Un Pez en Obras

El domingo 15 de agosto, en la víspera de un feriado corrido por el aniversario de la muerte del Libertador de América, Don José de San Martín, la banda Pez de Buenos Aires tocó por primera vez en el Estadio Obras Sanitarias y quien escribe, junto con 499 personas más, estuvo presente para dar testimonio (subjetivo, pero con ánimos de observar el todo y no sólo las partes) de lo que fue una noche de frío y rocanrol en tiempos de restricciones y miedo generalizado.

Por Romina Rocha.
PHs: Albi Álvarez y Gonzalo López.

Atardecer gélido y húmedo de una noche acorralada

La cita era desde las 18hs cuando se abrían las puertas, para empezar puntual a las 19:15hs. La puntualidad, por supuesto, incluía los ya famosos “avisos parroquiales” de cualquier estadio con mucha capacidad, pero en versión distopía 3.0: ocupó más tiempo el advertir que quien no obedeciera sería el culpable de la interrupción y/o finalización del show, que de mostrar los elementos de seguridad o desearnos una noche inolvidable, como esas que uno podía esperar yendo a ver a una banda que le gusta en un lugar con tanta historia.

El contexto: las “burbujas” eran, en verdad, corrales de metal de 2mtsx2mts de los que, obviamente, no te podías mover. Es decir, todo tu recital era estrictamente individual (o compartido con tu burbuja de a 2 o hasta 6 las que estaban más alejadas). La lejanía hacía que el frío (que entraba por todos lados porque las puertas quedaron abiertas todo el recital) fuera más intenso. Y a esto le sumamos que cada 5 segundos -literal- pasaban centinelas con su mejor cara de pocos amigos a vigilar que nadie estuviera haciendo nada más que mirar para adelante, consumir lo que te vendían las chicas que pasaban también cada 5 segundos con bebidas y no te movieras de tu corral, salvo que fueras al baño. Todo muy cinematográfico, demasiado por momentos.

Pero (y acá empieza el rocanrol), ir al baño en pleno recital era como estar en el baño de la secundaria: salía olorcito a primavera, sobre todo del baño de varones, aunque el género femenino también aromatizó su visita al toilette. Así que, a pesar de la hostilidad, la frialdad y las limitaciones, con los primeros acordes de Fuerza, la noche empezó a vibrar distinto…

28 años de canciones…

Lo que es indiscutible es que el sonido de Obras es tremendo. Suena bien fuerte, pero no te lastima los oídos, entonces una buena banda suena de puta madre. Y el repertorio elegido por Ariel Minimal, Fósforo García y Franco Salvador fue una suerte de pequeño recorrido entre los 20 discos que Pez ha editado a lo largo de estas casi 3 décadas dedicadas al rock. Podríamos decir que prepararon una seguidilla de temas que a todos nos gustan, los llamados “clásicos” que toda banda tiene, y aunque uno se ponga exigente y siempre quiera más -cosa habitual con una banda que tiene más de 200 canciones entre las que, a veces, se hace bastante complicado elegir cuál gusta más-, lo cierto es que cada letra cantada y cada acorde tocado esa noche eran parte de una historia compartida por los allí presentes.

Y por si un recital de rocanrol en tiempos de lejanía y prohibición no fuera en sí mismo un oasis de comunidad, hubo invitados que hicieron su aporte mágico: Pablo Puntoriero, otrora miembro de la formación de 5 que el Pez alguna vez tuvo, pasó a hacernos volar con su saxofón entre sueños imposibles y viajes sin apuro. Después, con su presencia arrolladora, apareció Mimi Maura -diosa, siempre diosa- a cantar El Almaherida y comernos a todos por unos minutos, a lo que se le sumó luego Sergio Rotman para desconarnos la cabeza con un buen rocanrol de El Siempreterno, banda que forman junto a Minimal en guitarra y voces, Fernando Ricciardi en batería y Álvaro Sánchez en bajo. Fuego en el escenario, incendio de amor. Y para cerrar la lista de invitados, apareció Leo García para cantar Ella Vendrá, del recientemente fallecido Palo Pandolfo, a quien todos querían mucho y quisieron homenajear con esta versión llena de energía y emoción.

Familia es compartir… el alma

Más allá del contexto, que a unos puede parecerles “adecuado” y a otros, un fastidio o un pesar, lo real es que a todos nos impulsó el deseo de compartir, de estar presentes ahí donde la magia ocurre, donde las pretensiones se diluyen y lo que queda es el presente, la presencia, lo que se ha presentado al fin. Y es entonces cuando los errores también clásicos de alguna letra olvidada o algún acorde fallido, los rostros hostiles de quienes están cumpliendo con la tarea que les fue asignada y la lejanía organizada que condiciona cruelmente lo que alguna vez vivimos como una celebración compartida quedan en segundo plano, ya que en el escenario de un mundo que se ha cerrado al encuentro y al disfrute, poder juntar 500 personas en un solo lugar por una banda que nos marcó alguna (o varias) parte de nuestra vida, es un acto de amor indiscutible.

Porque lo primero es lo sincero, y la forma en que cada quien haya elegido disfrutar de ese encuentro sigue y seguirá siendo una decisión personal a pesar de todo y de todos. Y es que, al fin y al cabo, mientras algunos declaran la muerte del rock, todavía quedan músicos que le siguen cantando a la libertad, respeto y al viejo paz y amor… y todavía quedamos quienes necesitamos del rock para saber que estamos vivos y que no estamos solos, ni estamos locos por pensar que lo que mueve al mundo es la bondad.

Pez en Obras y en cualquier parte, que sea siempre rocanrol.

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