Santiago Farrell: “Leyendo, el tiempo transcurre de otra manera y te transforma”

Vivió en Brasilia durante la adolescencia y hoy es traductor en portugués y docente. Con János, novela editada este año por Años Luz, Santiago Farrell debuta en la literatura, homenajeándola.

Por Nancy Giampaolo.

Empezás con esta cita de Flaubert «¡Qué máquina pesada de construir que es un libro, y, sobre todo, ¡qué complicada!» ¿Fue muy duro para vos escribir Janos?

En realidad, no. Fue un proceso muy metódico que tomó alrededor de un año de trabajo constante. Elegí esa cita por otras dos palabras que tiene: máquina y construir. Al escribir János, me libré de la idea romántica que se tiene de escribir, de que se trata de raptos de inspiración que lo llevan a uno a crear “artísticamente”, lo que quiera que eso signifique. No: es trabajo, planificación, ensayo y error, casi que una redacción, o al menos así lo sentí.

Y constatar ese esfuerzo, sin embargo, no te la hizo pasar mal…

Claro, el proceso fue más bien placentero, porque empecé con lo que creía ser un cuento y a las 90 páginas me di cuenta de que tenía una novela. Probé diez mil cosas, en algún momento definí un final y de ahí en adelante fue la adrenalina de llegar hasta esa conclusión. Trabajoso, sí, pero muy gratificante.

Tras mencionar a René, de François-René de Chateaubriand, el personaje de Mirta dice que contiene “átomos de libros” ¿Cómo llegaste a esa idea? Si podés desarrollarla un poco…

En El tercer policía, de Flann O’Brien, se habla de la “teoría atómica de Pluck”, que postula que no hay átomos de elementos químicos (hidrógeno, oxígeno, etc.) sino de cada cosa o ser: átomos de sillas, de personas… El contacto entre esas cosas deja átomos de una en la otra; por ejemplo, si me siento en una silla, le dejo átomos de mí a la silla y se me pegan algunos de la silla. O’Brien lo aplicaba a ciclistas, pero a mí me pareció una imagen muy adecuada para lo que nos pasa con los libros, y decidí tomar la teoría para extremar un poco las lecturas que aparecen en János, poniéndole una máquina para darle una vuelta de tuerca pseudocientífica.

También me gustaría que te explayes un poco sobre las “las emociones de libros”

Lo de las emociones de libros es muy sencillo. Es algo que me pasa con cada libro, especialmente cuando son extensos: me atrapan y siento que estoy ahí, vivo lo que viven los personajes casi en carne propia, me consume. Cuando termino de leer, quedo atontado, como si hubiera regresado de otro país (¿la República de las Letras?) y tuviera un jet lag literario. También me pasa con las películas. Un día me pregunté “¿y si eso que se despliega en el tiempo se pudiera cuantificar y consumir inmediatamente, como en una droga?” y así surgió la idea inicial para János.

Hablame de las palabras en itálica y de la influencia de Op Oloop y de Juan Filloy en general para la escritura de este libro…

Las palabras en itálica son ante todo un juego, un pequeño gaste a cierta idea que se tiene sobre la literatura como algo “elevado”, un club de coleccionistas de palabras. Apunté a que tuvieran sentido (es decir, que, si uno buscara en el diccionario todas y cada una, las frases dijeran algo) pero siempre sonando ridículas. También me interesaban como recurso gráfico, es como si metiera otro libro adentro del que escribí, y me recuerdan un poco a esa genialidad de Astérix en la que diversos pueblos hablaban en español, pero con distintas tipografías, y no se entendían entre sí. Creo que se inscriben en esto que decía del proceso de escritura de János como algo que me desmitificó la escritura.

Op Oloop me parece fascinante, no hay nada igual. Tiene una alegría y un brío, una superabundancia de cosas que me remiten directamente a Cervantes, algo intensamente castellano. También le veo cosas de Joyce, esa voluntad de jugar, divertir y divertirse. Sí, hay que tener un diccionario al lado para leerla (cosa que a mí me encanta), pero al consultarlo quedás fascinado: la precisión con la que usa cada palabra es milimétrica. Es una prosa sumamente moderna, que por momentos se vuelve alucinada; me parece una rara avis incluso dentro de su propia obra.

¿Por qué pensás que Filloy sigue teniendo un lugar un poco relegado?

Creo que Filloy tiene un lugar relativamente relegado en el canon por la dificultad de lectura, sí, pero en buena parte por su propia personalidad; siempre dio la impresión de disfrutar mirar todo desde afuera, distanciarse. No escribió nada durante más de treinta años, publicaba ediciones limitadísimas que hacía circular entre amigos… Es el outsider por antonomasia.

¿Cómo fuiste construyendo el mapa de lecturas sobre el que avanza la trama?

Las pensé según tres criterios: la imagen del autor, la inscripción de la obra en cierta escuela literaria y si expresaban algún concepto de los mal llamados “intraducibles” al español. Esto me llevó a decantarme más por autores clásicos, que son un poco más fáciles de categorizar, y de ahí terminó saliendo el conflicto con los clientes que quieren algo más nuevo. El libro sobre el que gira la segunda mitad fue casi que una conclusión inevitable, una obra que ya tenía una relación tirante con esos clásicos y mucha ambición, cuya lectura me impactó.

Alan Pauls habla en su “Trance” del acto de leer justamente como una suerte de trance o viaje y ahí encuentro una conexión con tu historia de libros y drogas, ¿Hablá un poco más de esto?

Es como decía antes: a mí los libros me absorben, me sacan por completo de la realidad presente. Leyendo, el tiempo transcurre de otra manera y te transforma. Si hay un ejemplo paradigmático, es En busca del tiempo perdido: llegás al séptimo tomo y vos ya sos otra persona, te transformó. Pero no necesariamente se trata de la extensión: Zama y Eisejuaz me volaron la cabeza en menos de 250 páginas cada uno, quedé un buen rato aturdido, pensando “¡cómo se puede escribir así!”. Supongo también que parte del trance consiste en reconocerse a uno mismo en gestos, ideas y reflexiones de lo que lee. Y en mi caso particular, ver los artilugios de cada escritor, qué hacen y cómo lo hacen. Eso siempre me suspende de la realidad. También pasa con las películas, pero con las lecturas hay algo especial, porque no hay imágenes: uno las arma a partir de meras combinaciones de letras, signos y espacios en blanco. Magia.

¿Cuál es tu biografía como lector a grandes rasgos? ¿Estás trabajando en algún otro texto?

Por lo que te decía hace un rato, soy un lector al que le atrae mucho el juego con la forma y la ambición, menos atado a este imperativo medio de serie de Hollywood de meter trama todo el tiempo (lo que no quita que me gusten también ese tipo de obras). He leído unos cuantos clásicos, llevado también por la idea de leerlos en su idioma original, pero vengo diversificando, estoy siempre analizando métodos e ideas de lo que leo. Tengo cierto amor por el modernismo de principios del siglo XX, pero soy pragmático: al novelista todo le está permitido, menos aburrir y cansar, decía Filloy. Este año ya escribí un libro de cuentos y estoy terminando de armar la estructura de lo que será una novela, un procedimiento nuevo para mí que esperemos que llegue a buen puerto. Ante todo, como todo escrito de ficción, es un ejercicio de paciencia.

¿Tenés escritores que te gusten mucho entre los argentinos que están generacionalmente cerca de vos? ¿Cuáles?

Podría respondértelo con libros. Quedé extasiado con el último libro de Juan Guinot, 33 rpm. Es único, nadie escribe así, parece agarrar el costumbrismo y ponerlo en una licuadora. Lo leés en un suspiro y te dan ganas de releerlo solo para ver de dónde acabás de salir. Otro que me encantó fue La suerte de las mujeres, de Paula Vázquez, que tiene un don inestimable: condensa un universo entero en diez palabras. La suya es una prosa tan ridículamente eficiente que puede hablar de la más mundana vida cotidiana y fascinar. Y finalmente, Cataratas, de Hernán Vanoli. Ahí lo tenés todo: toneladas de trama, personajes interesantes, distopías locales y una mirada ácida.

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