Velada Familiar (o Cineclub del Recuerdo)

Lucas Nine presenta una velada de cineclub que sorprenderá a propios y extraños. Quedan todos invitados, excepto ese señor Kabusacki. 

Éramos todos chicos, los cuatro hermanos. Mi padre organizaba proyecciones caseras con el apoyo de un viejo proyector de Super 8, marca Eumig, sobreviviente de una bomba puesta en la unidad básica. El lugar había volado a la mierda, pero el artefacto (una herramienta de difusión fundamental en aquellos años de militancia política) había resistido bastante bien, excepto por algunos desperfectos mecánicos que hacían que de tanto en tanto la película se parara en seco. Y todos sabíamos que cuando Gene Kelly detuviera sus piruetas en medio de un salto, rodeado por  gotones de lluvia congelados como estalactitas, sobrevendría aquello que yo llamaba el “chancro luminoso” a falta de mejor término: un horrible tumor ígneo que corroía a los rostros y a las figuras desde dentro, como si el cine se devorara a sí mismo en un arranque narcisista. Entonces mi padre profería una exclamación y daba puntapiés al proyector hasta corregir el proceso. Como siempre, yo tomaba nota de lo ocurrido.

Otro de los efectos de la bomba era la capacidad que había otorgado al aparato para dotar de ideología a todo film que pasara por él. Mi padre aprovechaba estas desviaciones de la mecánica para hablar acerca de la naturaleza fantasmagórica de las imágenes que bailaban sobre la pantalla.

No eran raras en casa las reflexiones de este tipo y en esto el vecindario veía la marca de un estilo. Cuando íbamos por la calle, nuestros amiguitos nos señalaban con el dedo. Es cierto que cada uno de los cuatro hermanos ya mostraba ciertas tendencias filogenéticas muy particulares. Simplificando un poco el asunto, se podría decir que mientras Santiago seguía los lineamentos clásicos del corporativismo italiano, la “línea dura”, Tomás prefería un marxismo articulado bajo la perspectiva gramsciana, acaso confundido por el parecido entre el nombre del filósofo y una marca de jabón en polvo que se publicitaba entonces llamada “Granby”. María en cambio optaba por la social democracia; luego revisaría esta postura. Las discusiones solían degenerar en reyertas donde rodábamos a las trompadas por el suelo,  pero justo es pensar que, de alguna manera, encarnábamos las diferentes posibilidades de un mismo corpus teórico. De cualquier forma, al final el traqueteo del proyector se imponía sobre nuestras voces, volviendo incomprensible toda discusión. Yo tomaba nota.

Y son estas notas las que pongo ahora a disposición del público. Pido disculpas de antemano por elemental de algunos planteos y la pésima ortografía, pero yo tenía entonces nueve años. Me he tomado la libertad de interpolar entre ellas algunas aclaraciones indispensables para comprender el conjunto. Se encuentran señaladas en itálica.

Sábado, 5 de julio de 1985. Alcances metafísicos de la comedia.

Programa: Comedia norteamericana del período mudo. Charles Chaplin, Buster Keaton, y el dúo Laurel-Hardy.

Asistentes: Carlos y Alicia (padres), Lucas, María, Santiago y Tomás.

-La Comedia, tal como la entendieron los clásicos, es género metafísico por excelencia. Se ocupa, en primer término, de la relación entre el Hombre y el Universo, o, lo que es lo mismo, su Creador. A cargo de la Tragedia quedará la minucia del destino individual,  ese mínimo periplo interno signado por una fatalidad tanto más sospechosa en cuanto se ciña a las exigencias del libreto. No hay guión posible en la comedia: sólo la guía el avatar de los personajes, inmutables. Su verbo es el “gag”.

-Yo: Dentro del “gag” todo, fuera del “gag”, nada.

-La supervivencia es el único norte que reconocen sus personajes, y esta se logra mediante la atenta comprensión del universo circundante. De manera que podría decirse que la Comedia Clásica consiste ante todo en un sondeo o auscultación de la Divinidad.

-Tomás: Si se dobla, es comedia. If not…

-Podemos distinguir varios grupos entre sus practicantes, pero la tradición judeocristiana tiene como máximo exponente la figura de Charles Chaplin.

-Alicia (corrigiendo la pronunciación inglesa): ¡Cheaplin!

-Sí, Alicia. Chaplin es el vértice de una estructura piramidal en la que participan Padre, Hijo y Espíritu Santo.

-María: Amén.

Proyección: Carlitos Inmigrante (The inmigrant, 1917. Dirección: Charles Chaplin).

-Por supuesto, Charlie-the-Tramp es el Hijo. Ha bajado al mundo a redimir a la humanidad y es fácil apreciar esa inversión de valores propia del cristianismo: los últimos serán los primeros, bienaventurados los pobres de espíritu, etc. Arriba suyo está el Padre: Chaplin-the-God.

-Yo: Es decir, Chaplin por todos lados. Chaplin a la enésima potencia.

-La lucha contra el Mundo, ese César redondo y bestial, encarnado aquí por el grandioso Eric Campbell, es palpable en cada fotograma. La batalla que libre Chaplin será por el corazón de Edna Purviance…

-Alicia: Perrrvaince.

-Santiago: Se rumorea que hubo un romance fogoso entre esa puta y el roñoso.

-María: Sólo fueron buenos amigos.

-Tomás: Prefiero con mucho a Mabel Normand.

-María: Por Favor, la Normand, ja ja ja. Bastante tuvo que explicar tras el asesinato de William Desmond Taylor.

-Alicia: Taeylowrrr.

-Por supuesto, aquí Edna no es sólo Edna, sino también el Espíritu Santo. Noten como Chaplin es el único habilitado para dotar de sentido al conjunto merced a sus intervenciones hilarantes.  No se concibe una acción que no tenga a Chaplin como destinatario. Observen como Eric Campbell le obliga a mirar la moneda falsa, una y otra vez.

-Tomás: ¿Dad al César lo que es del César?

-Carlos: Mi viejo había visto esta película varias veces en el cine, cuando era chico. Incluso le llegó a poner música con su violín. Siempre decía que la escena del viaje en el barco era idéntica a lo que había sido el suyo, cuando vino de Galicia. Para el Tío Mario, en cambio, Chaplin era como Sandrini, que “así como te hace reír, te hace llorar”. Quizás ese toque sentimental explique que hoy sea menos popular que en otros tiempos.

La inclusión en este texto del nombre de Carlos a un nivel diferenciado me hace sospechar sobre la presencia de un “tercer hombre” en la sala. Difícil era saberlo en medio de  la oscuridad, pero recuerdo que la inflexión mecánica y casi traqueteante de la voz que surgía de las sombras me llenaba de inquietud o al menos de melancolía y gruesos lagrimones corrían entonces por mis mejillas.

-También posee, es cierto, algo de esa dualidad tan típica del cristianismo en donde la puesta en escena de la otra mejilla es confrontada con la violenta expulsión de los mercaderes que operan en el templo. Carlitos nos muestra la manera correcta de poner esa mejilla: con una complicada serie de cabriolas coreográficas que empiezan con una cortesía casi paródica y terminan en la patada en el culo. Todo un manual de supervivencia, ¿eh?

-Tomás: Luego de su paso por la tierra, Charlie-the-Tramp fue crucificado y ascendió a los cielos, que al parecer se encuentran en Suiza. Hoy se sienta a la diestra de Chaplin Padre y…

La imagen se detiene. ¡El “Chancro Luminoso”! Me tapo los ojos para no ver.

-Todos: ¡Oooh!

Proyección: Fragmentos de Steamboat Bill, Jr. (1928. Dirección: Buster Keaton y Charles Reisner).

-Con Keaton nos hallamos ya en otro universo ontológico, radicalmente distinto al de Chaplin. Lejos de cualquier monoteísmo, Buster opera en un mundo regido por las divinidades. Se trata aquí  de los dioses griegos: cuantos más, mejor. Estas deidades sólo se relacionan con el hombre en último término, de la misma manera en la que un gentleman británico daría instrucciones a su valet. Es curioso que una evolución en el pensamiento humano realizada bajo su patrocinio haya recibido alguna vez el nombre de “humanismo”.

-Tomás: ¡Vaya humanismo sería ese!

 -No, señor. Los dioses sólo se tratan entre ellos y no siempre de la manera  más amable: asesinatos, raptos, mutilaciones…

-Santiago: Son unos hijos de puta. Habría que matarlos a todos.

-Keaton lo sabe bien: la ceguera de los hombres y la locura de los dioses. He ahí el problema. El concepto de pecado le es por completo ajeno. Para él, saber servirse de la furia de los elementos desatados resulta no sólo válido sino imprescindible. Entiéndase bien: esa furia (que en sí misma carece de signo) nunca está dirigida contra el propio Buster. Desconoce del todo su existencia. Pero nuestro héroe impávido está sujeto de cualquier modo a sus caprichos, y su ingenio para descifrar la voz del oráculo será lo único que garantice su supervivencia. Tal es Keaton.

-Alicia: Ketlrn.

-Acaso la famosa escena donde la ventana del edificio que se derrumba cae precisamente en el lugar en el que Buster se hallaba simbolice mejor que otras este paso por la experiencia adivinatoria, pero lo cierto es que…

La imagen se congela, justo en el momento en que la ventana cae sobre el cuerpo imperturbable del cómico. Me tapo los ojos para no ver.

-Todos: ¡Oooh!

Proyección: Laurel and Hardy-Big Bussiness (1929, dirigida por James W. Horne y Leo McCarey).

-Con el Gordo y el Flaco volvemos a un mundo que conocemos mejor, un universo guiado por un orden moral de algún tipo. Sin embargo, y cómo veremos, ese orden moral no tiene que ser necesariamente bueno. Si, señores.  Entramos en el resbaladizo terreno del gnosticismo cristiano, y lo hacemos de la mano de Laurel y Hardy.

-Alicia: Grmbpxjutysfhfkhidr

-El carácter dualista de esta corriente sincrético-religiosa de implicancias neoplatónicas queda debidamente expresado en la condición de dúo cómico que tienen estos dos. Espíritu y materia, si. El mal y la perdición están ligados a la materia, mientras que lo divino y la salvación pertenecen al plano espiritual. Y observen la manera en la que el Gordo y el Flaco se ensañan con la materia. Todo lo hacen mierda.

-Santiago: ¡Buena pareja de turros!

-Para el gnóstico de ley, este universo es una gradación que va desde lo más sutil (Dios) hasta lo más bajo (la materia). Pero la materia tiene un administrador. Lo llamaremos Demiurgo. Y es este testaferro quien se convierte en la encarnación del mal que aprisiona a los hombres, encadenándolos a las pasiones materiales. El mundo material en el que se mueven Laurel y Hardy es esencialmente una trampa que se regocija en el mal que causa a sus criaturas. Ellos, a su vez, retribuyen la gentileza tratando de reducirlo a astillas. Es la única vía de escape, caramba.

-Tomás: ¿Pero eso no sería ya la “entropía chifladiana”?

-Yo: ¿Qué es eso?

-Tomás: ¡Los Tres Chiflados, hombre!

-No del todo. Verán; Moe, Larry y Curly (o Shemp, ¡Nunca Curly Joe!) se mueven en un universo que pertenece a un estadio mucho más primitivo de la metafísica. Su relación es con los objetos: cada uno tiene la capacidad de destruirlos, cada uno debe ser tratado como una deidad. Son animistas, gente recién salida de las cavernas, y en su caso…

¡El “Chancro Luminoso”, otra vez! Siento que me desvanezco. La voz, de un inflexible registro metálico, se convierte en un rugido. Acaso se trate de “Leo the Lion”, el león de la Metro.

Vuelvo en mí gracias a mis hermanitos que, enternecidos por mi postración pasajera, me arrojan al rostro los restos de coca cola que aún quedaban en el fondo de sus vasitos de plástico. El tratamiento me hace bien, me despabilo del todo, reparto algunas cachetadas. Las luces están encendidas, la función ha terminado. En un rincón de la sala, mi madre acaricia sugestivamente  el cordón eléctrico del proyector.