Matías Trillo: “La fricción entre las artes aplicadas y las Bellas Artes que es más vieja que el viento”

Ilustrador original y brillante, amante de las artes plásticas y la literatura y conversador elocuente, Matías Trillo habló con Mogambo sobre su periodo formativo y su presente creativo, entre otros temas.

Por Nancy Giampaolo.

Empecemos por el principio: ¿Tuviste estudios formales como plástico? ¿Creés que la formación es fundamental o el amateurismo te parece válido?  

Absolutamente válido. J. L.Salinas era autodidacta, Francis Bacon también. Listo. Yo egresé como profesor de pintura de la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero esto es un oficio. Nadie te va a pedir el título. Tiene sentido si vas a dar clases para no sentirte medio chantapufi, o si eventualmente querés zambullirte en el mundo de las becas, los circuitos de arte o las galerías, frente a los que necesitás acreditar que el chimpancé disecado con Ray-Bans y una sopapa que les llevás es arte y no una broma de mal gusto. Mirá, yo entré unos años tarde a la carrera porque había estado estudiando antropología en la UBA. Fueron mucho más enriquecedores, a la hora de pensar mi trabajo, los 20 años de charlas con mis amigos antropólogos, y aquellas remotas clases sobre el animismo, el potlatch, o las desventuras de Malinowski en los matriarcados del Pacífico Sur, que los estudios sobre la vida y obra de los hermanos Carracci o las diez mil horas dibujando bodegones. Toda formación es muy valiosa, pero no necesariamente tiene que estar dentro del campo. Había un compañero que hacía cosas particularmente estrafalarias. Un día me enteré que el tipo era instrumentista quirúrgico. Ponele que puedas ajustar más rápido los colores cuando entendés su mecánica, pero si pintás mucho no es nada que con el olfato no desarrolles. Y la exigencia técnica tampoco era tan alta porque había muchas cátedras conceptuales. Recuerdo que por eso me fui un tiempo a estudiar con el querido y genial Bebe Ciupiak, pero como era muy amigo, no hacíamos un pedo y me pasaba la tarde escuchándolo hablar sobre internas de la SIDE, armas de guerra, o aclamados dibujantes cagadores. Lógicamente era mucho más divertido y redituable como formación divagar con Bebe que perder la tarde hablando de dibujitos.  

Vida de muerto

En tu trabajo hay elementos plásticos expresionistas, hay grotesco… sin embargo, la mayor parte de tu producción se concentra en ilustrar libros y revistas para chicos ¿Es una especie de contrabando deliberado, o te sale así, sin más?  

Sale así. A veces por esto que decís y por impericia, hay textos muy realistas o ñoños que me cuestan. Si hiciese ciencia ficción directamente me tirarían tomates. Lo habitual es que, si no puedo rechazar el encargo, camufle mi torpeza tomándolo con menos solemnidad de la que debería. Aprovecho para pedir perdón. Sospecho que preferiría dibujar lo que se me ocurre, pero no cobraría un sope. Intentamos varias veces con un par de amigos colarnos en el mundo del arte, pero nos barrieron diplomáticamente a la vereda. La obra se llamaba “La Fiambrera”, y era una especie de teatro de autómatas mecánicos a manivela que hubiese hecho las delicias de los niños porque tenía lucecitas de colores. Hubo un año en que perdimos el subsidio de ARTEBA frente a una pila de bolsas llenas de basura que no recuerdo si se erigía como un escupitajo en el rostro hipócrita de la burguesía o si denunciaba el cataclismo climático. Me olvidé. Otro año nos derrotó una aspiradora y varios desodorantes de ambientes. Al final nos cansamos de mendigar rupias, y abandonamos al autómata abajo de una sábana en un taller sin puertas ni ventanas en el ghetto de Munro. Y sobre el gusto por el grotesco supongo que una parte es herencia familiar, y otra obedece al contacto desde muy chico con la tradición gráfica local. Si pienso en Oski, los Breccia, Limura, Tabaré, Fontanarrosa, Fati, Nine el Viejo, sospecho que hay algo del grotesco criollo ahí, con más o menos parodia. A Berni, C. Alonso, Die Brücke, el Art Brut, y todo eso lo conocí después. En mi niñez había libros de Brueghel, Rackham o El Bosco, pero de expresionismo moderno solo uno de Schiele que creo que le afanamos a Saccomanno. Recuerdo haberme caído de culo de adolescente mirando un babuino gritando de Bacon, pero porque me remitía a mi infancia con Marco Mono y a unos cuadros que pintaba Enrique que me alucinaban. Los dibujantes que más conocí porque laburaban o eran amigos de mis viejos eran argentinos, y si no estaban al nivel de los mejores, era porque les pintaban el totó. Y esto es por el particularismo azaroso de una tradición gráfica de mucha exigencia, que ya teníamos en el siglo XIX, y que fue adquiriendo color local. De ninguna manera por alguna gansada chauvinista o designio divino.

Bruja con Pipa

 ¿Qué pensás de la tensión actual que existe entre el diseño gráfico y la ilustración como la conocíamos habitualmente (antes los ilustradores eran dibujantes y ahora son más que nada diseñadores gráficos)  

No debería haberla, ambas son artes aplicadas. Sí existe una fricción entre las artes aplicadas y las Bellas Artes que es más vieja que el viento pero que perdura, y que es similar a la que hay entre arte y mercado, y que cada tanto puede tensionarse supongo que por motivos sociopolíticos. Yo arranco a estudiar en el año 90, en el contexto del derrumbe del muro y el avance de un capitalismo enloquecido de angurria, y tanto en Filo, donde proliferaban como hongos agrupaciones anarquistas o de ultraizquierda que parecían sectas milenaristas o cuadrillas de alucinados salidos de un cuento de Arlt, como también en Bellas Artes, se señalaba el boom de la carrera de diseño gráfico (a la que ingresó en esos años un ejército de pibes que el mercado ni remotamente podría absorber) como si se tratara de un síntoma de la peste. La ilustración, la historieta o el humor gráfico tampoco entraban mucho a Bellas Artes, pero como a veces están ligadas a la literatura o a formas de resistencia, caminaban por un carril todavía respetable. Se asociaba el diseño a un oficio con demasiada fe en el mundo, complaciente, ligado a la publicidad, a la moda, o al branding de las multinacionales que desembarcaban en pija como ejércitos de ocupación. Todo muy al servicio de un sistema que en realidad había que dinamitar antes de que nos sepulte. No sé cuánto había de realidad, pero flotaba esa percepción ahí adentro. En diseño gráfico, además de arrimarles a Ródchenko o Van der Rohe, también encaraban los problemas con más practicidad. No les machacaban con el ars gratia artis, la finalidad sin fin, o lo Sublime como a nosotros, y muchos de los mejores diseñadores gráficos, pongo a Christian Montenegro de ejemplo, son también algunos de los más originales ilustradores que tenemos.  Nosotros teníamos a las rémoras de la pobre Rrose Sélavy que te firmaban un bidet, y en diseño estaban los caranchos del Image Bank. Y viste que el choreo es como la maldición de la máscara: cuando te descuidaste un segundo la tenés pegada a la jeta. Supongo que se puede ilustrar, animar, diseñar un novedoso packaging de gofio o pintar al rey de Inglaterra, y aun así hacerse de un ratito para desarrollar, por diminuta que sea, una búsqueda personal por fuera de lo que demanda el sistema. Pero hay que comer. Lógico que aquel que crea que su laboriosa ilustración para un aviso de COLGATE lucirá un día junto a “La parábola de los ciegos” de Brueghel está limado, y debería sospechar que eso que conocemos como “Arte Publicitario” se le arrima bastante a un oxímoron.

El regalo del Sr Maquiaveli de Ema Wolf

Empezamos por el principio y llegamos al presente: ¿En qué estás trabajando ahora?  

Terminé hace días una cosa chiquita que disfruté mucho para la nueva FIERRO web. Te lo cuento para chivear la revista que está muy buena. Son unas nueve animaciones minúsculas en loop sobre el peronismo que armamos para el 17. Arrancan en la zanja de Alsina y terminan en la proscripción de la Fusiladora. Lo curioso fue que hice lo que se me cantó y Lautaro Ortiz, con un ojo tan afilado que me dejó perplejo, las ilustró con fragmentos de poemas de Marechal, Tedesco, Zanlungo, Lamborghini, etc. El efecto quedó interesante porque el orden habitual entre texto y dibujo es el opuesto. El resultado para mí fue como mirar de golpe un espejo deformante, casi una experiencia medio unheimlich en esto de que algo que había anidado apoltronado confortablemente en mi cabeza, de golpe reaparecía aún reconocible pero transmutado. Si hubiésemos trabajado con lógica, habrían quedado apenas dibujitos previsibles decorando hermosa poesía y no mucho más. Fuera de eso, me queda una colaboración que hacemos anualmente los dibujantes para el concurso Twitterrelatos por la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo, unos dibujitos sueltos para Italia, que van insertos en una novela de Dario Ronzani como si fuesen garabatos dentro de una especie de diario íntimo, y retomé un libro para chicos que meloneamos en la primavera de 2019 con la intrépida Judith Wilhelm (Calibroscopio) durante una feria en Villa la Angostura en la que coincidimos. El plan era tenerlo en 2020, pero soltarlo en pandemia hubiese espantado hasta a los gurrumines más corajudos (ni hablar a sus padres). El protagonista es un muerto. El libro está ambientado en la llanura pampeana, y está lleno de escenas fúnebres, sepelios, cortejos, entierros, porque como es el único muerto que tienen en el pueblo lo reutilizan. Con el tiempo, medio hastiado, el muerto empieza a rumiar la idea de un cambio de vida… El texto es bellísimo y su autor es David Wapner, y tiene la particularidad de que en el contexto de naufragio mundial producido por la peste se ilumina de una forma muy singular. 

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