27/06/2020 2 min to read

Soberanía alimentaria: nada que ver con el biodisel o la exportación de aceite de soja

Category : autonomía, geopolítica, nacional, opinión, pensamiento crítico, salud

Un análisis de la frase utilizada por Alberto Fernández a propósito de Vicentín.

Por Pablo Cabo.
Fotos Nancy Giampaolo
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En 2020 el mundo se derrumbó. Los pueblos entraron en un estado de sumisión ante las enfermedades que las grandes organizaciones globales reconocen como un resultado de los desmanejos de los ecosistemas. En nuestra región, la tala indiscriminada para el cultivo de sojas transgénicas y la agricultura como forma de generar agrocombustibles (que contaminan suelos y aguas con agrotóxicos) vienen arrasando con las viviendas rurales, en tanto aumentan las enfermedades y plagas que afectan a hombres, animales y vegetación.

La Soberanía Alimentaria de la que se habla desde hace algunas semanas es, en rigor, la producción de alimentos de calidad para el pueblo, incluyendo en esa “calidad” los alimentos de sus animales.

Los hábitos y costumbres autóctonos y las herencias culturales que garantizarían esa soberanía, están en riesgo de perderse en la góndola del supermercado donde los alimentos ultraprocesados con semillas de ingeniería y los importados, fabricados muchas veces en el exterior, son la oferta preponderante.

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La cuestión del arraigo, del amor por el suelo, las redes de ayudas mutuas, el acopiamiento de semillas naturales y el compartir saberes relacionados a la tierra, son parte fundamental de la identidad de América y nada tienen que ver con el agronegocio que se propone institucionalmente desde hace más de dos décadas. Con un sistema de consumo que privilegia los alimentos superprocesados no se puede lograr ningún tipo de soberanía alimentaria, aunque se hable de ella. Comprender que un país con su población concentrada en las urbes y casi todo el resto del terreno entregado a la exportación de materias primas no hace más que alejarse de la soberanía alimentaria, es fundamental. La construcción de políticas desde abajo, implicando mecanismos de democracia directa, y de decisión respecto de cultivos y producciones es clave a la hora de modificar el sistema de agronegocios y “agronegocitos” que ganó el espacio político, de la mano de los insumos químicos para la agricultura y de un modelo basado en las cantidades y no en la calidad de los alimentos.

En estos momentos de crisis sanitaria deberíamos sembrar sueños. ¿Pero cuáles son nuestros sueños? Aquellos que sueñen con expropiaciones de fábricas de biodiesel o aceites de soja, quizás no hayan agudizado la mirada, ni hayan entendido que estos son los procesos de los agronegocios que nos alejado de cualquier decisión genuinamente popular. No se puede hablar en serio de soberanía alimentaria sin vincularla al repoblamiento, a rehacer nuestras industrias navales, ferroviarias y aéreas, y a avanzar en la desarticulación de la herencia de la posguerra de Malvinas (pactos de Madrid que entregaron empresas españolas-inglesas). Repensar las estrategias sobre nuestro suelo y nuestro mar para que dejen de ser usufructo de empresas globales (cuando no de simples piratas) es la única salida soberana. Sembrar sueños es la tarea de la hora. Organizarnos en comunidad y retomar nuestras herencias culturales y políticas. Saber habitar América, la América parda y profunda que ama su tierra.