15/07/2020 4 min to read

Una opción popular aún desestimada frente a la crisis alimentaria

Category : autonomía, geopolítica, nacional, opinión, pensamiento crítico, salud, trabajo

Por qué comer orgánicos debe ser un lujo de los snobs y no una salida autónoma y popular para enfrentar la crisis alimentaria? Un texto de Jorge Rulli sobre las políticas que podrían adoptar los municipios ante una situación que se agravó por la pandemia.

Por Jorge Rulli.
Foto: Nancy Giampaolo.

El hambre en el mundo es la consecuencia de la extensión impiadosa de los agro negocios, el menosprecio y la criminalización de la vida rural, así también como los enormes efectos imparables del cambio climático del que algunos hablan sin saber en qué consiste. En nuestro caso, esos tres grandes factores bastarían para explicar las graves amenazas de crisis alimentaria que se advierten en el horizonte cercano. Se multiplican cada vez más las advertencias de quienes anticipan que en la pos pandemia sufriremos una falta de alimentos aún peor que la del 2001.

Las políticas oficiales no parecen estar encaminadas a cambiar un rumbo de colisión, dado que los mismos personajes que propiciaron y concretaron el modelo en los años 90, continúan hoy, bajo banderas de izquierda progresista y políticas de género, encabezando los agronegocios que sin dejar atrás la sojización compulsiva como política de Estado y añadiendo la producción industrial de carne porcina. Estas políticas no están pensadas para el mercado interno, aunque hoy la soja se incluya en prácticamente todos los alimentos industrializados que nos ofrece la góndola.

Desgraciadamente, las múltiples iniciativas en torno a la denominada “agroecología” y los proyectos de agricultura familiar, son en una buena medida más publicidad y autobombo que realidad. Frente a una situación aguda de crisis alimentaria las simulaciones y relatos progresistas no alcanzan para tener alguna capacidad de respuesta real.  Cuando se habla de repoblar los pueblos con meros oficios urbanos y pensando en distribuir población conurbanizada, vemos que no se tiene idea alguna de lo que es la vida rural y la producción en el campo. Las actuales campañas de certificaciones y de “sellos verdes” a la “agroecología participativa”, resultan una mala copia de similares medidas de Estado que se impulsaron durante los años 90 y que, en definitiva, fueron funcionales y complementaron el paquete tecnológico de los agronegocios de una Argentina condenada a la agroexportación de commodities. Si no somos capaces de revertir el actual paradigma, que se apoya en la cantidad y en la baja calidad, por el que privilegiaba la calidad y las autoproducciones, no podremos evitar las hambrunas de la pospandemia.

Como nos enseña Heidegger, a través del maestro Buela, se trataría de subordinar las tecnologías a los intereses propios, así como al rol humano en el protagonismo de la agricultura. El actual camino es exactamente a la inversa: Gustavo Grobocopatel se ufana de haber logrado en la Argentina una revolución inédita en el campo de la agricultura, una revolución que, según él, ha hecho desaparecer la labranza para que el agricultor, participe aún desde un departamento urbano, de los fondos de inversión que manejan la agricultura o la ganadería industrial. El aserto del que se enorgullecen es destructor de los principios mismos de la producción de alimentos que podría ser tan moralmente reprochable al de proponer otras horripilantes formas del dominio y de la servidumbre.

Es gracias a la ignorancia generalizada y al urbanocentrismo que estas propuestas están legitimadas. Las consecuencias son pavorosas en el plano de la alimentación y pueden llegar a ser mucho más graves en caso de una crisis alimentaria generalizada.  A nuestro criterio, si no la solución, al menos, una forma efectiva de paliar la crisis que nos amenaza, sería que cada municipio haga caer todas las ordenanzas que prohíben las producciones caseras agrofamiliares, promuevan todas las formas de la autoproducción de alimentos en escala familiar destinadas a la producción de una parte de lo que cada familia consume. No lo estamos inventando, son palabras y conceptos de Perón que como tantas otras hemos olvidado.

Es necesario que municipios asuman políticas de desarrollo local, comenzando por el matadero municipal y la propia usina láctea, que promocionen los gallineros caseros y la compostación de residuos orgánicos, que se incentive la utilización de chipeadoras para los restos de poda y se planten miles de frutales como arbolado urbano y de plazas vecinales. De nuevo el hombre como protagonista subordinando la tecnología a sus necesidades y no como actualmente criminalizados porque el canto del gallo molesta al vecino o porque el municipio ignorante de la biología supone que una compostera podría producir malos olores.

Ante cada crisis vuelven a repetirse las viejas opciones, se toman decisiones desde arriba con protagonismo de los paquetes tecnológicos o se le da lugar a la imaginación y a la iniciativa popular para resolver el problema desde abajo y en la forma en que el conjunto quiera resolverlo. ¿Por qué comer sano y orgánico tiene que ser un privilegio excluyente de los snobs y no, también, una salida popular, soberana y ecológicamente sustentable para los más necesitados?