uno descubre que las energías mundiales de las diferentes esferas coinciden en un objetivo: erradicar cualquier tipo de excepcionalidad o singularidad de la raza humana como una categoría transcendental. La economía global borra la distinción entre hombre y mercancía, el posthumanismo borra la distinción entre hombre y máquina, el ecologismo borra la distinción entre hombre y las otras especies. Todas ellas tienen algo en común: son formas no-antropocéntricas. Todos los universales antropológicos tienen que ser liquidados, todas las premisas de la Naturaleza Humana deben ser desechadas. Todo rastro de exclusividad y singularidad del ser humano debe ser borrado, el hombre no merece ningún privilegio pues no es diferente a ninguna otra especie. Todas las categorías del Ser Humano, la identidad humana y el cuerpo humano, se vuelven tan porosas y flexibles que predisponen el ensamblaje humano-no humano. El imperativo de todas estas ideologías «post» (postmodernas, posthumanas) inaugura una mutación antropológica radical. Cuando el Yo pierde su referencia, su unidad, su estructura y su esencia, hace de sí mismo un espacio indeterminado para la modificación y experimentación constante, una forma abierta de elementos intercambiables (e interminables).

El transhumanismo es un tema que desarrollás aplicando conceptos filosóficos que permiten pensar en el flujo de las condiciones materiales y espirituales de cada tiempo hasta llegar al actual estado de situación. ¿De dónde partís para entrelazar los modelos de existencia que nos atraviesan?

Todas estas miradas posthumanistas son, en esencia, formas antitéticas al humanismo. El humanismo original, el de las nociones liberales de la Ilustración, se fundaba en las cualidades del hombre, en sus aptitudes y virtudes naturales, es decir, en su Yo natural, que se alineaba con el derecho a la libertad y el ejercicio de esa libertad. Desde el Renacimiento y las Luces, el humanismo europeo fundó toda una antropología de la potencia del espíritu humano. Pero el humanismo original es insoportable para esta visión «post», y entonces hay que deshacerse de él. El pasaje del humanismo moderno al posthumanismo postmoderno es una mutación que sólo puede resultar posible no con el «mejoramiento» del hombre sino con su deshumanización, que no es más que el proceso en el que el hombre se sale de su determinación antropológica y de todas las condiciones históricas, sociales, económicas y tecnológicas que han hecho del él un sujeto. El transhumanismo es otra forma no-antropocéntrica, pues se basa en elementos tecno-científicos-no-humanos para definir el significado del hombre y de todos los elementos que lo integran, modelos que pulverizan la noción del Yo natural y de la ontología natural. Además, es marketinizado y vendido como la «mejora» del hombre aunque es, en realidad, su desaparición. Lo transhumano no es, como se cree, más humano sino, precisamente, el desvanecimiento técnico y utilitario de lo humano, su espectro postmortem reconfigurado por la técnica. Parece que el Hombre había sido una invención del siglo XVIII, un fenómeno ya obsoleto (y además peligroso).

Y los esquemas de control, las redes y la virtualidad, ¿qué opinión te merecen? ¿Qué pensás de las herramientas digitales como fundamento de esta etapa de la historia?

Hace ya un tiempo que el concepto de panóptico resulta la mejor metáfora para describir la anatomía de nuestras sociedades. El panóptico de Bentham era ante todo una arquitectura celular, en donde a cada individuo le correspondía su celda (de la misma forma que hoy a cada uno le corresponde su teléfono celular). Digamos que hoy, nuestras celdas son digitales. Si el panóptico original trabajaba a nivel de la visión y de lo que se denomina biopolítica, nuestro nuevo tipo de panóptico opera por medio de lo digital y a través del nuevo Capitalismo de Vigilancia (como lo llama Zuboff), que se nutre de todas estas herramientas de la tecnología digital y transforma la experiencia humana en materia prima (gratuita) para las megacorporaciones y para el mercado. Estas empresas recopilan y examinan nuestros comportamientos en línea (me gusta, no me gusta, búsquedas, redes sociales, compras), que se traducen en datos que puedan utilizarse posteriormente con fines comerciales, a menudo, sin que sepamos que ese proceso está ocurriendo. Y, básicamente, con toda esta fantasmagoría de la Big Data se construye el psicoprograma individual de cada usuario (aquí a mí siempre me gusta alzar la pregunta de ¿somos usuarios o somos usados?”). Pero, ¿cómo es posible todo este mecanismo? Primeramente con la informatización del mundo (y del hombre) a través de las tecnologías digitales. Cuando la complejidad de la vida se reduce a números, datos, bits, calorías, píxeles, caracteres y likes, la totalidad del hombre se convierte en data, pasando de la concepción del hombre como máquina (hardware) al hombre como información (software). Y el éxito de la Big Data está en postular que la información extraída es equivalente al humano, es decir, cuando hay un intercambio del ser humano con su doble digital. Un intercambio que debería ser imposible.

Hablás también del arte y de lo conceptual casi como opuestos que se dirigen a un lugar de no retorno, en donde la creación y la creatividad ya no pasan por el contacto con la obra, sino básicamente sobre los conceptos que se pueden argumentar para darle un sentido a su existencia. ¿Cuál podrías establecer como punto de inflexión entre una y otra concepción? ¿Qué es el arte y qué es el concepto del arte?

Ya hace un tiempo que el arte se volvió conceptual o, incluso, virtual. El espíritu de la época es la liberación total, y como el destino del arte no puede escaparse al nuestro, también se vuelve rehén de esta liberación. Su liberación radical (paralela a la nuestra) la emancipó de toda esencia o Idea, más allá de la Estética y de la Belleza, para condenarla al absurdo de la conceptualización. De repente todos nos preguntamos qué es el arte (lo que ya es tal vez la primera evidencia de la pérdida de su sentido). Esta pérdida de significado es también la pérdida de trascendencia; y sin transcendencia, al arte sólo le queda el mundo real. Ya no responde ni a la dialéctica, ni a la historia, ni a un sentido.  Para la crítica kantiana, el arte es una extensión natural de la filosofía y, como tal, debe expresar los valores éticos de la sociedad, es decir, que es en esa apreciación desinteresada hacia lo bello en que nos desplazamos fuera de nuestras preocupaciones mediocres y egoístas. Cuando el arte pierde su espíritu, sólo nos queda el fantasma del arte. El ready-made era el primer signo de un arte virtual, pues por primera vez el sentido estaba en la idea del arte por fuera de la obra en sí, independiente de su representación objetual. Si en la abstracción el arte se libera de lo real, en el dadá el arte se libera de su Idea, por lo que sólo nos queda la idea del arte (una nueva categoría que convenimos en denominar «conceptual») que terminó por reducir el arte a operaciones mentales y conceptos virtuales. El mundo se desmaterializa en la virtualidad, el arte se desmaterializa en conceptos (interpretando su propia desaparición).

¿Cuáles creés que son las opciones de las que disponen las mayorías a la hora de confrontar con estos nuevos paradigmas? ¿Hacia dónde pensás que nos estamos dirigiendo? ¿Ves luz u oscuridad en el horizonte humano?

El mundo se volvió un lugar radical, entonces es hora de que volvamos a ser radicales. Es hora de nutrirnos con libros en lugar de información digital. Es hora de que recordemos lo humano en lugar de imaginar lo transhumano. Valorar nuestra razón natural antes que la inteligencia artificial. Es hora de pensar y, por lo tanto, de existir. Existir, para transformar. En cualquier época oscura, fue la chispa de la razón la que hizo renacer a nuestra humanidad para reconstruir nuestro presente e imaginar el futuro. Parece que hoy, el acto más revolucionario es pensar diferente. Perderse en la marea de la ideología o en el océano de la ignorancia no es más que el confort de haber derivado a otros la función del pensar, y contar sólo con el impulso de actuar. Quizás pensar de manera diferente sea un riesgo, pero es también la chispa de toda revolución. E incluso, en la misma naturaleza está oculta esa capacidad de reacción, esa energía de la negatividad, que termina dándonos un aire de optimismo. Para la mecánica newtoniana, para toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria. Entonces cuanto más crece la positividad, cuanto más crece la hegemonía de lo posthumano, más radical se hará su reacción.

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