Paula Puebla: “Las sociedades actuales quieren deconstruir, cuando no destruir, la idea de amor porque atenta contra un sistema que nos necesita solos”

Diálogo con la autora a propósito de su novela “Una vida en presente” cuya protagonista es una scort y su libro de ensayos “Maldita tu eres”.

Por Nancy Giampaolo.
PH Martín Tricárico – Studio Funk.

¿Por qué tu novela está en primera persona?

Por la primera escena. Tenía la imagen en mente y sabía que no podía ser contada si no era en primera persona. Sabía que, si cambiaba ese registro, la atmósfera iba a perder la potencia que yo quería imprimirle al asunto. Porque, además, esa primera escena es sexual. Hay una mujer que, mientras se la cogen desde atrás, piensa que la pared que tiene adelante está mal lijada. Supongo que adopté el lenguaje POV de la pornografía, que es todo dato, toda información, desde la perspectiva de la mujer. Eso, por un lado. Por el otro, con el pasar de los capítulos, me pareció copado poder usar la primera persona para demostrar que se puede despegar de ese vicio autorreferencial para hacer una ficción desde ahí, sentar una posición política, una postura crítica sin demasiada auto conmiseración o auto celebración. No me interesa la primera persona que cuenta sus pequeñas desgracias de la vida cotidiana y lo hace de ese modo para evitar llevar la discusión al mundo de las ideas. En esos casos, la primera persona funciona como trinchera: hablo desde ahí, pero también me refugio ahí y quien no esté de acuerdo con lo que digo, no está de acuerdo conmigo y entonces es malo. Eso no me interesa y no me parece arriesgado, más bien por el contrario. Es una manera, en apariencia, sensible de sostener el estado de las cosas.

¿Recordás si hubo un primer detonante de la escritura?

No, solo esa primera escena de la que te hablé en la que se está de cuerpo presente en un acto de mucha intimidad, pero totalmente ausente en cualquier otro sentido. Hay algo de la exploración del vacío ahí, del cuerpo como una máquina autónoma.

La protagonista establece relaciones en las que el poder no queda fuera de la ecuación y, a mi entender, a veces es ejercido por ella, aunque parezca al revés. ¿Qué pensás vos?

María es una mujer del poder, que muy distinto es a ser lo que hoy se designa como una mujer empoderada. Parte de su talento para ejercer ese poder es hacerle creer a los otros que son ellos los que lo tienen, ¿no? Es buena teatralizando. Se podría decir que es una mina con cintura política, un poco fría cuando tiene que serlo, bastante gatuna cuando lo necesita. Y eso no la hace una persona mentirosa sino consecuente, que arma sus propias estrategias para conseguir exactamente lo que quiere o lo que más se acerca a lo que quiere. Creo que María es una mujer de determinaciones a la que no le interesa ser la víctima de ninguno de sus hombres, ni de su propia vida. En esa ambición, en ese arrojo hacia el poder, no solamente se lleva los laureles cuando triunfa, sino que paga todas y cada una de las consecuencias cuando es derrotada. No se me ocurre una definición de mujer más acabada. Que me disculpen.

Una de las cosas que más me fascina es la capacidad de condensar sentido en objetos, colores, texturas “las chatitas de señora bien” de Julia, las bolitas de la sábana sintética, el tono “nude” de las botas… ¿Cómo fuiste armando esa construcción de sentido profundo a partir de lo que está en la superficie, de lo que se ve, se palpa etc?

Tengo formación en diseño y, casi a mi pesar, te diría que ese universo de lo sensorial salió a flote sin mi expresa autorización. Se filtró, digamos. Al principio, en el ejercicio de la escritura, me pasaba casi inadvertido. Después, sí, lo fui convirtiendo en un recurso literario, trayéndolo a colación cuando me convenía, cuando quería detener la mirada en algo en particular. Y finalmente entendí que, a un personaje de tanto diálogo interno, de tanta soledad a pesar de las compañías, de tanta grisura anímica, le venían bien esas observaciones, lo terminaban de definir. De esto último no me di cuenta hasta después de publicado el libro, por un comentario que me hizo un lector a raíz de los nombres de los colores, que son en su mayoría inventados. La gente que está sola o que se siente sola incluso estando en una fiesta, ¿qué se pone a hacer si es que se atreve a no aferrarse a la pantalla del teléfono como si de ella dependiera su vida? Observa. El flequillo mal cortado de una, cómo cae la tela del vestido de otra, las zapatillas de tal otro, el tic nervioso del de más allá, etc. Todo lo que nos rodea cobra un significado si se lo observa y si se respeta eso que nos devuelve. Lo que pasa es que ya no se contempla, hoy se mira y se juzga, generalmente, a través de una pantalla. María es mujer con ojos ávidos que además vive a través de lo material. Tiene mucho sentido que le preste atención quirúrgica a los consumos propios y ajenos.

En guión hay un concepto que se llama “idea controladora” que es como una suerte de vector de la historia resumible en una línea tipo ¿Podrías definir alguna idea controladora de esta novela?

Es una buena pregunta y lo primero que me sale es la obviedad asociar el título de la novela a la historia que cuenta. Los editores podrán decir que esa idea controladora es que la vida se hace en el presente, que es en presente o no es, cosa con la que podríamos discutir hasta la muerte. Yo creo que la novela habla sobre el derecho al acceso al pasado. No para recrearlo o revivirlo sino para eliminarlo. Y esto ocurre a través de la vida de una mujer de pragmatismos que hace lo que tiene que hacer para estar viva —que muy distinto es a sentirse viva, ¿no? María Guevara va en busca de un futuro que, no casualmente, le propone dejar el pasado atrás, de manera real y no solo simbólica: no hay negación, hay borramiento. Al mismo tiempo, el personaje sabe que la historia suele ser una ruina circular. La novela hace un trabajo sobre la melancolía, la mía sobre todas las cosas, aunque no le interese a nadie. Y, sin ánimos de aplicarla a ningún caso donde la memoria colectiva se postula fundamental, creo que la idea de la controladora de la novela es que todos necesitamos olvidar para estar vivos, vivir y seguir viviendo.

María lidia dificultosamente con muchas cosas entre las que el paso del tiempo es una de las más complicadas, en tanto el Tiempo con mayúscula también es tema central del libro. 

Sí, el tiempo pasa y el Tiempo pesa, ¿no? La protagonista tiene un encono ahí y lo ve en el deterioro de su propio cuerpo que es, al mismo tiempo, su herramienta de trabajo. Es muy consciente de eso, incluso cuando observa a sus sobrinas, cuando toma nota de su crecimiento, de lo poco abstracto que puede llegar a ser el transcurso del tiempo. A la vez, por momentos, es una mina que está atrapada en un presente esquemático y aceitado como un reloj y que no puede salir de ahí hasta que no se enamora o cree que se enamora. El amor, la posibilidad del amor, aparece como la proyección a futuro, como la manera de salir de ese laberinto de confort no del todo confortable. Amor y futuro funcionan casi como sinónimos. En ese sentido, el vínculo amoroso se ve como la superficie a la que asomar después de haber contenido la respiración bajo el agua de la soledad, la autosuficiencia, la autoexplotación, el aislamiento, los viajes, el consumo. Por eso las sociedades actuales quieren deconstruir, cuando no destruir, la idea de amor porque atenta contra un sistema que nos necesita solos y con nuestra billetera a su merced. Entre otras razones.

En un momento como este en el que gracias a Internet la percepción del tiempo, la memoria, el recuerdo, la evocación y todo lo relacionado va mutando a otra cosa ¿Cuál es tu sensación?

De tristeza. No voy a decir la pavada de que todo tiempo pasado fue mejor, pero a esta altura ya podemos admitir que no todo advenimiento tecnológico fue superador y nos mejoró como humanidad: las pruebas están a la vista. El caso de internet sobre todas las cosas porque, gestada como la herramienta del futuro, lo que hizo fue reformular nuestra noción de pasado. Ocupa el lugar de la memoria, la individual y, en otra medida, la global, que no es lo mismo que la colectiva, desde ya. Los actos de recordar, de revisar, de evocar, de rememorar se efectúan hoy a través de un motor de búsqueda. Ahí no solamente no hay erosiones y distorsiones y reformulaciones sino que tampoco hay olvido. Olvidar, poder olvidar, permitirse olvidar, querer olvidar, elegir olvidar, me parece fundamental para mantener la cordura. ¿Por qué Facebook me recuerda que hace siete años yo comía fideos con manteca en la casa de pirulo? ¿Por qué insiste en hacerme saber qué hace ocho años estaba en la montaña con diez kilos de más y un ex novio con el que terminó todo mal? ¿Por qué estoy a un click de una guerra mundial conmigo misma o con otro? Es cierto que aprender a usar las redes — a sobrevivir a ellas me parece más atinado — lleva tiempo y que esa información que rebrota ahí uno la ofreció de manera voluntaria. Sin embargo, no se nos pregunta si queremos recordar lo que se nos recuerda, no se nos permite editar ese pasado, aunque borremos u ocultemos X cosa. Mucho de lo que ocurre hoy no lo sabíamos, no teníamos manera de preverlo. Es mucha la hostilidad. Nuestras subjetividades cambiaron tanto que pareciera que el único escape para seguir habitando nuestros tiempos sin alienaciones es por fuera de la red. Y la verdad es que, como herramienta del futuro, internet me parece un robot bastante melancólico. La novela propone no vivir el presente, sino vivir en presente. Habitarlo como se habita un departamento de dos ambientes donde el pasado no es más que una planta que nos acordamos de regar cada tanto. 

¿Cómo trabajaste los personajes secundarios?

Evocando. Pensé mucho en gente que conozco, que conocía, que en algún momento me crucé. Recorté gestos y mañas y características que me parecían interesantes y fui armando los personajes con una mezcla de todas esas señas particulares. Lo cierto es que con ellos me aventuré un poco más sin poner en riesgo el verosímil. La mayoría de los personajes secundarios que están en la vida de María son gente de guita, de poder, que es el universo que a mí me interesa narrar, con el que me interesa conversar. Por decisión política, por curiosidad y porque hay una saturación de los retratos paternalistas que suele hacer la clase media sobre la baja, cómo se le impone una voz, un imaginario, un universo simbólico, una moral. Esta posición me obligó al ejercicio de pensar al poder en sus movimientos, sus consumos, sus lugares de influencia, sus fetiches sexuales, sus vicios, sus hábitos. ¿Cómo tramita la culpa un tipo infiel que mantiene a una segunda mujer? ¿Por qué una mujer de guita decide quedarse al lado del tipo que la caga y la maltrata? ¿Cómo se mueve un senador nacional por la ciudad? ¿Cuántos bulos tiene? ¿Maneja efectivo? Los poderosos ocupan mucho lugar en el mundo y hacer de cuenta que no existen me parece un acto menos de inocencia que de estupidez. Y también aparecen dos personajes que laburan para estos tipos, un chofer y un falsificador. Uno que se siente honrado de poder manejar el auto de un político y otro que detesta ser el talento explotado para que su jefe engorde su patrimonio. Ahora que lo pienso hay en ellos dos maneras de pararse ante aquello que nos domina.

Buenos Aires -especialmente la zona sur de Capital- es también una suerte de personaje de la novela… 

Sí, estoy de acuerdo. Me interesa pensar Buenos Aires como un personaje, lo es de algún modo. Lamento ser autoreferencial, pero viví muchos años en la zona Monserrat, Congreso, Balvanera, que fueron los años de mi primera adultez cuando me mudé desde el conurbano sur. Una parte grande de ese tiempo, tuve trabajos entre inusuales y ridículos, contra rutinarios, lo cual me daba tiempo para explorar la ciudad cuando el resto de la gente corría camino al laburo. También viví bastante la noche, donde ampliaba el mapa de incumbencia hacia San Telmo. Se me fue armando un circuito, de barcitos, plazas, puntos de encuentro, donde las recorridas las hacía caminando. Las distancias entre barrios son muy cortas, ¿no? Me parecía un aditivo al verosímil de la historia poder narrar los rincones de la calle donde nadie mira, la gente que habita la calle, es parte de ella, y es ignorada, con el detalle que te da la observación, el haber estado ahí. Ahora vivo con mi marido en la otra punta de la ciudad y lo que antes mencionaba como “mi barrio” ahora es “el centro”. Extraño el paisaje y extraño sentirme parte del lugar, pero me contenta haber rendido ese pequeño homenaje a las calles que formaron parte de mi vida. Con esa novela se cerró un ciclo personal muy importante. 

¿Tuviste muchos idas y vueltas en la escritura o salió fluida como se lee?

Mirá, tuve dos momentos de escritura. Uno, en el que escribí los primeros seis y ocho capítulos. Esa primera etapa fue experimental, totalmente de prueba, porque era la primera vez que me animaba a hacer ficción y, además, no sabía si en esas pocas hojas tenía realmente material para una novela y voluntad de escritura como para sacar de ahí una novela. No tenía estructura, no tenía final, no sabía quiénes iban a ser mis personajes. Así que escribí eso y lo dejé, me olvidé. 

Un tiempo después, en un impasse laboral típico de freelancer que duró cuatro meses, bastante golpeada por una depresión, me encerré en mi departamento de la calle Entre Ríos y me propuse no salir hasta terminarla. Bueno, salir salía, bastante poco, pero la idea era darle toda la bola posible a la historia que finalmente había hecho click en la cabeza. Esos meses fueron de terrible soledad y no quiero decir que las páginas se escribieron solas, porque nunca se escriben solas, nada más lejano, pero sí salieron con otra facilidad. Creo que necesitaba tener la historia escrita en la cabeza para después sentarme al teclado y ejecutar la tarea, casi como si la escritura fuera el músculo de las ideas. En cuatro meses la novela estuvo terminada. 

¿Crees que socialmente se discute sobre prostitución de manera sesgada?

Creo que no se discute sobre prostitución en esta sociedad. Se discute, con un poco de suerte, hacia dentro de los feminismos. Y ahí, no existen mucho más que dos posiciones que son, a priori, antagónicas. Por un lado, la voz autonomista que se apropia de su cuerpo y que dice hacer de él lo que quiere, que tiene completo derecho a hacerlo. Esto, por supuesto, presenta muchos problemas, incluso en su locución. Por otro, la voz que dicta que ese cuerpo no le es propio a quien ejerce la prostitución, que no hay allí una verdadera elección sino plena circunstancia, que la clase social —como en el resto de los ámbitos— es determinante. Todo esto decorado con los propios ribetes morales de época, ¿no?

No soy experta en el tema, pero quizás haga falta cambiar el ángulo, como se ha logrado con el asunto del aborto llevándolo hacia el territorio de la salud pública para dejar de pensar en términos de “está bien” o “está mal”. ¿Qué es lo que le impide a la sociedad considerar a la prostitución como un método de subsistencia? ¿Por qué no se lo puede ni siquiera comenzar a pensar como un trabajo? ¿Nadie ve a las putas como trabajadoras? Más aún, ¿nadie ve las estructuras peligrosas de explotación que hay y puede haber ahí sin regulación? También entiendo que lo que se quiere es llegar a una sociedad que no consuma prostitución, pero ¿qué se hace mientras tanto? Creo posible una política de Estado de regulación e inclusión donde confluyan las dos posiciones y donde las elecciones puedan convertirse exactamente en eso: en elecciones, tanto para entrar como para salir. Habrá que ver si el Estado argentino de hoy está en condiciones de hacerlo y si la tracción del feminismo que ha llegado al poder tiene la voluntad política de actuar sobre este segmento de mujeres para saldar esta marginalización de tiempos bíblicos.

En “Maldita tu eres” se compilaron columnas, criticas, reseñas. Hablame de las diferencias entre estos formatos cortos y la novela. Me refiero a cómo te disponés para la escritura de cada cosa…

Bueno, la disposición es totalmente distinta, no solo por lo que implica en términos de tiempo producir lo uno y escribir lo otro, pensar lo uno y pensar lo otro. Soy muy larguera para escribir, aunque sea una nota de ocho mil caracteres. Me gusta leer antes de hacerlo, investigar, mirar referencias, revisar lo que ya está hecho sobre el tema. Digamos que no manejo tiempos periodísticos de producción y no podría vivir de eso y tampoco me interesa.

En los artículos y críticas hay una intención explícita de argumentación mientras que en la ficción eso no está presente. Con mi colega Mariana Skiadaressis nos cansamos de decir en el taller que narrar no es explicar y que, aunque cueste romper ese impulso, está bueno gozar de esa libertad. La novela la pienso como un proyecto y ocupa el noventa por ciento de mi cabeza los meses en los que la escribo. Ahora estoy en ese proceso, gestando una historia, gestando sus personajes, inmersa en mi monotema, con el cuerpo capturado ahí. Y, si bien me es difícil y no soy de esas personas a las que la escritura les viene dictada desde los cielos, el camino de la novela me hace sentir de una manera superlativamente mejor y distinta a la que me siento cuando escribo una nota. 

¿Qué buscan los textos compilados en Maldita tu eres? 

Los textos compilados en Maldita tu eres intentan hacer un retrato de los males de esta época, sin grandes aspiraciones ni grandilocuencias. Fueron escritos en medios y tiempos distintos, del 2013 a la actualidad, en registros diferentes. Y, al mismo tiempo, el recorte temático es absolutamente arbitrario, signado más por mis angustias que por un eje establecido de antemano, aunque no es casualidad que coincidan, en el mismo libro, María Moreno y Moria Casán. O un texto sobre las novelas de Lucila Grossman y Santiago La Rosa a pocas páginas de distancia de otro que versa sobre las nuevas masculinidades en la literatura argentina. O la muerte de Playboy en tándem con las nuevas formas de censura y el puritanismo regulado, esta vez, por las mujeres.

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