24/02/2020 3 min to read

Repoblar la Patria

Category : autonomía, nacional, neoliberalismo, opinión

Un repaso por las políticas agrícologanaderas a través de la historia, y el desafío de revertir los daños detonados a partir de la avanzada neoliberal iniciada en la década del ’90.  

Por Pablo Cabo.

Hace unos días se conocieron los primeros datos del censo rural de 2019, que todavía sigue en elaboración. Hasta ahora se sabe que en “Explotaciones Agropecuarias” trabajaron en forma permanente 420.704 personas, una población similar a la de San Luis o a la de la mitad de la de La Plata, en tanto el resto de los trabajadores se ubica en ciudades y zonas periurbanas. El hacinamiento de los conos urbanos es el resultado más visible de una sucesión de políticas de despoblamiento rural y los datos duros del censo Agropecuario de 2019 resultan alarmantes porque reconocen que, en la Argentina del siglo XXI, el 98 por ciento de la gente vive en zonas urbanas.

Acá cerca y hace tiempo

El proceso de creación de la Argentina (hablamos de las fundaciones y las capitanías generales) hizo base en asentamientos rurales y ganaderos, destinados a mantener poblaciones de colonos en tierras ya habitadas por nativos. De la formación de nuevos asentamientos –distintos a los puertos costeros- surge un mestizaje y un uso del suelo que se sostuvo cómodamente hasta fines del siglo XX. Los primeros asentamientos galeses de 1865, por ejemplo, muestran un intercambio con los pueblos nativos y una preferencia por la explotación de agrícologanadera, pese a las dificultades que implica en los climas patagónicos. La llegada de los ferrocarriles, a su vez, propició la formación de miles de colonias agrícolas, como la del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, la construcción de diques y sistemas de riego por acequias, con consorcios de regantes, y pruebas agrarias que derivaron en la producción de frutales. Los casos de Mendoza y San Juan también refieren a una política de riegos y a un uso racional del suelo para viñiedos, olivares, diversos cultivos y ganaderías de pastoreos, en tanto la zona del litoral, ya en 1573, contaba con el asentamiento de Santa Fe y comenzaba a practicar la agricultura y ganadería. Podríamos decir, en definitiva, que la política de poblamiento rural ha sido la política central de la configuración de nuestro país, hasta que el neoliberalismo se impuso como único modo de gobierno posible.

Un punto de inflexión con el arribo del neoliberalismo

En la década de los ’90 comienza a desarticularse el ferrocarril y los pueblos rurales fundados hasta esos años pierden vitalidad y sus pobladores migran a los centros urbanos o a las grandes ciudades. En un país cuyo mayor capital es la cantidad de kilómetros, las villas miseria y los barrios de emergencia van sustituyendo a los pueblos rurales y dejando el campo a expensas de multinacionales que lo explotan. Ante semejante diagnóstico y estado de situación, sin apoyo institucional ni repercusión mediática, se vienen abriendo propuestas de refundar nuevos pueblos rurales, con manejos de agricultura y ganadería sin agrotóxicos. La cuestión de los agrotóxicos no es menor porque gran parte de la población rural padece sus gravísimas consecuencias debido a que Argentina es uno de los países que más fumigaciones produce, porque el agro es una empresa de carácter global.

El debate soslayado por todos los gobiernos

Intentar enfocar la política de suelos y repoblamiento hacia una nueva forma de vida rural, con miras a generar alimentos de calidad para las propias comunidades y para la exportación de los excedentes, debería ser el centro de los debates. Sin embargo, todavía hoy se pretende invisibilizar los genocidios rurales argentinos y casi nadie habla de ellos como un problema a revertir. Algunas voces bienintencionadas – y aisladas- proponen el modelo de los Kibutz para repoblar con nuevas aldeas, pero es una visión romántica que no comprende que los suelos han sido envenenados y necesitan auxilio. Es necesario, en cambio, buscar salidas paulatinas a un modelo de excesiva tecnificación de la ruralidad, reactivar las vías férreas y, sobre todo, enfatizar la necesidad de alternativas a la injerencia tóxica que el campo padece desde hace más de 20 años. A nuestro favor está la larga historia campesina que precedió al menemismo y la evidente inviabilidad de las políticas más recientes.