15/06/2020 8 min to read

Matías Alinovi: “La historia de las epidemias es un policial milenario”

Category : arte, Entrevista, literatura, nacional, opinión, pensamiento crítico

“La cultura es el ámbito desde el cual se establecen los valores. La ciencia puede ser recurso, insumo, nunca valor”, asegura el autor de “Paris y el odio” e “Historia universal de la infamia científica”, entre otros títulos.

Por Nancy Giampaolo.

Muchos escritores están haciendo ficción o afines con la cuarentena. ¿Es tu caso? ¿Estás escribiendo? ¿Qué?

Me puse a escribir unas crónicas pandémicas a partir de las historias que circulaban al principio: astronautas que no querían volver a la Tierra, habitantes de los countries que contrabandeaban mucamas, vecinos a los que veía leer durante horas en sus balcones, discusiones más o menos teóricas entre filósofos. Desistí pronto, sin embargo, y me aboqué a hacer, con más tiempo, lo que había empezado a hacer antes de la cuarentena. Escribí un cuento largo o una novela corta, una nouvelle, sobre las dificultades insalvables de montar el museo de un gran escritor nacional, el Único Escritor. La nouvelle se llama: El museo de las viudas (crónica de la batalla de Burzaco). Justo antes de la epidemia había dejado preparados dos libros de cuentos. Pero cada vez me cuesta más encontrar editor. De modo que ya se verá.

En 2009 publicaste “Historia de las epidemias. Pestes y enfermedades que aterrorizaron (y aterrorizan) al mundo”. Me gustaría que hables de ese libro…

Era un trabajo alimentario. Un libro de divulgación, por encargo. Traté de ver la crónica de las epidemias como un género caracterizado, sobre todo en la antigüedad, por el hecho de que los cronistas describían lo que estaban viendo sin entenderlo para que otros lo entendieran sin verlo. Determinado por esa conciencia. Las infinitas ratas muertas que precedían siempre a la peste, por ejemplo, la desconfianza inmemorial en los barcos y en los puertos, la imputación del agua y del aire, o de los extranjeros, o aun, como en el caso de la sífilis, el hecho de que en algunas latitudes se volviera mortal una enfermedad que en otras era más o menos inocua, todas esas observaciones, registradas por cronistas inadvertidos, terminaron informando la teoría del germen. Retrospectivamente, es a la luz de ese concepto que los hechos adquieren sentido. Y a su vez, esa verdad conceptual está en todas las crónicas, y en ninguna en particular. El médico que descubre el agente causal de la peste, solo en una habitación de hotel en Karachi, Paquistán, escribe en su diario: “Ese día, 2 de junio de 1898, sentí una emoción indescriptible ante el pensamiento de que había descubierto un secreto que había torturado a la humanidad desde que apareció la peste en el mundo”. Ahora bien, las primeras crónicas sobre la peste son de Tucídides, de su Historia de la guerra del Peloponeso, del siglo V antes de Cristo. Dos mil quinientos años de crónicas y de cronistas para dar con la clave. La historia de las epidemias es un policial milenario.

En una entrevista anterior me dijiste que la lengua de Buenos Aires es de palabras castellanas y filosofía italiana. ¿Podés explayarte un poco en esa idea?

Como suele ocurrir, reconozco el fondo intencional de lo que te dije pero no la forma. Tu pregunta, sin embargo, me empujó a una arqueología involuntaria. Hace años leí una observación de Bioy en una carta a Silvina Ocampo, creo que en el libro En viaje (1967): de los italianos nos separa todo, salvo el idioma. Ni siquiera puedo dar fe, ahora, de que la observación fuera precisamente ésa: tal vez Bioy reconocería el fondo, pero no la forma de lo que estoy diciendo. Años después de leer el libro de Bioy hablé con Alejandro Dolina, por única vez en mi vida, y le repetí la observación, pero al calor de la charla improvisé una coda: y con los españoles nos une todo, salvo el idioma. ¿Eso lo dice Bioy?, me preguntó Dolina. Yo le dije que sí, sin mayores explicaciones. Tiene razón, me dijo, y pasó a imitar a un español con todos los ripios de la distinción entre las eses y las zetas que nos vuelven tan lejana la lengua oral de la península. Los dos estuvimos de acuerdo en que las observaciones de Bioy eran siempre de una inteligencia superlativa. Pasó mucho tiempo. A principios de este año leí en El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, a propósito de la norteamericana señora Otis: “A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y hubiese podido citársela en buena lid para sostener la tesis de que lo tenemos todo en común con América hoy día, excepto la lengua, como es de suponer”. Todos habíamos sido ocurrentes a expensas de Wilde. Borges se preguntaría qué Wilde detrás de Wilde la trama empieza.

También habías comentado, cuando te pregunté sobre diferencias entre tus novelas “La Reja” y “París y el odio”, que La Reja te parecía más lograda y que París y el odio es más ambiciosa. ¿Qué creés que es la ambición en términos literarios?  

No sé qué es la ambición en términos literarios. ¿Hablamos de una ambición formal o de una ambición de reconocimiento? Yo sé, en todo caso, en qué consistía la ambición, fallida, de París y el odio. Yo quería escribir una novela en la que se contara con la mayor verosimilitud posible cómo un estudiante argentino lograba incendiar París. Que la novela fuera una larga planificación y una ulterior puesta en acto de ese incendio. Que las explicaciones fueran siempre estratégicas y nunca intencionales. Que sin referirse al por qué se abordara rigurosamente el cómo. Y que al final una explicación valiera por la otra: que en el modo pudieran leerse las razones. Pero escribí la novela que pude, claro.

Otro de tus libros es “Historia universal de la infamia científica”. ¿Podés establecer alguna relación con ideas como “gobierno de científicos”, etc.?

El problema de la ciencia es que tiende a operar en el campo de los valores. Es muy fácil ser víctima de esa manipulación. En el prólogo de ese libro que citás yo mismo hablo de la ciencia como cultura. Es un oxímoron, del que ahora me arrepiento. La cultura es el ámbito desde el cual se establecen los valores. La ciencia puede ser recurso, insumo, nunca valor. Hay un deslizamiento del elemento objetivo, propio de la ciencia, desde lo epistémico hacia lo humano. Algún filósofo cree que esa confusión, ese peligro, ya estaba en el origen de la ciencia moderna, en Galileo subido a la torre de Pisa. Basta con escuchar un rato a esos gurúes tecnológicos que aparecen un poco por todos lados para convencerse de que no hablan de tecnología, sino de valores. De valores que creen objetivos, lo cual es un contrasentido. El científico termina creyendo que siempre hace lo que se debe hacer. Pero no es él quien determina qué se debe hacer, sino que delega esa responsabilidad en la entidad abstracta que llama ciencia. Eso es actuar de mala fe. Por ejemplo, periódicamente lamentamos la fuga de cerebros. Decimos que este país ingrato expulsa a nuestros científicos. Ahora bien, ¿qué es la fuga de cerebros? ¿Un fenómeno natural? No, es la decisión que toman libremente algunos científicos argentinos de emigrar buscando mejores condiciones en el exterior para desarrollar su actividad. ¿Alguien se los reprocha? No, al revés, lo lamentamos. ¿Por qué? Porque tendemos a creer que el desarrollo de su actividad está por encima de cualquier otro valor. Nos convencieron: es un valor objetivo.

En París y el odio hay una especie de irrupción de lo rural en lo urbano. ¿Encontrás alguna relación para hacer con el presente?

La única irrupción (presente) de lo rural en lo urbano que se me ocurre son las ganas que tengo de irme a vivir al campo. Las epidemias son urbanas. En cuanto aparecen, el primer conato es escaparse de la ciudad. En la antigüedad, ese doble juego era una prerrogativa de los nobles. Es lo que muestra el Decamerón: mientras en Florencia el pueblo muere de peste, los nobles se cuentan cuentos en sus retiros rurales. Incluso Edward Jenner, el poeta inglés que descubrió la vacuna, la descubrió retirado en el campo durante una epidemia de viruela en Londres. Una mujer le dijo al pasar que nunca una ordeñadora había muerto de viruela. Jenner se puso a investigar la afirmación y dio con la idea de vacuna. ¿No será hora de irse a vivir al campo? La tentación de lo rural irrumpe en la conciencia urbana desde que existen las ciudades. Es el ciudadano Rousseau escribiendo que hay que volver a los bosques; son los ciudadanos romanos litigando en el foro y añorando la villa. Acabo de escuchar a un senador nacional diciendo por la radio que él iba a trabajar todavía al senado, aunque no hubiera sesiones, porque le parecía importante estar en su despacho oficial y porque, además, estaba cerca de su casa. Dos preguntas después contaron que, desde el principio de la cuarentena, hace tres meses, está recluido junto a su familia en su quinta de Pilar.     

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